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¿Quién es?

Y los hombres se maravillaron, diciendo: ¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen? Mateo 8:27.

La noche estaba oscura; más oscura que nunca. Y había vientos fuertes, truenos y olas gigantescas: todos los ingredientes necesarios para causar temor y llevar a la desesperación. Los seres humanos somos así. La naturaleza pecaminosa nos lleva a buscar las tinieblas pero, al mismo tiempo, las sombras y la oscuridad nos atemorizan; corremos hacia la tempestad, pero nuestro espíritu huye de ella. ¡Incoherencias de la vida! Aquella noche, en el mar de Galilea, los discípulos creyeron que la muerte había llegado. ¡Pobres seres humanos! Jesús, la propia Vida, dormía en el barco, pero ellos pensa­ban que la tempestad traía consigo a la muerte.
Muerte y vida; vida o muerte. Son alternativas después de que el pecado entró. Los discípulos corrieron en dirección de la vida, y rogaron a Jesús: “Despierta Señor, ¿no ves que perecemos?” Fue entonces que el milagro su­cedió: Jesús ordenó que el mar se calmase, y la naturaleza obedeció. Los vientos dejaron de soplar, el mar se aquietó… y el espíritu de los discípulos se inundó de paz. Pero, al ver el hecho maravilloso, las personas se pregunta­ron: “¿Quién es este, que hasta el viento y el mar le obedecen?”
“¿Quién es este?” Era el propio Creador de los cielos y de la tierra. ¿Por qué su creación no se sujetaría a él? Pero, lo que me impresiona es que Jesús no realizó este milagro por medio de su poder divino. Él era Dios; plenamente Dios y plenamente hombre. Pero, al venir a la tierra, hizo un pacto con su Padre: en esta tierra, nada haría sin su consentimiento. Por lo tanto, él no calmó la tempestad usando de su divinidad, sino por el poder que recibía del Padre, mediante la comunión y el compañerismo que vivía con él.
Jesús vino a este mundo no solo a enseñarnos que es necesario obedecer, sino también a mostrarnos el camino que nos lleva a la obediencia: la su­misión completa a Dios; la entrega de la voluntad a él; la vida de comunión permanente con la Fuente de poder, que es Dios.
Por eso, hoy, no te asustes por causa de las tormentas que amenazan tu vida. Tu mar puede estar lleno de oscuridad, vientos fuertes y olas gigantes­cas. ¿Por qué temer? Busca el poder de Dios en oración, conversa con tu Padre, y después sal a enfrentar la tempestad, y verás cómo todo se aquieta. Tal vez entonces los hombres digan también de ti: “¿Quién es este, que hasta los vientos y el mar lo obedecen?” Y tú responderás: “Es solo un hijo humilde, que busca al Señor todos los días”.



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