HUMANO Y DIVINO

Humano y divino

Dos ciegos que estaban sentados junto al camino, al oír que pasaba Jesús, gritaron: «¡Señor, Hijo de David, ten compasión de nosotros!» (Mateo 20: 30).

ESTE VERBO QUE ERA DIVINO, eterno, compañero de Dios, creador de todo, revelador de la verdad y que se encarnó como ser humano, escogió nacer en este mundo como un niño indefenso, así como nacen todos los seres humanos. Nació en armonía con la promesa de un salvador, dada a los patriarcas de la antigüedad; y sería de la descendencia de Abraham, el padre de la fe, y de David, el rey según el corazón de Dios.
El evangelista Mateo traza las generaciones de los antepasados de Jesús en una lista larga de 42 generaciones, comenzando con Abraham (Mat. 1). Como el libro fue escrito para la mentalidad judía y con el propósito de demostrar que Jesús de Nazaret era el Cristo prometido, comienza de este modo. La descendencia era muy importante para los hebreos. En tiempos de Jesús, todo judío debía demostrar que era descendiente de Abraham. Se mantenían registros públicos genealógicos en el Sanedrín. Especialmente los sacerdotes debían demostrar que eran descendientes de Aarón. Se dice que Herodes el Grande, rey de Judea, como no era judío, mandó borrar los registros de su descendencia.
A través de esta genealogía, Mateo enfatiza dos cosas importantes acerca de Jesús. Primero, que era descendiente de David. Esto le daba el derecho al trono de Israel. También indicaba que podría ser el Mesías venidero, ya que se creía que vendría de David. Por eso, los primeros cristianos enfatizaban mucho esto, y la gente se refirió a Jesús muchas veces en esos términos. En una ocasión, después de hacer un milagro, «toda la gente se quedó asombrada y decía: “¿No será este el Hijo de David?”» (Mat. 12: 23). Hasta personas de otras nacionalidades se referían a él de esta manera: «Una mujer cananea de las inmediaciones salió a su encuentro, gritando: “¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí!”» (Mat. 15: 22).

Que Dios te bendiga,

Diciembre, 27 2010

La Luz del mundo

Lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que hemos contemplado, lo que hemos tocado con las manos, esto les anunciamos respecto al Verbo que es vida (1 Juan 1: 1).

LA QUINTA DECLARACIÓN IMPRESIONANTE que Juan hace del Verbo es: «Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo» (Juan 1: 9). «En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad» (vers. 4). Juan llama al Verbo «la luz». Con esta metáfora quiere decir que él era el gran revelador de la verdad. Pretende que todo verdadero conocimiento proviene de aquel que es la luz. Jesús mismo lo declaró: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Juan 8: 12). «Yo soy la luz que ha venido al mundo, para que todo el que crea en mi no viva en tinieblas» (Juan 12: 46). Se nos dice: «Siempre que el hombre ha podido elucubrar grandes ideas, han venido mediante Cristo. Cada preciosa gema de pensamiento, cada destello intelectual, es una revelación de la Luz del mundo» (A fin de conocerle, pp. 97, 98). Es el gran revelador, especialmente porque vino a revelar a Dios a la humanidad. Vino a enseñarnos cómo es Dios. Esta fue la revelación más grande de todas.
La sexta declaración que el evangelista hace con respecto al Verbo es: «Y el Verbo se hizo hombre y habitó entre nosotros. Y hemos contemplado su gloria, la gloria que corresponde al Hijo unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Juan 1: 14). Todas estas declaraciones son sorprendentes. Pero para el tiempo en que Juan vivió, esta es la más impresionante de todas. Que Dios se hubiese encarnado, que el Creador del universo se hubiera convertido en un ser humano, era una afirmación increíblemente chocante para la mentalidad de sus días. La filosofía reinante enseñaba que Dios es puro espíritu, y que no tiene ni puede tener ninguna relación con la materia. Al contrario, Juan nos dice que Dios se hizo un hombre y vivió como ser humano en este mundo. ¡Qué maravilla de su amor!

Que Dios te bendiga,

Diciembre, 26 2010



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