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LUZ EN LA OSCURIDAD

Luz en la oscuridad

El pueblo que habitaba en la oscuridad ha visto una gran luz; sobre los que vivían en densas tinieblas la luz ha resplandecido (Mateo 4: 16).

A TRISTE SUERTE DEL CANDELABRO DEL TEMPLO de ser llevado de aquí para allá representa muy bien las peregrinaciones de Israel, que permitió que se extinguiera la luz de Dios en sus vidas. Cuando se frustra por nuestra desobediencia el propósito divino de que seamos luz, lo que nos queda son tinieblas y oscuridad.
Sin embargo, este candelabro llegó a ser símbolo apropiado de la luz que Cristo trajo al mundo. De Cristo se dijo: «En él estaba la vida, y la vida era la luz de la humanidad. Esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla» (Juan 1: 4, 5). «Esa luz verdadera, la que alumbra a todo ser humano, venía a este mundo» (vers. 9). Varias veces Jesús se refirió a su persona y a sus enseñanzas como la luz: «Una vez más Jesús se dirigió a la gente, y les dijo: “Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”» (Juan 8: 12). «Mientras esté yo en el mundo, luz soy del mundo» (Juan 9: 5). «Yo soy la luz que ha venido al mundo, para que todo el que crea en mí no viva en tinieblas» (Juan 12: 46). «Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, pero la humanidad prefirió las tinieblas a la luz, porque sus hechos eran perversos» (Juan 3: 19).
Cuando aceptamos esa luz, nuestra vida se vuelve luminosa; cuando la rechazamos, se vuelve tenebrosa. Puesto que Israel como nación fracasó en ser luz para otros cuando rechazó al Mesías, Dios usó a otras personas para que lleven su luz a todo el mundo. El candelabro del conocimiento de Dios iluminó de esta manera al mundo gentil. Así lo reconoció Simeón cuando tomó al niño Jesús en sus brazos, y dijo: «Luz que ilumina a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Luc. 2: 30-32).
La venida de Cristo trajo esperanza y luz a los que vivían en tinieblas.

Luces en el mundo

Asegúrate de que la luz que crees tener no sea oscuridad (Lucas 11: 35).

PUESTO QUE CRISTO ES LA LUZ QUE ILUMINA a este mundo, no es extraño que haya encomendado a sus seguidores que difundan esa luz. Cuando aceptamos seguir a Cristo y nos convertimos en sus discípulos, adquirimos la obligación moral de reflejar esa luz que llena nuestra vida. Es imposible que un verdadero cristiano no se convierta en luz para otros. Vivimos en un mundo tenebroso, y cuando los principios cristianos llegan a ser parte de la vida de sus seguidores, brillan naturalmente. Por eso Jesús dijo: «Ustedes son la luz del mundo. Una ciudad en lo alto de una colina no puede esconderse. Ni se enciende una lámpara para cubrirla con un cajón. Por el contrario, se pone en la repisa para que alumbre a todos los que están en la casa. Hagan brillar su luz delante de todos, para que ellos puedan ver las buenas obras de ustedes y alaben al Padre que está en el cielo» (Mat. 5: 14-16). Nuestro Señor vinculó el acto cristiano de brillar con el ejercicio de las buenas obras. Son el resultado de un carácter bueno. Cuando Cristo vive en el corazón, es imposible esconderlo. Por eso el apóstol nos dice: «Todos ustedes son hijos de la luz y del día» (1 Tes. 5: 5).
Cuando no se vive cristianamente, entonces se vive en oscuridad. Las tinieblas son un símbolo de las obras malas y del carácter pecaminoso: «No somos de la noche ni de la oscuridad. No debemos, pues, dormirnos como los demás, sino mantenernos alerta y en nuestro sano juicio. Los que duermen, de noche duermen, y los que se emborrachan, de noche se emborrachan. Noso­tros que somos del día, por el contrario, estemos siempre en nuestro sano juicio, protegidos por la coraza de la fe y del amor, y por el casco de la esperanza de salvación» (1 Tes. 5: 5-8).
Cristo quiere que su iglesia sea una luz en el mundo: «Porque ustedes antes eran oscuridad, pero ahora son luz en el Señor. Vivan como hijos de luz» (Efe. 5: 8).

Que Dios te bendiga,

Octubre, 22 2010



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