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EN MANOS SEGURAS

En manos seguras

Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús (Romanos 8: 1).

LA SEGURIDAD DEL CRISTIANO ESTÁ ANCLADA en la idea de que si estamos con Dios, nada nos puede arrebatar de su presencia. Nuestro Señor tenía esta seguridad, y la expresó en las siguientes palabras «Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna, y nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatármelas de la mano. Mi Padre, que me las ha dado, es más grande que todos; y de la mano del Padre nadie las puede arrebatar» (Juan 10: 27-29).
Jesús estaba convencido de que nadie podía arrebatarle sus ovejas. La razón de su convencimiento descansaba en la confianza en el poder de Dios, que es el más grande del universo. Si nosotros pensáramos de la misma manera, tendríamos la misma seguridad que Cristo. A Dios nadie puede quitarle sus ovejas, porque es el Todopoderoso. A veces pensamos en el gran poder de Satanás, que no deja que le arrebaten a sus seguidores. Lucha a muerte para retener a los suyos. Nos maravillamos del poder de las tinieblas para cautivar la mente de los seres humanos, y retenerlos a la fuerza. ¡Imagínense ustedes cómo luchará Dios por sus hijos! ¡Y nadie es más sabio y poderoso que él! ¿No debiéramos sentimos seguros y confiados, ya que nuestro Padre es el Rey del universo?
Esta misma confianza y seguridad, la tenía el apóstol Pablo: «Pues estoy convencido de que ni la muerte ni la vida [… ] podrá apartamos del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús nuestro Señor» (Rom 8: 38. 39).
Reflexionemos en esta declaración: «No debemos hacer de nuestro yo el centro de nuestros pensamientos, ni alimentar ansiedad ni temor acerca de si seremos salvos o no. Todo esto es lo que desvía el alma de la Fuente de nuestra fortaleza. Encomendad vuestra alma al cuidado de Dios y confiad en él (…). Desterrad toda duda; disipad vuestros temores. Reposad en Dios. Él puede guardar lo que le habéis confiado. Si os ponéis en sus manos, él os hará más que vencedores por aquel que nos amó» (El camino a Cristo, pp. 71, 72).

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Abril, 15 2010



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