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DIA DE REPOSO

Día de reposo

Será para ustedes un día de completo reposo (Deuteronomio 16: 31).

SI LA OBSERVANCIA DEL SÁBADO es tan importante para nuestra santificación y nuestro bienestar espiritual, entonces necesitamos saber cómo guardarlo correctamente. El mandamiento, tal como se expresa en el capítulo veinte de Éxodo y en el capítulo cinco de Deuteronomio, no entra en detalles en relación con la manera de guardarlo, pero sí establece el principio general del cual se pueden extraer las especificaciones.
Para que el sábado pueda ser una bendición, es necesario que hagamos dos cosas, seguir el modelo divino: Primero, santificarlo; segundo, descansar en él. Ya sabe lo que significa santificarlo: Ponerlo aparte, consagrarlo para Dios. Luego viene el reposo y descanso en él. En ese orden se presentan esos dos elementos en el texto del mandamiento: «Acuérdate del sábado, para consagrarlo […]. No hagas en ese día ningún trabajo» (Éxo. 20: 8-10). En realidad, ambas cosas están íntimamente relacionadas. No se puede santificar el día sin reposar en él; ni es de valor reposar en él, sin santificarlo. Así que para guardar el sábado correctamente y en armonía con la voluntad de Dios, debemos hacer ambas cosas.
En lo que se refiere al descanso en este día, el mandamiento establece el principio fundamental: El Señor quiere que cesemos de nuestro trabajo diario. Si continuamos con nuestro trabajo y quehaceres, no vamos a tener tiempo para lo que Dios quiere que hagamos. El Señor quiere que extendamos esta bendición del descanso a nuestros empleados, si tenemos, y a los miembros de nuestra familia, y a los que estén en nuestra casa. Es interesante que Dios se preocupa aun de los animales: «Ni tu buey, ni tu burro, ni ninguno de tus animales» (Deut. 5: 14). Los animales no pueden santificar el día, pero pueden descansar. En las sociedades antiguas, los animales trabajaban mucho. El sá­bado traía descanso para ellos también. Cuan amoroso es el Señor.

Día de abundancia

Comieron los israelitas maná cuarenta años, hasta que llegaron a los límites de la tierra de Canaán, que fue su país de residencia (Éxodo 16: 35).

EN EL MUNDO ANTIGUO, y en el no tan antiguo, la obtención de ali­mentos y su preparación consumía mucho tiempo. Alguien podría pensar que, puesto que se trata de una necesidad tan básica como la de alimentarse, el mandamiento obviaría a quienes se ocuparan de estos menesteres. Pero no es así. Justamente porque se requería mucho tiempo para con­seguir y preparar la comida, era necesario hacerlo con anticipación para que no se hicieran en el sábado. Por eso, en las leyes complementarias del cuarto mandamiento, se ordenaba: «En sábado no se encenderá ningún fuego en ninguna de sus casas» (Éxo. 35: 3). Encender fuego involucraba un trabajo excepcional: Había que ir a recoger la leña, que no estaba cerca en la mayoría de los casos, preparar el fogón y atizar la lumbre. Pero la expresión «encender fue­go», no se refería solo al fuego en sí, sino a la preparación y elaboración de la comida del día. Este era el trabajo que competía casi exclusivamente a las mu­jeres. Dios también quería que las mujeres guardaran el sábado, por eso reque­ría que los alimentos se prepararan de antemano.
Durante cuarenta años, el Señor les dio una lección a los israelitas de lo que él quería decir con descansar el sábado, en lo que se refería a los alimentos. El maná no cayó en sábado durante todas sus peregrinaciones, mientras que el viernes caía suficiente para que todos pudieran recoger una doble porción. Además, si recogían una doble porción entre semana, se les echaba a perder para el día siguiente, mientras que lo que recogían el viernes, no se echaba a perder. Estos milagros semanales les deben haber servido a los israelitas para entender lo que Dios quería que se hiciera en el sábado. Él no quiere que perdamos el alimento espiritual por pensar en las cosas materiales.

Que Dios te bendiga,

Junio, 28 2010



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