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OSOS Y LEONES DERROTADOS

Osos y leones derrotados

Fuese león, fuese oso, tu siervo lo mataba; y este filisteo incircunciso será como uno de ellos, porque ha provocado al ejército del Dios viviente. 1 Samuel 17:36

¿Quién no ha escuchado la historia de David y Goliat? ¿Podemos decir algo nuevo del valeroso pastorcito David? Creemos que la Biblia, como una obra de arte, es inagotable. Todavía no se ha dicho la última palabra del gigante; todavía no se ha sacado la última lección de esta gran aventura de Dios. Porque no era una aventura humana.
David no era soldado. Era, apenas, un adolescente. Su padre lo había enviado al campamento israelita para llevar provisiones a sus hermanos mayores y ver cómo estaban ¿Qué padre no haría lo mismo si sus hijos estuvieran en una peligrosa batalla?
Cuando David llegó al campamento esperaba encontrar al pueblo de Dios jubiloso, sereno, confiado en la protección del Todopoderoso. Pero no era así. Apenas llegó al campamento, escuchó la trompeta que llamaba a la batalla. Pero nadie salió. Luego escuchó la voz de trueno de un gigante —alguien le dijo que se llamaba Goliat— que blasfemaba el nombre de Dios y desafiaba a un israelita, nada más que a uno, para que librase un combate singular con él. Si el israelita lo vencía, los filisteos se comprometían a aceptar la derrota. Y si él vencía al israelita, debían prometer aceptar la derrota.
David supo que aquel desafío se había hecho durante cuarenta días consecutivos y que nadie lo había aceptado. ¿Era aquello posible? ¿Nadie se atrevía a defender el honor de Dios? David se llenó de ira y dijo que él iría a pelear con el gigante. Ya conoces la historia. Todos trataron de desanimarlo, incluso el rey Saúl, quien le dijo: «No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él, porque tú eres muchacho; y él un hombre de guerra desde su juventud» (1 Sam. 17: 33). Precisamente entonces pronunció David las memorables palabras de nuestro texto de hoy.
Todos conocemos el fin de la historia: David mató al gigante. Aunque se ha preguntado en miles de sermones, debo formular una vez más la pregunta: ¿Cuáles son los gigantes que no puedes vencer? Hoy necesitamos la actitud, el valor y la fe de David. Hay muchos Goliats en este mundo. Se nos presentan a diario en forma de problemas financieros, de enfermedades, de problemas familiares y pensamientos impuros. Pero el Dios poderoso que derrotó al gigante filisteo, puede derrotar a los gigantes que nos amenazan ahora.
Piensa en lo que Dios ha hecho en tu propia vida. El Dios del pasado es el Dios de hoy y el de mañana. Tú, como David, puedes vencer al gigante que te amenaza hoy.

 Abril 13

Hay refugio seguro en Dios

Jehová, roca mía y castillo mío, y mi libertador; Dios mío, fortaleza mía, en él confiaré; mi escudo, y la fuerza de mi salvación, mi alto refugio. Salmo 18: 2

“En los días de prosperidad tenemos muchos refugios donde acudir; pero en el día de la adversidad tenemos uno solo», dijo Andrés Bonar. J. Cuan ciertas son estas palabras. Como dijo el sabio Salomón, «las riquezas del rico son su ciudad fortificada, y como un muro alto en su imaginación» (Prov. 1 1 ¡Cuántos riesgos corren los ricos! Uno de ellos, y no el menos peligroso, es el sentido de seguridad que les procuran sus riquezas. El que tiene dinero siente que está protegido contra muchos de los males del mundo. Hasta el cristiano confía demasiado en sus riquezas. El rico incrédulo blasfema contra Dios. El creyente rico se olvida de Dios con mucha facilidad. Como decía Andrés Bonar, «en los días de prosperidad tenemos, muchos refugios».
Cuando la vida nos sonríe, sentimos confianza en nuestra situación, en nuestras habilidades, en nosotros mismos. Pero cuando nuestro mundo se nos desmorona, si no podemos volvemos a Dios, no tenemos a quién acudir. Un pastor recién llegado a una comumndad agrícola visitó a un joven campesino que nunca asistía a la iglesia. Después de saludarlo a él y a sus familiares, le dijo:
—He venido a invitarlos a los cultos de nuestra iglesia.
—¿La iglesia? ¿Y qué necesito yo de su iglesia? — Le dijo el agricultor—. ¡Míreme! Soy fuerte. Tengo salud. No necesito de su iglesia. No necesito de su Dios. Puedo cuidar de mí mismo. Gracias.
Casi un año después, el pastor estaba sentado junto a una cama en ese mismo hogar. Yacía en su lecho, enfermo y desanimado, el joven agricultor que no necesitaba a Dios. Ahora, humilde y contrito, reconocía lo grande que era su necesidad de Dios.
«Nunca, ahora o en la eternidad», dice T. A. Davis, «llegará el momento cuando podamos prescindir de Dios. Ni necesitaríamos hacer esta declaración, pero es una realidad que a menudo conocemos solo teóricamente, pero que no siempre comprendemos a fondo ni actuamos teniéndola en cuenta».
La vida es dura e incierta. Son tantos los riesgos del vivir que, aunque no hemos de vivir en ascuas y temiendo siempre lo peor, es saludable comprender lo que dijo el apóstol: «Porque, ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece» (Sant 4: 14). Vivamos siempre seguros bajo la protección de su Dios, porque el mundo es incierto y peligroso.

Que Dios te bendiga,

 Abril, 21 2009

¡Jehová, va a cambia,r tu historia hoy aqui!

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