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MENSAJE OCULTO

Mensaje oculto

Al séptimo día, lavarán ustedes sus vestidos y quedarán purificados. Entonces podrán reintegrarse al campamento (Números 31:24).

DIOS DIO LEYES y reglamentos á su pueblo para que se libraran de los riesgos de enfermedades graves y disfrutara de salud. Estas indicaciones tenían como fundamento los principios sobre contaminación ritual e impureza ceremonial. Aunque estos principios tenían un primer significado espiritual, también tenían el propósito de que los israelitas alcanzaran plena salud física. Mediante los servicios del santuario, Dios enseñaba lecciones espirituales y también de higiene. Aunque la esencia de los servicios del santuario apuntaba al deseo de Dios de salvar a su pueblo y morar con él por medio de su tabernáculo. Cuando recorremos el Pentateuco, no hallamos muchas recomendaciones concretas para evitar la enfermedad y tener buena salud. Lo que se encuentra es una gran cantidad de instrucciones de cómo evitar la contaminación y la impureza ritual. Eso sí podía entender el pueblo.
Dios era un Dios santo. Su morada estaba entre los israelitas. Ellos acampaban en derredor del tabernáculo, la morada divina. En su altar no debían ofrecerse cosas inmundas. Todo debía ser limpio, porque Dios es santo y puro. Para desempeñar sus funciones, los sacerdotes debían purificarse. Los animales que se fuesen a sacrificar no debían tener defectos. Como todos vivían alrededor del santuario, debían tener sumo cuidado de no introducir cosas que contaminaran el campamento, y por ende al santuario. El fuego y el agua se usaban para la limpieza. De este modo, se garantizaba que la presencia de Dios en el campamento fuese permanente. Quien no cumpliera con las estipulaciones, debía ser eliminado del campamento. Nada impuro debía entrar en él, porque Dios moraba con su pueblo.

La desobediencia trae enfermedad

El Señor enviará contra ti y contra tus descendientes plagas terribles y persistentes, y enfermedades malignas e incurables (Deuteronomio 28: 59).

TODAS LAS INSTRUCCIONES DIVINAS VINCULADAS con el santuario y sus servicios tenían, por lo tanto, dos propósitos: Uno espiritual, la expiación del pecado, y otro físico, la salud e higiene del pueblo. Así, los israelitas gozaron de un mayor grado de salud personal y comunitaria en comparación con los pueblos vecinos. La salud era un fruto natural de una buena relación con Dios, reflejada en la obediencia a las leyes y reglamentos del santuario. El Señor condescendió con la ignorancia de su pueblo, y de la época, y dio instrucciones con la finalidad última de que los israelitas alcanzaran sa­lud y felicidad.
Hay un pasaje en el Pentateuco que revela este deseo velado de Dios de que su pueblo fuera saludable. Reveló claramente su propósito adicional. Dice así: «Les dijo: “Yo soy el Señor su Dios. Si escuchan mi voz y hacen lo que yo considero justo, y si cumplen mis leyes y mandamientos, no traeré sobre ustedes ninguna de las enfermedades que traje sobre los egipcios. Yo soy el Señor, que les devuelve la salud”» (Éxo. 15: 26). «El Señor te mantendrá libre de toda enfermedad y alejará de ti las horribles enfermedades que conociste en Egip­to; en cambio, las reservará para tus enemigos» (Deut. 7: 15). Se aprecia que si los israelitas cumplían con las leyes y mandamientos que Dios les daba, tendrían salud y estarían libres de las enfermedades que habían conocido en Egipto; y que, sin duda, muchos de ellos habían sufrido. Estas enfermedades no son generadas por Dios, sino por un estilo de vida alejado del Creador.
Por otra parte, la Biblia deja claro que si no guardaban las instrucciones divinas sucedería lo inverso: «Si ustedes no me obedecen ni ponen por obra todos estos mandamientos, sino que desprecian mis estatutos y aborrecen mis preceptos, y dejan de poner por obra todos mis mandamientos, violando así mi pacto, entonces yo mismo los castigaré con un terror repentino, con enfermedades y con fiebre que los debilitarán, les harán perder la vista y acabarán con su vida» (Lev. 26: 14-16). «Sus hijos y las generaciones futuras, y los extranjeros que vengan de países lejanos, verán las calamidades y enfermedades con que el Señor habrá azotado esta tierra» (Deut. 29: 22).

Que Dios te bendiga,

Octubre, 10 2010



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