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DIA DISTINTO

Día distinto

Los israelitas deberán observar el sábado. En todas las generaciones futuras será para ellos un pacto perpetuo, una señal eterna entre ellos y yo (Éxodo 31: 16, 17).

EL SÁBADO ES UN DÍA especial que Dios separó para un uso sagrado, él tiene interés en que se observe fielmente. La Biblia dice que el Señor tiene dos preocupaciones con respecto a nosotros: «Observen mis sábados, y tengan reverencia por mi santuario. Yo soy el Señor» (Lev. 19: 30; 26: 2). Nos damos cuenta de que Dios se preocupa tanto por la observancia del sábado, que la pone a la altura de la reverencia al santuario. La razón es que, el templo era un santuario en el espacio, mientras que el sábado es un santuario en el tiempo.
Cualquier lugar consagrado a la adoración pública de Dios, es un santuario que debe ser respetado y reverenciado. Este concepto se pierde cuando ado­ramos a Dios en un salón de usos múltiples. En tal caso es muy fácil que se pierda la reverencia y el decoro que convienen a un lugar dedicado al culto de Dios.
Lo mismo sucede con la observancia del sábado. Es un día distinto de los demás, porque está dedicado a Dios. No puede ser tratado de la misma ma­nera que los otros días de la semana. Dios insiste en que debe ser observado, pues su observancia es crucial para la vida espiritual: «El sábado será para ustedes un día sagrado. Obsérvenlo» (Éxo. 31: 14); «Observa el día sábado, y conságraselo al Señor tu Dios, tal como él te lo ha ordenado» (Deut. 5: 12).
Uno puede preguntarse legítimamente: ¿Por qué la observancia del sábado es tan importante para Dios? Simple y sencillamente porque es una señal de lealtad a él. Es indicio de que sentimos nuestra necesidad de él; por eso apar­tamos un día para tener esa comunión que necesitamos. Esto no lo hacemos porque represente algo ventajoso desde el punto de vista material, sino por­que Dios lo especificó de esa manera, y queremos ser obedientes a él. Todo porque él nos ama y quiere nuestro bien.

Que Dios te bendiga,

Junio, 19 2010
Día de servicio

Sigan mis decretos, obedezcan mis leyes y observen mis sábados como días consagrados a mí, como señal entre ustedes y yo, para que reconozcan que yo soy el Señor su Dios (Ezequiel 20: 19, 20).

DIOS ADEMÁS de reposar en el séptimo día para darnos ejemplo, también lo bendijo y lo santificó. Santificar el sábado es apartarlo para un uso santo; es consagrarlo al Señor. Pero ocurre algo interesante cuan­do consagramos este día al Señor. Notemos: «Diles lo siguiente a los israelitas: “Ustedes deberán observar mis sábados. En todas las generaciones veni­deras, el sábado será una señal entre ustedes y yo, para que sepan que yo, el Señor, los he consagrado para que me sirvan”» (Éxo. 31: 13). Cuando nos­otros santificamos el sábado, este acto nos santifica a nosotros. Observamos el sábado para santificarlo, es decir, para reconocerlo como santo; esto, a su vez, nos santifica, pues nos consagramos a servir al Señor. Dios nos regresa el acto de santificación. Como resultado, él nos consagra a su servicio. Llegamos a ser como un instrumento dedicado a Dios. Al observar el sábado, él nos concede el estatus de sacerdotes, pues nos dedica a su servicio.
La razón de esto es muy sencilla: Puesto que hemos decidido ser leales a Dios, nos toma y consagra a quienes queremos ser, sus servidores. Al revelar por la observancia del sábado que respetamos y obedecemos a Dios, él nos convierte en sus ministros. De este modo, nuestra consagración al sábado, se torna en consagración a Dios; y la consagración a él nos hace sus siervos. Por eso es que el sábado se convierte en una señal de santificación. Santificamos el sábado, y el sábado nos santifica, nos aparta, para uso del Señor.
La observancia del sábado nos pone aparte, nos distingue de los demás, nos señala como adoradores de Dios. Meditemos: «El sábado ha de ser siempre la señal que distinga a los obedientes de los desobedientes. Satanás ha trabajado con poderosa maestría para anular el cuarto mandamiento y conse­guir con ello que se pierda de vista la señal de Dios» (Consejos sobre la salud, p. 232).

Que Dios te bendiga,

Junio, 20 2010



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