«Jinete infatigable y caballero de hamaca»

(Víspera del Aniversario de la Muerte de Simón Bolívar)

«Hay que decir que el Libertador tenía tendencia a vivir [elevado sobre el] suelo.» Así comienza Daniel Samper Pizano una pintoresca descripción de Simón Bolívar en su obra titulada Lecciones de histeria de Colombia. Calificando genialmente al Libertador como «jinete infatigable y caballero de hamaca», el escritor colombiano sostiene que Bolívar «pasó buena parte de su vida flotando varios palmos arriba de la tierra», ya que fueron «pocos los momentos importantes en la vida de Bolívar en que no estuvieron presentes un potro o una hamaca». Es que —según Samper Pizano— «se calcula que [Bolívar] cabalgó cerca de noventa mil kilómetros; esto es, más de dos veces la vuelta al mundo…. Así las cosas, es justo reconocer también algún mérito a sus caballos, entre los cuales los más famosos son Palomo, aquel regalo de una campesina boyacense tan citado en las adivinanzas ([tales como] ¿De qué color era el caballo blanco de Bolívar?), y Muchacho, un potro negro guajiro que libró, con él a cuestas, la batalla de Boyacá.

»Cuando no andaba subiéndose al caballo o bajándose de él —continúa el autor colombiano—, [Bolívar] estaba guindándose en la hamaca o descolgándose de ella…. En la hamaca leía, pues era asiduo lector en español, francés, italiano e inglés. En la hamaca planeó batallas. Gobernó y concibió estados del tamaño de América Latina meciéndose en la hamaca. Desde la hamaca dictó la Constitución que presentó al Congreso de Angostura…. Conversó con sus visitantes desde la hamaca….

»Cuando sus enemigos quisieron matarlo, fueron a buscarlo a la hamaca. Del primer atentado, ocurrido en Jamaica en 1815, Bolívar se [salvó] gracias a que… en su hamaca se [acostó] esa noche Félix Amestoy, un venezolano que ayudaba en las campañas de propaganda del Libertador, y allí [murió] apuñalado por un esclavo de Bolívar que lo [confundió] con el legítimo propietario del chinchorro. Del segundo, sucedido en 1818 en Rincón de los Toros (Venezuela), [escapó] porque un ruido [delató] a los conspiradores y Bolívar se [tiró] al suelo segundos antes de que su hamaca [fuera] atravesada por decenas de balas….

»En 1830, cuando Bolívar [emprendió] el viaje final hacia Santa Marta y hacia la muerte, la hamaca [fue] su más fiel compañera: [estuvo] presente en todos sus reposos. Moribundo, [pasó] la mayor parte del tiempo acostado en ella.»1

¡Qué bien lograda esa descripción del Libertador! Fue un hombre inimitable, pero no es el único que haya tenido esa «tendencia a vivir elevado sobre el suelo». Hace unos dos mil años el apóstol Pablo nos animó a que busquemos las cosas de arriba y concentremos nuestra atención en ellas y no en las de este mundo.2 Pero para los seguidores de Cristo que no estamos sufriendo persecución a causa de nuestra fe, el peligro no consiste en que seamos martirizados, como lo fue para Bolívar, sino en que no hagamos más que pensar en las cosas celestiales, al extremo de no servir para nada en este mundo. Determinemos entonces concentrar nuestra atención en las cosas de arriba, pero sin jamás perder de vista a «los de abajo», que necesitan con urgencia que les señalemos el camino al cielo por medio de Jesucristo, el Libertador de las cadenas del pecado.3

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1Daniel Samper Pizano, Lecciones de histeria de Colombia (Bogotá: El Áncora Editores, 1993), pp. 145-46.
2Col 3:1-2
3Jn 8:32-36; 14:6

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