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Yo no quería ser cristiano

vocación0Por Joseph Bentz:
Sara Miles no quería ser cristiana. Anne Lamott no quería ser cristiana. C. S. Lewis no quería ser cristiano. Tampoco R. A. Torrey, Ziya Miral, Lin Yutang, Jim Vaus, o una docena de otros que podría nombrar.

¿Cómo encuentran las personas a Dios cuando están huyendo de Él lo más rápido que pueden? Quienes hemos sufrido angustias en nuestro peregrinaje espiritual, sabemos que es bastante difícil encontrarlo aunque se le busque con todas las fuerzas —orando, leyendo la Biblia, escuchando sermones, buscando la dirección de amigos cristianos y pastores. Por tanto, ¿qué esperanza hay para aquellos a quienes simplemente no les interesa Dios? ¿Qué de aquellos que son agresivamente hostiles hacia Él, o que ni siquiera creen que Dios existe, o que detestan tanto a los cristianos y al cristianismo, que se sentirían horrorizados de pensar que pudieran tener alguna relación con tales personas?

Mientras escribía un libro sobre la duda y la fe, estudié decenas de historias de conversión, y entrevisté a muchas personas acerca de la manera en que llegaron a la fe en Cristo. Algunas de las historias más sorprendentes fueron las de convertidos que no sólo encontraron a Dios, sino que además se sintieron buscados por Él.
Sara Miles no sentía simpatía por los cristianos. Ella se describe como “una intelectual secular, periodista de izquierda y de conducta escéptica”. Aunque sus abuelos fueron misioneros cristianos, sus padres rechazaron lo que veían como “el totalmente irracional e ilógico concepto” de Dios, y criaron a su hija en un hogar ateo. Ella detestaba la mayor parte de lo que asociaba con el cristianismo.1 ¿Qué podía ofrecerle el cristianismo? ¿Por qué pensar en cambiar su vida y enfrentarse a las burla de su familia y amistades, por creer en Dios?
Anne Lamott tampoco parecía una candidata posible para el cristianismo. Al igual que Sara Miles, creció en una familia de ateos, donde se ridiculizaba la fe en Dios. Como adulta, Lamott tuvo éxito como novelista, pero también se enredó en la drogadicción, el alcoholismo, la bulimia, y en relaciones destructivas. Sus amigos eran personas “brillantes, divertidas y liberales”, pero incapaces de aceptar que alguien de su círculo se convirtiera al cristianismo.
Aparece Jesús y todo cambia
Ambas mujeres se hicieron cristianas, pero ninguna de ellas había buscado a Dios. Por el contrario, ellas afirman que fue Él quien las buscó, y de que su presencia no fue siempre recibida con agrado. Como otro ex inconverso reacio, C. S. Lewis, dijo: “Los buenos agnósticos hablarán alegremente de ‘la búsqueda de Dios por parte del hombre’. Para mí, como era yo entonces, bien podrían haber hablado de la búsqueda del gato por parte del ratón”.2
Cuando Anne Lamott sintió la presencia de Jesús en su habitación, estaba en condiciones irreverente. En el día había tenido una crisis por el alcohol y las drogas. Al llegar la noche, creyó que moriría pronto, pero “de no se sabe dónde” le pasó por la mente hablar con un sacerdote de una iglesia episcopal cercana de la cual le habían hablado algunos amigos de la familia. Sus conversaciones con el sacerdote la ayudaron a acercarse más a la fe, y poco después comenzó a asistir a la Iglesia Presbiteriana de San Andrés, porque le gustaba la música que oía cuando pasaba frente a ella los domingos por la mañana. Se quedaba sólo para oír la música, y se marchaba antes de que comenzara el sermón.
Poco tiempo después Anne quedó embarazada, se practicó un aborto, y fue allí cuando Jesús se le presentó. Debilitada por la hemorragia y temblorosa, sintiéndose miserable y demasiado perturbada para tomar otra copa o una pastilla para dormir, yacía en la cama cuando se percató de que había alguien en la habitación con ella. “La sensación fue tan fuerte, que encendí la luz por un momento para asegurarme de que no había nadie —por supuesto que no lo había. Pero después de un rato, estando de nuevo en la oscuridad, supe más allá de toda duda que era Jesús. Lo sentí con tanta seguridad, como siento ahora la presencia de mi perro junto a mí al escribir esto”. Pero en ese momento no le dio cabida a Dios en su vida. Estaba “horrorizada” de lo que pensarían sus amigos si se hacía cristiana. La conversión le parecía “algo imposible que simplemente no podía permitir que ocurriera. Me volví hacia la pared y dije en voz alta: ‘Preferiría morirme'”.3 Sintió que Jesús había estado con ella durante toda la noche, observándola con amor y paciencia, pero ella no lo invitó a entrar en su vida sino hasta una semana después.
A Sara Miles, fue también un encuentro con Jesús —inesperado, no buscado— lo que la transformó. Un día, por curiosidad, entró a la Iglesia Episcopal de San Gregorio, en San Francisco. “No tenía absolutamente ninguna razón para estar allí. Nunca había escuchado una lectura del evangelio, nunca había dicho el Padrenuestro. No estaba interesada en convertirme en cristiana —o, como pensaba de una manera menos amable, en una fanática religiosa”. Recorrió la iglesia y se sentó, esperando que nadie la notara. Cantó con todos los demás, sintiéndose un poco ridícula, y luego una mujer anunció: “Jesús invita a todos a su mesa”.
Miles pasó al frente y se paró junto a la mesa. Después de más cantos, alguien puso un “pedazo de pan fresco y desmenuzado en mis manos, diciendo: ‘el cuerpo de Cristo’, y me dio la copa de vino dulce, diciendo: ‘la sangre de Cristo’, y entonces me sucedió algo inconcebible y aterrador. Jesús se me presentó”.
Ese fue el momento de conversión de Miles, pero esto la desconcertó tanto que se puso a buscar de inmediato otras explicaciones. La palabra “Jesús” le quedó grabada en la mente, y la decía una y otra vez, sin saber por qué. “Pero era más real que cualquier pensamiento mío, o incluso que cualquier emoción subjetiva: era tan real como el sabor real del pan y el vino. Y la palabra estaba ahora con toda seguridad en mi cuerpo, como si me hubiera tragado una pastilla radioactiva que perduraría por más tiempo que mi carne”.4
¿Y qué de todas esas preguntas sin respuesta?
Todo el proceso por el cual los no creyentes encuentran a Dios —o Él los encuentra a ellos— no es nada de lo que yo esperaría. Estos escépticos tienen fuertes objeciones al cristianismo. Yo hubiera imaginado que, antes de venir a Cristo, hubieran buscado alguna oportunidad para presentar sus dudas y objeciones, y recibir respuestas seguras a las mismas. Sólo después de que cada punto de divergencia en su lista haya sido marcado como debidamente respondido, podrían entregar sin problemas sus vidas a Jesucristo. Pero rara vez ocurre así.
Jesús atrapa a las personas en medio de la corriente de este mundo. A veces aparece cuando menos lo esperan, y cuando menos lo desean. Es posible que algunas de sus dudas acerca de Él sean contestadas, y otras permanezcan por más tiempo. Pero Él está allí, con su presencia amorosa y paciente. Y las personas deciden aceptarlo, o rechazarlo. Los cristianos no son personas que han respondido todas las preguntas acerca de Jesús; son personas que han tenido un encuentro con Él.
Dios quiere conquistarnos
Si Dios busca y encuentra a Miles, a Lamott, y a otro sinnúmero de ex inconversos reacios —personas con razones culturales, sociales, políticas, morales y vergonzosas para evitarle, ¿de quién puede decirse que está fuera de su alcance? ¿Quién puede concluir, con toda seguridad, que tal persona está demasiado lejos de Dios para llegar a Él? ¿Quién es demasiado hostil hacia Él? ¿Quién demasiado vulgar? ¿Quién demasiado sarcástico y desdeñoso? ¿Quién demasiado perverso?
La pregunta de quién está demasiado lejos para llegar a Dios, la han estado haciendo las personas desde hace siglos. Cuando los fariseos y los doctores de la ley criticaron a Jesús porque pasaba mucho tiempo con “publicanos y pecadores”, Él les respondió con unas parábolas en las que Dios es presentado como Buscador: la historia de la oveja perdida y la historia de la moneda perdida. En la primera, un pastor tiene cien ovejas y pierde una de ellas. Entonces deja a las noventa y nueve para buscar a la perdida, y después reúne a sus amigos y vecinos para alegrarse cuando lo encuentra. En otra historia, una mujer tiene diez monedas de plata y pierde una. La busca con diligencia hasta que la encuentra, y entonces lo celebra con sus amigos y vecinos.
Podría pensarse que para Dios, noventa y nueve de un total de cien ovejas sería suficiente. Nueve de diez monedas deberían ser suficientes. ¿Qué es una oveja o una moneda más, o menos, cuando se tienen tantas? Son muchos los hombres y las mujeres que buscan a Dios voluntariamente y luego le dedican todas sus vidas a Él. Entonces, ¿por qué molestarse tanto buscando a personas como Anne Lamott o Sara Miles? ¿O a usted? ¿O a mí? Pero yo siento —y adoro— ese Espíritu de Dios que me busca, y al que siento moverse dentro de mí. Estoy agradecido porque sé que fui la moneda perdida por la que Él registró toda la casa hasta encontrarme. Estoy agradecido porque encontrar a Dios no dependió sólo de mi esfuerzo. Aunque le sea hostil e indiferente, y esté lleno de pecado y engañado, Él todavía me desea.
Soy cristiano desde hace mucho tiempo, pero sigo sintiendo la búsqueda amorosa del Señor. A veces tengo arrebatos de escepticismo, me enfado con la iglesia, me aburro, o siento que me malentienden e ignoran. Desertar es una tentación, pero algo más profundo que todos esos problemas —el Espíritu Santo que nos busca, ama y abraza— me mantienen a mí y mis hermanos en la fe conectados a Él y a la iglesia con un vínculo profundo. No importa cuánto me desanime, el amor y el propósito más profundo de Dios me siguen sosteniendo.



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  1. Silvia Gutiérrez Ortega

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