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LIBRES DEL PECADO

Libres del pecado

Dios nos dio vida en unión con Cristo, al perdonarnos todos los pecados (Colosenses 2: 13).

ADÁN, ENTONCES, LLEGÓ A SER UN TIPO, una ilustración, del otro Adán que habría de venir en el futuro. Notemos: «Como lo hizo Adán, quien es figura de aquel que había de venir» (Rom. 5: 14). «El primer hombre, Adán, se convirtió en un ser viviente; el último Adán, en el Espíritu que da vida» (1 Cor. 15: 45).
La herencia que recibimos por medio de Cristo es muy diferente de la de Adán. Lo primero que Adán nos legó fue el pecado y la muerte. ¿Qué recibimos en su lugar como herencia en Cristo? Veamos: «¡Cuánto más el don que vino por la gracia de un solo hombre, Jesucristo, abundó para todos!» (Rom. 5: 15). En lugar de que fuésemos considerados pecadores, se nos extendió gracia, es decir, misericordia, de modo que el pecado de Adán no nos afecta, pues recibimos el perdón de Dios. Porque «allí donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (vers. 20). «En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gracia» (Efe. 1: 7). El perdón de nuestros pecados fue un despliegue de la gracia y misericordia infinitas de Dios. El pecado produjo infelicidad y desdicha. Pero son «¡dichosos aquellos a quienes se les perdonan las transgresiones y se les cubren los pecados!» (Rom. 4: 7).
Mediante la gracia de Cristo, ya no somos considerados pecadores. Nues­tros pecados han sido limpiados; nuestra deuda borrada. Dios se compade­ció de nuestra miseria, y nos sacó del lodo vil. Cristo nos extendió su mano cuando estábamos en el foso más hondo del pecado y la muerte, y nos sacó para vivir una vida nueva. Nos dice que estamos perdonados.
Reflexionemos: «¡Cuan maravilloso es el plan de la redención en su sencillez y plenitud! No solo proporciona el perdón pleno al pecador, sino también la restauración del transgresor, preparando un camino por el cual puede ser aceptado como hijo de Dios» (A fin de conocerle, p. 96).

Libres de condenación

A fin de que, así como reinó el pecado en la muerte, reine también la gracia que nos trae justificación y vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor (Romanos 5: 21).

LA HERENCIA QUE RECIBIMOS por medio de Cristo es diametralmente opuesta a la que recibimos de Adán. Para empezar, en Cristo ya no somos pecadores. Él ha borrado la mancha de nuestro pecado. Canceló la deuda que teníamos con Dios. Dice Pablo que Cristo vino a «anular la deuda que teníamos pendiente por los requisitos de la ley. Él anuló esa deuda que nos era adversa, clavándola en la cruz» (Col. 2: 14). Ya no tenemos que andar por la vida con el fardo del pecado a cuestas. En Cristo hay descanso: «Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma» (Mat. 11: 28, 29).
Puesto que ya no tenemos la culpabilidad del pecado de Adán, entonces, la condenación que pesaba sobre él, ya no pesa sobre nosotros. Dice el apóstol: «Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús» (Rom. 8: 1). Ya no somos condenados como pecadores, sino que nos ha sucedido lo contrario: Hemos recibido la justificación. Fuimos indultados por la gracia de Dios. Dice Pablo: «Por tanto, así como una sola transgresión causó la condenación de todos, también un solo acto de justicia pro­dujo la justificación que da vida a todos. Porque así como por la desobedien­cia de uno solo muchos fueron constituidos pecadores, también por la obediencia de uno solo muchos serán constituidos justos» (vs. 18, 19).
Por causa del pecado de Adán, nosotros, su familia, fuimos también condenados. Pero al cambiarnos de familia, por causa de la justicia de Cristo, no solo no somos condenados, sino declarados justos, es decir, somos justificados. El perdón nos libra de la condenación y entonces, somos justos por lo que Cristo hizo, no porque lo seamos.

Que Dios te bendiga,

Diciembre, 15 2010



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