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Se escondieron

Y oyeron la voz de jehová dios que se paseaba en el huerto, al aire

del día; y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de

jehová dios entre los árboles del huerto. Génesis 3:8.

 

Martín era otra persona. El hombre que salía todos los días, por la

mañana, a correr oyendo música; el vecino educado, que saludaba a

todos; el jefe atento, que siempre tenía una palabra de ánimo para sus

emplea¬dos; el padre afectuoso; el marido cariñoso, ya no existía

más. En su lugar, apareció un hombre solitario, cerrado, triste…

Nadie entendía lo que pasaba, ningún miembro de la familia, ningún

empleado en el trabajo, ningún veci¬no; nadie. Solo él.

 

 

La noticia explotaría en cualquier momento; era solo cuestión de

días: ella había jurado hacer un escándalo frente a la casa de su

familia, si él no reconocía al hijo que tuvo con ella. Si las amenazas

se hicieran realidad, to¬dos sabrían la verdad. La ansiedad lo

carcomía por dentro, como un violento cáncer. Su mente pasaba todo el

día pensando en una solución, una salida, pero no la encontraba:

sería demasiada la vergüenza. ¿Qué hacer?

Pensó en huir; pidió ser transferido en el trabajo; pensó en

quitarse la vida. Llegó, incluso, a considerar cometer un asesinato. Y,

en esa búsqueda insana de una solución humana, dejó de vivir, sin

nunca haber muerto.

 

 

Eso es lo que hace el pecado: te quita la vida sin matarte. El

sentimiento de culpa es una de las más poderosas fuerzas de la mente

humana: hiere, pa¬raliza, destruye. En el caso de Martín, lo llevó a

la desesperación. En el caso de Adán y de Eva, los llevó a esconderse

de la presencia de Dios.

El sentimiento de culpa, que te lleva lejos de Dios, es la peor

consecuencia del pecado. Y el enemigo aprovecha para susurrarte al

oído: ¡Huye, huye mientras estás a tiempo; porque lo que tú hiciste

no tiene perdón! ¡Mira lo que hiciste!

 

 

El texto de hoy muestra dos verdades: la primera es que el sentimiento

de culpa lleva al ser humano lejos de Dios. La otra verdad es que, por

más que el ser humano huya, ¡Dios va detrás de él! Y no existe

lugar, en este universo, a donde puedas esconderte de tu Padre, que

llega a ti diciendo: “Hijo, ¿dónde estás? Vuelve a mí, porque yo te

amo. Soy tu padre; te doy mi perdón cuantas veces lo necesites”.

 

 

Hoy, al comenzar un nuevo día, procura oír la voz de Dios, y aprende

la lección de lo que les sucedió a Adán y Eva, quienes “oyeron la voz

de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día; y el

hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre

los árboles del huerto”.

 

DIOS TE BENDIGA,

 

 



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