«Pero yo sí te veo»

Estaba ardiendo una casa. Todos se habían salvado, excepto un niño que se encontraba en el segundo piso. La escalera estaba en llamas y llena de humo. No había salida sino por la ventana.

—¡Papá, papá! ¿Cómo voy a escapar? —gritó el niño.

—¡Aquí estoy —le gritó a su vez el padre—; déjate caer, que te recibiré en mis brazos! ¡Tírate, Carlitos, que yo te recibiré!

Carlos salió a gatas por la ventana, pero allí quedó atrapado porque tenía miedo. Sabía que era muy largo el trecho hasta la calle.

—¡Suéltate, déjate caer! —le gritó el padre.

—No puedo verte, papá.

—Pero yo sí te veo. Aquí estoy. Ten confianza. Suéltate, que yo te salvaré.

—Tengo miedo de caer.

—¡Suéltate, tírate! —gritaban otras voces—. Tu padre te recibirá con toda seguridad. No tengas miedo.

Al fin, acordándose de la fuerza y del amor de su padre, el niño recobró la confianza y se dejó caer. Segundos después, se halló sano y salvo en los brazos de su padre.1

En el Sermón del Monte, después del padrenuestro en que nos enseña a orar, Jesucristo, el Hijo de Dios, refuerza con una comparación esa relación de padre e hijo que tenemos con el Padre celestial. «¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pescado, le da una serpiente? —dice a modo de interrogación retórica—. Pues si ustedes, aun siendo malos, saben dar cosas buenas a sus hijos —concluye Cristo—, ¡cuánto más su Padre que está en el cielo dará cosas buenas a los que le pidan!»2

Ese poder y ese deseo de Dios de darnos a nosotros sus hijos lo que le pidamos con tal que nos convenga se remonta a los tiempos en que los salmistas de Israel representaban implícitamente al Señor su Dios como el Padre celestial que, en los momentos de mayor ansiedad, sabe cuidar perfectamente a sus hijos. Uno de los más citados de esos salmos, que bien pudo haberle infundido aliento tanto a Carlos como a su padre en la anécdota, es el Salmo 121. Dice así:

A las montañas levanto mis ojos;
          ¿de dónde ha de venir mi ayuda?
Mi ayuda proviene del Señor,
          creador del cielo y de la tierra.

No permitirá que tu pie resbale;
          jamás duerme el que te cuida.
Jamás duerme ni se adormece
          el que cuida de Israel.

El Señor es quien te cuida,
          el Señor es tu sombra protectora.
De día el sol no te hará daño,
          ni la luna de noche.

El Señor te protegerá;
          de todo mal protegerá tu vida.
El Señor te cuidará en el hogar y en el camino,
          desde ahora y para siempre.

Gracias a Dios, cuando estamos pasando por una prueba, ya sea una calamidad como un incendio, o una crisis moral o financiera, o una enfermedad grave o mortal, podemos acudir a Él como nuestro Padre celestial al igual que el salmista de Israel, confiados de que Él sí nos ve aunque nosotros no podamos verlo a Él, y que nos protegerá y nos cuidará «desde ahora y para siempre». Amén.

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1<http://www.ministros.org/premium/a‑z/f/fe.htm> En línea 20 junio 2007.
2Mt 6:5‑13; 7:9‑10

Un Mensaje a la Conciencia

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