OBRAS DE LA FE

Obras de la feAcordándonos sin cesar delante del Dios y Padre nuestro de la obra de vuestra fe, del trabajo de vuestro amor y de vuestra constancia en la esperanza en nuestro Señor Jesucristo.
1 Tesanolicenses 1: 3¿Qué te impulsa a hacer lo bueno? ¿Cuáles son los motivos que te mueven a obedecer a Dios? ¿Por qué haces obras de bien? Existe la obediencia por interés. Hay quienes obedecen porque desean obtener algo. Obedecen para ir al cielo o para evitar el castigo. Hay buenas acciones que se realizan por motivos egoístas, para ser vistos por otros o para recibir alabanza de los demás. Dios no acepta ese tipo de obediencia.
A Laodicea, que es tibia, Dios le pide obras calientes. Pablo usa la expresión “obras de fe” como sinónimo de “obras calientes”. El Espíritu Santo es el originador de las obras de fe. Cuando el yo desaparece, Cristo toma el control y mora en el corazón del alma contrita y humillada. En las obras de la fe, Cristo produce las obras. Dios quiere que produzcas frutos, pero el fruto es la obra de Cristo morando en tu vida.
Las obras superficiales de la ley y las obras de la fe son muy similares. La diferencia no está en las obras mismas, porque son parecidas. Es posible que si vemos a dos personas guardando el sábado, una lo haga como exponente de las obras de la ley y que la otra lo haga atendiendo a las obras de la fe. Dos personas pueden participar en una colecta y estar una comprometida con las obras de la fe y la otra con las obras de la ley. Se ven superficialmente similares y es fácil confundir la una con la otra.
Sin embargo, en las obras de fe el creyente se ve a sí mismo como un pecador. Nunca se sentirá justo; siempre se considerará «pobre, miserable, ciego y desnudo»; siempre sentirá que no está bien. Dirá: «Soy el primero de los pecadores». Dios mira el corazón, y eso es lo que verdaderamente cuenta. La seguridad del cristiano consiste en estar en Cristo: en él somos perfectos y estamos completos. Él hará muchas buenas obras en nosotros. Cuando Cristo actúa en tu corazón, no te enorgulleces; ni siquiera serás del todo consciente de las cosas buenas que Dios ha realizado en ti, pero tus vecinos lo advertirán y Dios será glorificado.
Pídele a Dios hoy que te ayude a entender tu verdadera condición. Pídele también que te lleve al Señor Jesucristo para andar en el Espíritu y dar frutos que alegren el corazón de Dios.¿A cuál de los dos te pareces?Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el otro; porque cualquiera que se enaltece, será humillado;
y el que se humilla será enaltecido.
Lucas 18: 14
¿Cómo describirías a un buen adventista del séptimo día? O quizá sería mejor preguntar «¿Qué características debe tener una persona para entrar en el reino de los cielos?» En la parábola del publicano y el fariseo, relatada por Jesús, dos caballeros subieron al templo a orar. Uno de ellos, el fariseo, se consideraba un buen miembro de la iglesia. Se describió a sí mismo de la siguiente manera: «Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, ladrones, injustos, adúlteros […]. Ayuno dos veces a la semana, doy diezmo de todo lo que gano» (Lúc. 18:11,12).
¿No te parece una persona perfecta? ¿No es la clase de conducta que Dios acepta? Pero, por increíble que parezca, Jesús dijo que el hombre intachable no era justo. ¿Por qué Dios no acepta esa clase de obediencia? Pablo lo explica en
la Epístola a los Romanos: «Mas Israel, que iba tras una ley de justicia, no la alcanzó. ¿Por qué? Porque iban tras ellas no por fe, sino como por obras de la ley, pues tropezaron en la piedra de tropiezo» (Rom. 9: 31,32).
Las obras de la ley representan la justicia propia del hombre, producida a través de sus propios esfuerzos. En
la Biblia la expresión «obras de la ley» se refiere a la conducta de aquellos que utilizan la ley como un método de salvación. Quieren agradar a Dios con sus propios esfuerzos. Pero eso es imposible. Las obras de la ley no agradan a Dios, porque atribuyen la gloria a la persona y no a Dios. Como dice el mismo apóstol Pablo en Efesios 2: 8,9: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe […]. No por obras, para que nadie se gloríe».
En cambio, el publicano, considerándose completamente indigno, decía: «Dios, sé propicio a mí, pecador» (vers. 13). El publicano nos representa a todos. Únicamente por la misericordia de Dios podemos salvarnos. Ninguno de nosotros tiene méritos para ir al reino de los cielos. Pero cuando confesamos nuestros pecados, a pesar de toda nuestra indignidad, la sangre de Jesucristo, su Hijo, nos limpia de todo pecado y somos admitidos como hijos e hijas de Dios.
Las obras que no son el resultado de una íntima conexión con Jesús, por buenas que parezcan, son malas, porque el corazón que las produce es malo. ¿A cuál de los dos te pareces, al fariseo o al publicano? Piénsalo bien, porque la diferencia es la vida o la muerte.Que Dios te bendiga, Mayo 13 2009¡Jehová, va a cambiar, tu historia hoy aqui!Si tienes un pedido de oración envíalo a cieloestrellaazul@hotmail.com Oramos  por ti



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