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HERENCIA DE MUERTE

Herencia de muerte

En Adán todos mueren (1 Corintios 15:22).

EL PECADO DE ADÁN se transmitió a su descendencia como una herencia desdichada. Primero, porque llegamos a ser pecadores; segundo, porque el pecado fue tan grave que mereció la condenación de Dios. Esa lleva al tercer elemento de la triste herencia de Adán: La muerte. La condena del pecado fue la muerte.
Notemos lo que dice Pablo: «Por medio de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por medio del pecado entró la muerte; fue así como la muerte pasó a toda la humanidad, porque todos pecaron» (Rom. 5: 12). «La muerte vino por medio de un hombre» (1 Cor. 15: 21). «Sin embargo, desde Adán hasta Moisés la muerte reinó» (Rom. 5: 14). «Por la transgresión de un solo hombre reinó la muerte» (vers. 17). «Reinó el pecado en la muerte» (vers. 21). «Porque la paga del pecado es muerte» Rom. 6: 23). Nosotros que éramos miembros de la familia de Adán, recibimos la condena que él recibió.
No hay nada que el ser humano tema más que la muerte. Evidentemente, es porque implica separación, enajenación, extinción. La muerte que sufrió Adán, y la que nosotros sufrimos como sus descendientes, es solo un anticipo de la otra, la eterna, la aniquilación total. El pecado no puede subsistir en la presencia de un Dios santo, porque el pecado es enemistad contra Dios. El pecado representa caos y desorden en el universo de Dios. Para restaurar la paz y concordia universales, el pecado necesita ser eliminado. Pero no es una cosa u objeto, energía o influencia que pueda ser eliminado sin alterar lo demás. No existe el pecado sin que alguien lo cometa. Para que deje de existir, y sea eliminado para siempre, tiene que destruirse a los pecadores.
Pero el pecado trae consigo su propia condena. Como es desorden, caos y confusión, tiende eventualmente a la muerte y la extinción. Por eso el pecado tiene que ser destruido. Su condena es la muerte eterna. Extinción total.

Una nueva oportunidad

Así que ya no eres esclavo sino hijo; y como eres hijo, Dios te ha hecho también heredero (Gálatas 4: 7).

LO QUE HEMOS DESCRITO HASTA AHORA es la herencia de Adán. Nosotros, como parte de su familia, heredamos en Adán. Si permanecemos así, esta es la herencia que tendremos. Evidentemente no es buena, pero es la que indefectiblemente tendremos si nos quedamos en su familia.
Sin embargo, Dios tuvo compasión de sus criaturas. Nos vio desamparados, revoleándonos en el cieno del mal, sin ninguna posibilidad humana de emanciparnos del pecado y evitar su ruina. Entonces, elaboró un plan para darnos una nueva oportunidad. Entre las muchas opciones que Dios debe haber tenido, eligió un plan que era muy costoso para él. Lo hizo porque amaba a sus criaturas y deseaba la felicidad de ellas.
Este plan consistía en que uno de los miembros de la Deidad viniera a vivir entre los hombres, como un segundo Adán, a fin de brindar a los seres humanos la oportunidad de tener un destino diferente. Este segundo Adán formaría una nueva familia, una nueva raza, por decirlo así, que dependería ya no de la herencia del primer Adán, sino de la del segundo. De este modo, la herencia del segundo Adán se pasaría a sus descendientes, y habría la posibilidad de evitar las consecuencias de la herencia del primer hombre.
Para ser miembros de la familia del segundo Adán, se requeriría fe en la persona del segundo Adán, confianza en lo que él hiciera a favor de sus seguidores, obediencia a sus indicaciones y lealtad indivisa. Cualquier miembro de la familia del primer Adán puede pasarse a la del segundo. De hecho, es la única manera de evitar la herencia del primer Adán. Si deseamos heredar en el segundo, necesitamos cambiamos de familia. Necesitamos renunciar a la familia de Adán y unirnos a la familia de Cristo. Esto es lo que el apóstol Pablo llama “adopción”.

Que Dios te bendiga,

Diciembre, 13 2010



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