«Lo mismo le haré si a lo mismo se atreve»

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Imagen por gibffe

Cuentan que, a principios de 1739, el guardacostas español La Isabela, mientras patrullaba la península de la Florida, interceptó un buque mercante inglés muy sospechoso. El capitán Juan de León Fandiño ordenó de inmediato una minuciosa inspección del barco, con la cual confirmó que, además de traficar esclavos africanos, transportaba contrabando. A modo de castigo, Fandiño le cortó una oreja al capitán inglés Robert Jenkins y le dijo: «Ve y dile a tu rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve.»1

Jenkins, en lugar de arrojar la amputada oreja por la borda, la conservó en un frasco de alcohol y se la llevó de vuelta a Londres a fin de exhibirla y encender con ella las pasiones de su pueblo. Dio resultado. El público inglés comenzó a exigir venganza por la bárbara mutilación de la oreja, y consiguió que el Parlamento Británico recibiera al plebeyo capitán en audiencia especial. Allí, ante los lores boquiabiertos, el estropeado contrabandista extrajo de su faltriquera el frasco de alcohol en el que llevaba la cercenada oreja.

Lo que sucedió a continuación lo termina de contar el historiador colombiano Alfredo Iriarte, con su típica ironía, en las siguientes palabras: «El frasco pasó de mano en mano y hubo en la augusta sala un rugido unánime de indignación….

»El 23 de octubre de 1739 el Gobierno de Su Majestad Británica declaraba oficialmente el estado de beligerancia entre su nación y la Corona Española, cuyos agentes habían cometido la iniquidad… de castigar a un facineroso inglés. Jenkins estaba radiante…. Se había convertido en un héroe nacional. El Parlamento le otorgó una… pensión que le permitió seguir viviendo cómodamente en Londres…. A partir de entonces se dedicó a pasear por las calles londinenses enseñando el glorioso muñón de su oreja, que ya entonces era reliquia patriótica, y a recibir los parabienes y aplausos de los viandantes. Y como nunca tuvo que usar anteojos, maldita la falta que le hizo la oreja.»2

De ahí que el escritor Alfredo Iriarte le haya puesto a este capítulo de su obra Batallas y batallitas en la historia de Colombia (y sus consecuencias) el título «Cuando cortar orejas no era prerrogativa de toreros». Lo cierto es que cortar orejas tampoco era un privilegio que tenían los capitanes marítimos, por lo que resultó en la llamada Guerra de la Oreja de Jenkins, que entre 1739 y 1743 dejó como saldo 26 mil muertos.3

Con razón que en el libro de los Proverbios el sabio Salomón nos advierte: «Nunca digas: “¡Me vengaré de ese daño!” Confía en el Señor, y él actuará por ti.»4 Es que el rey Salomón sabía por experiencia propia y por la de su padre guerrero, el rey David de Israel, que la venganza no paga. No sólo cobra la vida de las personas atrapadas en su peligrosa red, sino que cobra también la salud física y mental de las personas consumidas por ella. Confiemos en Dios como nuestro Señor, y Él hará justicia con quienes se atrevan a hacernos daño.

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1Wikipedia, s.v. «Sitio de Cartagena de Indias (1741)» <https://es.wikipedia.org/wiki/Sitio_de_Cartagena_de_Indias_(1741)> En línea 19 noviembre 2018.
2Alfredo Iriarte, Batallas y batallitas en la historia de Colombia (y sus consecuencias) (Bogotá: Círculo de Lectores/Intermedio Editores, 1993), pp. 18-19.
3Peter Brecke, «Conflict Catalog» (Conflict-Catalog-18-vars.xlsx), War of Jenkins’ Ear: Britain-Spain, 1739-43 <http://brecke.inta.gatech.edu/research/conflict> En línea 21 noviembre 2018.
4Pr 20:22 (NVI)

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