Manzanas podridas

Un cierto avaro compró
de manzanas dos o un ciento,
y en un oscuro aposento
de todos las escondió.

El avaro cada día
las manzanas visitaba:
si alguna podrida hallaba,
suspirando la comía….

Su hijo que, según se piensa,
radiaba el pobre de hambriento,
descubrió con gran contento
de su padre la despensa….

La llave, pues, le quitó:
abre el cuarto, y entra ansioso.
Y su diente vigoroso
en las manzanas cebó….

En esto su padre entró,
y como le halló comiendo,
«¡Ah, bribón! ¿Qué estás haciendo?»,
furioso le preguntó….

«Si no me entregas, mal hijo,
las manzanas, te hago ahorcar.»
Sin suspender el mascar,
el bribonzuelo le dijo:…

«Yo muy bien he procedido;
ningún daño os he causado:
las podridas he dejado,
y las buenas he comido.»1

En esta imitación de Florián que hace el poeta cubano José María Heredia, el avaro que compró las manzanas y las escondió pronto aprendió que Dios las creó para que el hombre las comiera; de lo contrario, se pudren. Para mantener oculto su plan egoísta de guardarlas para sí y no compartirlas con nadie, tuvo que comerse las que se iban pudriendo, no fuera que el olor de ellas lo delatara. Su hijo le sacó la partida cuando descubrió el escondite de las manzanas y comenzó a comerse las buenas. Aun cuando el padre acaparador lo pescó en el acto y quiso condenarlo sin piedad, el hijo tenía toda la razón al contestarle tranquilamente que no estaba sino haciéndole el favor de comerse las buenas antes que se pudrieran. Así su padre mezquino no tendría que pasar el suplicio de comerse esas mismas manzanas cuando estuvieran podridas. Definitivamente a ese padre avaro «le salió el tiro por la culata».

La moraleja de ese cuento en verso se halla en esta estrofa del poema jocoso del mismo autor titulado Le cayó la lotería:

Al avaro que el talego
debajo de tierra esconde,
y se lo roban de donde
enterrado lo tenía,
le cayó la lotería.2

Aquí la expresión «le cayó la lotería» significa todo lo contrario a «se ganó la lotería». Tal vez haya influido en Heredia la enseñanza de San Pablo de que por la avaricia, que es idolatría, viene el castigo de Dios.3 El avaro es idólatra porque adora sus posesiones. Y el único digno de nuestra adoración es Dios.4 No es de extrañarse entonces que el apóstol Pablo también asevere que «ni los ladrones ni los avaros… heredarán el reino de Dios.»5 Es decir, tanto al ladrón del cuento como a su miserable víctima les espera el mismo fin. Más vale que adoremos únicamente a Dios, dándole oportunidad a su Hijo Jesucristo a que reine en nuestro corazón en lugar de las cosas de este mundo. Sólo así podremos asegurar la entrada en el reino de los cielos.

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1José María Heredia, «Cuento», Obra poética, Edición crítica de Ángel Augier (La Habana: Editorial Letras Cubanas, 1993), pp. 308-09.
2Heredia, «Le cayó la lotería», pp. 307-08.
3Col 3:5-6
4Éx 20:3-5
51Co 6:10; Ef 5:5

Un Mensaje a la Conciencia

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