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LA SANGRE ES LA VIDA

La sangre es la vida

El nos amó y envió a su Hijo para que fuera ofrecido como sacrificio por el perdón de nuestros pecados (1 Juan 4: 10)

MUCHA GENTE SE PREGUNTA POR QUÉ este énfasis en la sangre de Cristo. Para la mentalidad moderna no tiene mucho significado. No es un concepto que apela mucho al hombre de nuestros días. La razón de su uso profuso en el Nuevo Testamento se explica por el hecho de que la Biblia les está hablando a personas familiarizadas con el sistema de sacrificios del santuario. Es, ciertamente, otra época y una mentalidad distinta. Pero ellos sabían que sin derramamiento de sangre no había remisión del pecado. Por lo tanto, el énfasis se da para recalcar el hecho de que Cristo fue la víctima que derramó su sangre para la expiación del pecado de la humanidad.
También debemos recordar que la palabra sangre, como se usa en la Biblia, es sinónimo de vida. Cuando se usa el concepto de sangre derramada, lo que se quiere recalcar es la muerte, la pérdida de la vida. En la antigüedad, cuando se hablaba de la sangre se hacía referencia a la vida. Llegó a ser un símbolo de la vida. Dios dijo a Noé: «Pero no deberán comer carne con su vida, es decir, con su sangre» (Gen. 9: 4). «Pero asegúrate de no comer la sangre, porque la sangre es la vida» (Deut. 12: 23).
La prohibición de beber o comer la sangre se debía no solo a razones higiénicas, sino también a razones culturales. Había ritos paganos que incluían beber la sangre de animales, e incluso de seres humanos. Por eso Dios ordenó: «No coman nada que tenga sangre. No practiquen la adivinación ni los sortilegios» (Lev. 19: 26). De allí la declaración contundente: «Todo el que coma cualquier clase de sangre, será eliminado de su pueblo» (Lev. 7: 27).
Todas las cosas que se atribuyen a la sangre de Cristo, se atribuyen en realidad a su muerte. Es la muerte de Cristo lo que se enfatiza. De allí la paradoja: Su muerte nos da vida.

La fuente de bronce

El Señor le dijo: «Ve y consagra al pueblo hoy y mañana. Diles que laven sus ropas» (Éxodo 19: 10).

EL SEGUNDO MUEBLE CON GRAN significado espiritual era la fuente de bronce que se encontraba entre el altar de los sacrificios y el santuario propiamente dicho. Se nos dice que «con el bronce de los espejos de las mujeres que servían a la entrada de la Tienda de reunión, hizo el lavamanos y su pedestal» (Éxo, 38: 8).
Se han hallado muchos espejos en las excavaciones de Oriente Medio y en Egipto, que estaban hechos de una mezcla de cobre y estaño, que conocemos como bronce. Se pulía hasta convertirlo en un espejo. Con este metal se hacía una fuente, que tenía el propósito de servir de lavatorio para que los sacerdotes se asearan antes de entrar al santuario para ofrecer los sacrificios. La instrucción era que «deberán lavarse con agua las manos y los pies para que no mueran» (Éxo. 30: 20,21). Dios quería imprimir la verdad básica de que su tabernáculo debía estar limpio, porque era lugar santo. Así como la gente en el Antiguo Oriente se quitaba las sandalias y se lavaba los pies antes de entrar a sus casas, Dios quería que los sacerdotes hicieran lo mismo antes de entrar al santuario.
Cuando el templo de Salomón reemplazó al santuario del desierto, la fuente de bronce fue sustituida por una más grande, se la llamaba mar. Medía unos cuatro metros y medio de diámetro, con tres de profundidad, y contenía como sesenta y cinco mil litros de agua. Allí se bañaban literalmente los sacerdotes antes de oficiar en el santuario.
Pero no solo se les exigía limpieza a los sacerdotes. El israelita común tenía que tener cuidado de no contaminar el campamento. Los que de alguna manera llegaban a contaminarse con algo inmundo, debían lavarse antes de entrar en sus moradas, ya que en el centro estaba el tabernáculo. Todo esto enseñaba cuánta importancia daba Dios a la limpieza y la higiene.

Que Dios te bendiga,

Octubre, 04 2010



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