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¿Quién lo impedirá?

Porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá? Y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder? Isaías 14:27.

 

Todavía no amaneció. La lluvia cae, mientras tú, con una taza de leche caliente, te sientas en tu sillón preferido para mirar la televisión, ya que el sueño huyó por completo. En la mesita de centro, está este libro que nunca lees, y resuelves abrirlo.

 

Estás sin sueño porque hoy, después de que salga el sol y la ciudad des­pierte, tendrás que enfrentar el peor día de tu vida. No es que tu vida sea un caos o algo por el estilo. ¡Podrías decir que tu vida es buena! Una linda espo­sa, buenos hijos, buen empleo, buena casa, buen auto… Pero, de un tiempo para acá, sientes que todo y todos están en contra de ti; parece que la “marea de la vida” dio una vuelta, y en tu playa tranquila aparecen olas gigantes.

 

Hoy tienes que enfrentar un día pesado, y simplemente no sabes qué hacer. Nadie, en tu casa, lo sabe. Todos duermen. Te sientes solo, rodeado de personas que ignoran el volcán de emociones que abriga tu corazón. Nada es peor que la soledad rodeado de personas.

 

Era más o menos así que el pueblo de Israel se sentía, abandonado por Dios. En el fondo, los israelitas sabían que la culpa era de ellos. Pero, a pesar de eso, creían que Dios podría haber sido un poco más misericordioso y haber impedido que Asiria los destruyese de esa manera.

 

Las noches eran interminables, y los días, agobiantes.

Dios controla la vida, a pesar de que las cosas parezcan fuera de control. La fe es dar crédito a esta confianza. El texto de hoy nos habla de ese Dios: cuando todos creían que Asiria sería la eterna potencia mundial; cuando nadie pensaba en una salida a corto o mediano plazo; cuando el desánimo se movía, como nube negra, sobre ellos, Dios tenía sus planes. El problema era que los planes de Dios parecían irreales, imposibles y casi infantiles.

 

Dios es Dios: él es el Creador del cielo y de la tierra. Conoce no solo cada persona y cada problema, sino también tiene la solución. Para Israel, era des­truir a Asiria y a su ejército. ¿Y para ti? Bueno, para ti no lo sé. Y continúas despierto: tampoco tú lo sabes; pero Dios sí sabe.

 

Ya empieza a brillar el sol de un nuevo día, y vuelves a preguntarte:

¿Puede Dios resolver mi drama? Claro que puede, “porque Jehová de los ejércitos lo ha determinado, ¿y quién lo impedirá? Y su mano extendida, ¿quién la hará retroceder?”


								 

									
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