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LA ESPERANZA DE ISRAEL

La esperanza de Israel

Por este motivo he pedido verlos y hablar con ustedes. Precisamente por la esperanza de Israel estoy encadenado (Hechos 28:20).

LA PREDICACIÓN DE JESÚS y sus discípulos se centraba en la proclamación de la cercanía del reino de Dios. Pero lo que resulta más interesante es que para Jesús, el reino ya se estaba manifestando. En una ocasión dijo a sus opositores: «Pero si expulso a los demonios con el poder de Dios, eso significa que ha llegado a ustedes el reino de Dios» (Luc. 11: 20). En otro pasaje se vierte la misma idea: «Los fariseos le preguntaron a Jesús cuándo iba a venir el reino de Dios, y él les respondió: “Da venida del reino de Dios no se puede someter a cálculos. No van a decir: ‘¡Mírenlo acá! ¡Mírenlo allá!’ Dense cuenta de que el reino de Dios está entre ustedes”» (Luc. 17: 20, 21). Debe haber sido una experiencia emocionante para cualquier judío de la época llegar al convencimiento de que el reino de Dios, prometido largamente por los profetas, estaba ya en operación.
La presencia de Cristo ya era una manifestación del reino. Con él, ya estaba en este mundo. Él era el rey prometido; y cuando el rey viene, el reino viene con él. El reino escatológico prometido por profetas y videntes del pasado estaba presente en la persona del Mesías. No es sorprendente que Jesús proclamara que el reino estaba cerca, o que ya había llegado, porque estaba convencido de que era el enviado de Dios.
Todo judío, desde pequeño, era educado en la idea de que el Mesías establecería su reino en su venida. Es lo que se llamaba la esperanza de Israel. «Cuando el Mesías venga —decían—, Israel llegará a ser libre y próspero, y su reino se extenderá por todo el mundo». En los tiempos más críticos y en las condiciones más difíciles para la nación, se volvía más intensa esa esperanza. En tiempos del nacimiento y ministerio de Jesús, la expectativa de la venida del Mesías penetraba la sociedad judía por todas partes.

Un reino presente y futuro

Les digo que no volveré a comerla hasta que tenga su pleno cumplimiento en el reino de Dios (Lucas 22: 16).

EL REINO DE DIOS ya estaba presente en la persona de Jesús, quien era el rey de Israel y el Mesías prometido. Con su presencia, se hacían realidad las promesas del establecimiento del reino de Dios. El mismo Cristo y sus discípulos estaban convencidos de esto.
Pero, por una parte, el reino de Dios había llegado; y por otra, se aguardaba su venida. En la oración del Padrenuestro, Jesús dijo a sus discípulos que pidieran la venida del reino. Dijo: «Venga tu reino» (Luc. 11:2). Habló de entrar en el reino en términos futuros: «Muchos vendrán del oriente y del occidente, y participarán en el banquete con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos» (Mat. 8: 11).
¿Cómo puede ser esto? La única forma de entenderlo es que el reino de Dios tuviera dos manifestaciones: una presente y otra futura. La presente es la inauguración del reino; la futura es su consumación final. Cuando Cristo vino como el Mesías, trajo consigo la manifestación del reino. Pero esto aguarda una consumación final, que en la teología del Nuevo Testamento se reserva para la segunda venida.
Estos dos aspectos del reino de Dios se los puede llamar también reino de la gracia y reino de la gloria. Veamos: «La expresión “reino de Dios”, tal cual la emplea la Biblia, significa tanto el reino de la gracia como el de la gloria […]. El trono de la gracia representa el reino de la gracia; pues la existencia de un trono presupone la existencia de un reino. En muchas de sus parábolas Cristo emplea la expresión “el reino de los cielos”, para designar la obra de la gracia divina en los corazones de los hombres».
«Asimismo el trono de la gloria representa el reino de la gloria, y a ese reino se refería el Salvador en las palabras: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria” (Mat. 25: 31, 32). Este reino está aún por venir. Se establecerá en ocasión del segundo advenimiento de Cristo» (Cristo en su santuario, p. 81). –

Que Dios te bendiga,

Noviembre, 11 2010



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