LIBRES DE LA MUERTE

Libres de la muerte

Dios nos ha dado vida eterna, y esa vida está en su Hijo (1 Juan 5: 11).

LA HERENCIA DE MUERTE de Adán revierte en vida eterna para los que se cambian a la familia de Cristo. Por esta causa, somos libres del dominio del pecado y de la condenación. Esto quiere decir que somos justos ante Dios, no por lo que nosotros hicimos sino por lo que Cristo hizo.
Pero en Adán también hemos heredado la muerte; transitoria, primero; eterna, después. Pero los que se cambian a la familia de Cristo no reciben la muerte sino la vida. Leamos: «Pues si por la transgresión de un solo hombre reinó la muerte, con mayor razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia reinarán en vida por medio de un solo hombre, Jesucristo. Por tanto, así como una sola transgresión causó la condenación de todos, también un solo acto de justicia produjo la justificación que da vida a todos» (Rom. 5: 17, 18). «A fin de que, así como reinó el pecado en la muerte, reine también la gracia que nos trae justificación y vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor» (vers. 21). En el caso de Adán, el pecado trajo condenación y muerte. En el caso de Cristo, el perdón trajo justificación y vida eterna.
La herencia de Adán es maldita; la de Cristo, bendita. Lo que era un futuro de muerte se ha transformado en esperanza de vida: «La dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom. 6: 23). «Sin embargo, Dios nos dio vida en unión con Cristo, al perdonarnos todos los pecados» (Col. 2: 13). «Y ahora lo ha revelado con la venida de nuestro Salvador Cristo Jesús, quien destruyó la muerte y sacó a la luz la vida incorruptible mediante el evangelio» (2 Tim. 1: 10). «Así lo hizo para que, justificados por su gracia, llegáramos a ser herederos que abrigan la esperanza de recibir la vida eterna» (Tito 3: 7).

Hijos de dos mundos

Nuestra vieja naturaleza fue crucificada con él para que nuestro cuerpo pecaminoso perdiera su poder (Romanos 6:6).

CUANDO ACEPTAMOS A CRISTO como nuestro Señor, llegamos a ser parte de su familia. Renunciamos a la familia de Adán para pertenecer a la nueva de Cristo. Pero cambiar de familia tiene serias implicaciones. El apóstol Pablo lo dice con mucha claridad: «De la misma manera, también ustedes considérense muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús. Por lo tanto, no permitan ustedes que el pecado reine en su cuerpo mortal, ni obedezcan a sus malos deseos. No ofrezcan los miembros de su cuerpo al pecado como instrumentos de injusticia; al contrario, ofrézcanse más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida, presentando los miembros de su cuerpo como instrumentos de justicia» (Rom. 6: 11-13). Las personas que se cambian a la familia de Cristo deben vivir en armonía con las normas que la gobiernan. No es posible que sigamos viviendo como cuando pertenecíamos a la familia de Adán. El apóstol dice que necesitamos morir al pecado; que no debemos permitir que el pecado reine en nuestro cuerpo; no ofrecer nuestros miembros para hacer el mal; y no debemos permitir que el pecado nos domine. La razón es muy sencilla: cuando Cristo murió, morimos con él al pecado, y resucitamos con él a una vida nueva (Rom. 6:6).
Sin embargo, debemos aceptar una sobria realidad: Tenemos que luchar con los reclamos de nuestra antigua familia. Todavía estamos vinculados físicamente con ella. Heredamos de Adán una naturaleza corrupta. Nuestras inclinaciones todavía son influidas por la herencia de Adán (Rom.7: 21-24). Este es el viejo hombre con el que tenemos que luchar. Mientras vivamos en este mundo, nunca estaremos exentos de inclinaciones malas y tentaciones. Pero debemos recordar que pertenecemos a una nueva familia, y que en Cristo hay poder para resistir y vencer el mal. En él somos más que vencedores.

Que Dios te bendiga,

Diciembre, 17 2010



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