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Un llamado a la responsabilidad

sdfsafPor Charles F. Stanley :

Rendir cuenta no es un tema del que a la gente le gusta hablar. Valoramos nuestra independencia y la libertad de hacer lo que queremos a nuestra manera.

Después de todo, ¿a quiénes de nosotros nos gustaría que otros se metieran en nuestra vida privada? Sin embargo, responsabilizarnos por nuestras acciones es la única manera de proteger nuestra libertad. Una mala comprensión de la libertad conduce a la pérdida de los derechos y, al final, el resultado es la esclavitud.
Esto es lo que el apóstol Pablo estaba tratando de advertir a los creyentes en Gálatas 5: “Estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres, y no estéis otra vez sujetos al yugo de esclavitud” (v. 1). Los cristianos han sido liberados del poder del pecado. Por tanto, pueden escoger obedecer los impulsos del Espíritu Santo, en vez de ser esclavos del pecado.

Tolerar el pecado en nuestras vidas es un uso indebido de nuestros privilegio, como nos lo advierte el versículo 13: “Porque vosotros, hermanos, a libertad fuisteis llamados; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos por amor los unos a los otros”.

La libertad en Cristo es un gran privilegio. Sin embargo, acarrea responsabilidad, ya que nuestras acciones, palabras y actitudes nos afectan, tanto a nosotros como a los demás. Rendir cuentas requiere responsabilidad, y por tanto nos motiva a vivir de acuerdo a nuestro llamamiento. Dios nos dio este regalo para protegernos de las decisiones impías que acarrean consecuencias dolorosas.
Un origen antiguo
El principio de rendir cuenta ha exisistido desde la creación del mundo. En el huerto del Edén, Dios dio al primer hombre y a la primera mujer tres simples mandamientos: a cultivar el huerto, cuidarlo y abstenerse de comer del árbol del conocimiento del bien y del mal (Gn 2.15-17). Después de decidir comer el fruto del árbol prohibido, Adán y Eva tuvieron miedo. Se escondieron del Señor (Gn 3.10) para no tener que dar explicaciones sobre su desobediencia. Pero, aun cuando fue confrontado por Dios, Adán trató de eludir su responsabilidad culpando a Eva, y ésta, a su vez, acusó a la serpiente.

La humanidad ha estado repitiendo este mismo patrón a lo largo de la historia. Nos resistimos a responder por nuestras acciones, porque no queremos enfrentarnos a la humillación de reconocer que fallamos. El orgullo nos motiva a tratar de ocultar de los demás y de Dios nuestras faltas, mientras que el miedo a las consecuencias nos lleva a ocultar los hechos y a culpar a otros.

El primer rey de Israel, por ejemplo, trató de justificar su desobediencia (1 S 15). Cuando el profeta Samuel confrontó a Saúl por no haber obedecido las instrucciones de Dios, mintió, diciendo: “Yo he cumplido la palabra de Jehová” (v. 13). Cuando Samuel sacó a la luz su evidente inconsistencia, Saúl presentó excusas. Al negarse a arrepentirse y hacerse responsable ante el profeta de Dios, perdió su trono y el reino (v. 26).
Creado para nuestra protección
Muchas veces salimos perdiendo por no escuchar las advertencias, e ignorar a Dios. Un amigo mío era un excelente pastor fundamentado en una sana teología. Pero alguien lo convenció de que la libertad en Cristo significaba poder hacer casi cualquier cosa que él quisiera. Yo le advertí varias veces que si seguía por ese camino resbalaría y su pastorado se vendría abajo. Pero no quiso escuchar, y como resultado perdió su ministerio.

Quienquiera que se niegue a rendir cuenta está caminando por un terreno peligroso. El diablo trabaja día y noche para devorar a los cristianos, arruinando sus vidas y testimonio. Las tentaciones están al acecho en todas partes, prometiendo placeres, que al final llevan a la desdicha y al pesar. El rey David descubrió esta dolorosa verdad. Pecó con Betsabé después de abandonar sus responsabilidades y aislarse de colaboradores que podrían haberlo ayudado a mantenerse en el camino correcto (2 S 11).

Pero a pesar de que se arrepintió después de la reprensión de Natán, las consecuencias lo siguieron durante el resto de su vida (2 S 12.1-14). Si queremos evitar el engaño del enemigo, tenemos que buscar relaciones con las que seamos mutuamente responsables. Esto requiere el compromiso de asumir responsabilidad por nuestras acciones, y la disposición de ser abiertos, honestos y vulnerables al compartir nuestras vidas con otros creyentes. Puesto que esto incluye reconocer las faltas y hacer las correcciones necesarias con humildad.

Aunque la responsabilidad cristiana en ocasiones implica confrontar el pecado, su objetivo principal es alentar y fortalecernos mutuamente en el andar cristiano. Saber que alguien se preocupa por nosotros, y se toma el tiempo para orar por nuestras luchas, pueden motivarnos a perseverar.

Cuando mi nieto fue a la universidad, se matriculó en el Centro de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva. Pero antes de que pudiera ser aceptado en el programa, tuvo que pasar una prueba física muy agotadora. Lo llamé por teléfono para hacerle saber que estaría orando por él. Cuando terminó la prueba, me llamó para decirme que el solo pensamiento de que estaba orando por él le había dado una explosión de energía, lo que le permitió salir mejor de lo que esperaba. El hecho de saber que lo amaba y que estaba pronunciando su nombre ante el Padre celestial, le inspiró a esforzarse al máximo.

Todos necesitamos esta clase de estímulo de las personas en nuestras vidas. En realidad, a todo creyente le beneficiaría tener un pequeño grupo de amigos que se comprometan a tener una relación abierta y honesta. Pero piense con cuidado a quienes incluye en su círculo. La confidencialidad es esencial, así que nunca escoja a un chismoso, o encontrará que sus secretos los sabrá todo el mundo. Y para evitar cualquier tentación, los hombres deben reunirse con hombres, y las mujeres con mujeres.

En mi vida, le rindo cuenta a un grupo de varios amigos y colaboradores. Ellos tienen mi permiso para señalar cualquier acción o actitud en mí que no sea coherente con la Palabra de Dios, y yo me reservo el derecho de hacer lo mismo con ellos. También vienen a mí para decirme si disciernen algo que puede ponerme en peligro. Estos hombres son como un muro de protección a mi alrededor, y estoy muy agradecido por ellos.
¿Quién responde a quién?
Aunque el principio de rendir cuenta se aplica en todos los ámbitos de la sociedad, esto comienza en el hogar. Primero, los esposos y las esposas son responsables mutuamente. Segundo, a los hijos se les debe enseñar a responder a sus padres, así como también a sus maestros y a otras figuras de autoridad en sus vidas; de lo contrario, se convertirán en adultos irresponsables.

Mi madre sabía exactamente cómo mantenerme bajo control cuando yo era un muchacho. A veces me preguntaba directamente “¿Dónde estabas?” Pero en otras ocasiones tenía esa tranquila y amorosa manera de conseguir directamente la verdad. Me decía: “Dime lo que quieres que yo sepa”. Mamá sacaba de mí lo que deseaba saber, porque me motivaba a decirle la verdad.

Piense en la importancia de rendir cuenta en su trabajo. Yo no quisiera pasar sobre un puente con mi auto cuyos constructores no tengan que dar cuenta a nadie. Toda empresa necesita empleados confiables que lleguen a tiempo, se dediquen honestamente a cumplir sus horas de trabajo, y den lo mejor de sí mismos aunque nadie los esté observando.

El gobierno también está basado en la idea de que no podemos simplemente hacer lo que nos venga en gana, sino que debemos responder a la autoridad. Por ejemplo, hay que obedecer las leyes; y nos guste o no, hay que pagar los impuestos. Si es una nación democrática, los ciudadanos tienen entonces el privilegio adicional y el deber de votar a favor de legisladores que los representen. Además, Dios llama a los creyentes a vivir de manera que fortalezcan a su país, no que lo destruyan.

Por último, todos somos responsables ante Dios. Toda la humanidad estará delante de Él en el juicio final (Ap 20.11-15). Como cristianos, somos responsables ante el Señor por la forma en que vivimos, y un día estaremos ante el tribunal de Cristo para rendir cuenta de nosotros mismos (Ro 14.10-12).

El tiempo de prepararse para este encuentro es ahora mismo. Los creyentes tienen el privilegio de dar cuenta al Señor cada día. No se trata de un momento de humillación ante un Dios tiránico, sino de una oportunidad para pedirle cada mañana lo que Él quiere que hagamos. Él es nuestro amoroso Padre celestial, que nos ha dado preceptos para vivir, cuyo resultado serán la paz, el gozo y el contentamiento. El Señor se propone hacer algo bueno en la vida de sus hijos, y tenemos que dar cuenta a Él cada día para asegurarnos de que estamos andando en sus caminos.

Por eso, cada noche antes de dormir, repasemos nuestro día con Él. Imaginemos a Jesús sentado junto a nosotros evaluando las actividades del día. Presentémosle lo que hicimos, lo que no, nuestros éxitos y fracasos, y luego dejamos que Él nos apruebe, aliente o corrija. Aprendamos a ver nuestras actividades, actitudes y palabras a través de sus ojos, y apartemos tiempo para regocijarnos incluso por los más pequeños actos de obediencia.

Jesús enseñó en Mateo 25.14-30 una parábola acerca de nuestra responsabilidad ante Dios. Se refirió a un amo que confió sus bienes a tres de sus siervos antes de hacer un largo viaje. Cada uno recibió una cantidad de dinero conforme a su capacidad particular. Cuando el amo regresó, llamó a sus siervos para que dieran cuenta de cómo habían utilizado lo que les había dado.

Igualmente, cuando Jesús ascendió al cielo dejó a sus siervos en la tierra para que hicieran el trabajo de su reino. A cada uno de nosotros nos ha confiado sus recursos, y seremos llamados a rendir cuenta cuando Él regrese. A pesar de que los talentos en esta historia eran dinero, tenemos que pensar mucho más ampliamente en la aplicación que les demos. Todo lo que tenemos viene de Dios: dinero, tiempo, habilidades, etc. Cuando estemos delante de Cristo, seremos responsables de la manera como usamos lo que Él puso en nuestras manos. Los elogios del amo se basaron en la fidelidad de sus siervos, no en lo mucho que ganaron (v. 20-23). De la misma manera, Cristo juzgará a cada persona individualmente. Para los creyentes, este juicio no será de sus pecados, sino de su mayordomía. Puesto que Cristo llevó el castigo por nuestros pecados, éstos han sido perdonados y olvidados. El juicio que recibamos no será de condenación, sino de recompensas o pérdida de ellas (1 Co 3.10-15).

Cada día ofrece oportunidades para ser buenos mayordomos de lo que Dios nos ha confiado. Nuestro objetivo debe ser vivir de tal manera que podamos estar un día delante de Cristo, y escucharle decir: “Bien, buen siervo y fiel” (v. 21).



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