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MALOS POR NATURALEZA

Malos por naturaleza

Las autoridades que están en ella son leones rugientes, sus gobernantes son lobos nocturnos que no dejan nada para la mañana (sofonias3:3)

LA BIBLIA DICE, Y LA EXPERIENCIA HUMANA confirma, que somos inherentemente malos. Estos, que es esencial para entender el evangelio, ha sido desafiado por el humanismo contemporáneo. Filósofos y pedagogos han tratado de convencernos de que somos naturalmente buenos. El mejor ejemplo moderno es el filósofo y pedagogo francés Jean-Jaques Rosseau, quien enseno que el hombre es bueno por naturaleza. Muchos siguieron sus ideas hasta la Primera y Segunda Guerra Mundial. Durante ellas hubo tal exhibición de barbarie entre los seres humanos que muchos pensadores se desilusionaron con respecto a la bondad natural del hombre. Hubo un desencanto general, amargo y triste.

Hoy día las declaraciones bíblicas ya no parecen tan absurdas. El salmista decía: “Yo sé que soy malo de nacimiento; pecador me concibió mi madre” (Sal. 51:5), El profeta declaraba: “Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio” (Jer. 17:9). Lo mejor que tenemos está contaminado por el mal: “Todos nuestros actos de justicia son como trapos de inmundicia” (Isa. 64:6).Nuestra condición natural es una podrida llaga: “Desde la planta del pie hasta la coronilla no les queda nada sano” todo en ellos es heridas, moretones y llagas abiertas, que no les han sido curadas ni vendadas, ni aliviadas con aceite” (Isa. 1:6).

Cuando la Palabra de Dios quiere enfatizar la miseria moral de la humanidad, frecuentemente la compara con seres irracionales. Eso resalta la perdida de la imagen divina en los seres humanos. El salmista, enfatizando muestras malas intenciones, decía: “Afilan su lengua cual lengua de serpiente; ¡veneno de víbora hay en sus labios!” (Sal. 140:3). A pesar del entendimiento que Dios nos dio, no queremos entender: “El buey conoce a su dueño y el asno el pesebre de su amo; ¡Pero Israel no conoce, mi pueblo no entiende!” (Isa. 1:3). Por supuesto, muchas de estas declaraciones se referían al pueblo en general. Alguien podría decir que los dirigentes debieron ser mejores. Pero notemos: “Ciegos están todos los guardianes de Israel; ninguno de ellos sabe nada. Todos ellos son perros mudos, que no pueden ladrar […]. Son perros de voraz apetito; nunca parecen saciarse” (Isa. 56:10,11). ¡Qué cuadro tan triste de los que fueron una vez creados a imagen de Dios!

Nuestra triste condición

Este mensaje es digno de crédito y merece ser aceptado por todos: que Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero (1 Timoteo 1:15).

LA HUMANIDAD SE ENCUENTRA en una condición moral deplorable. Escuchamos en los medios de conmunicacion cosas que nos parecen increíbles: crímenes inenarrables, secuestros infames, drogadicción rampante, corrupción generalizada. Es increíble lo que el ser humano puede hacer cuando se deja llevar por sus inclinaciones naturales. La Biblia sigue con el cuadro trisste de asemejarnos a seres irracionales. Escribió el sabio: “Como vuelve el perro a su vómito, así el necio insiste en su necedad” (Prov. 26:11).

El apóstol Pedro, citando al sabio, amplia la imagen, diciendo: “Y “la puerca lavada, a revolcarse en el lodo” (2 Ped. 2:22). Lo más lamentable del mal que mora en la naturaleza humana, es que nubla el entendimiento y destruye el deseo de buscar a Dios. Dice el salmista: “No seas como el mulo o el caballo, que no tienen discernimiento, y cuyo brío hay que domar con brinda y freno, para acercarlos a ti” (Sal. 32:9). El pecado nos causa desorientación y no sabemos qué hacer. Tal vez la ilustración más triste es la usada por los profetas que compararon al ser humano con un rebaño de ovejas; pero no porque seamos mansos, sino porque nos apartamos del camino de Dios y luego no podemos regresar solos: “Todos andábamos perdidos como ovejas; cada uno seguía su propio camino” (Isa. 53:6).

Este cuadro lamentable pintado por la Palabra de Dios es algo que nos cuesta mucho aceptar. Normalmente pensamos que no somos así. Después de todo, conocemos a personas buenas, buenos vecinos, hombres y mujeres honorables, gente consagrada y dadivosa que asiste frecuentemente a la iglesia. Vemos solo lo que tenemos delante de nuestros ojos; no podemos ve el corazón de las personas. Además, el pecado nos engaña y nos conduce a pensar bien de nosotros. No matamos, no robamos, no mentimos, no adulteramos. Como el fariseo de la parábola, vemos a los demás y nos consideramos buenos. Esa puede ser la tragedia más grande que vivamos. Para que el evangelio tenga significado, es mejor decir: “¡oh Dios, ten compasión de mi, que soy pecador!” (Luc. 18:13).

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Febrero, 08 2010



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