«¿Puede una madre dejar de amar al hijo?»

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Imagen por barnyz

(Víspera del Día Internacional del Pescador)

—Dicen que el buen pescador lo trae en la sangre — le dijo María Benedetti a Junior Lugo.

Junior era un puertorriqueño de Cabo Rojo «con fama de buen pescador». María había ido a visitarlo en su pescadería en El Corozo con el fin de incluirlo como una de sus «entrevistas con pescadores comerciales de Puerto Rico» en su libro titulado Palabras de pescadores.

—¿Viene usted de una familia de pescadores?

—Entré en la pesca cuando tenía ocho años —le contestó Junior—. Mi pai y la mai mía eran pescadores de aquí del Corozo. Ellos se iban en una yola a remo y se quedaban la semana pescando por la Pitahaya o por La Parguera. Dormían en la misma embarcación a orillas de la playa. Llevaban arroz, ollas y una cuchara, y comían de lo que pescaban. Vendían el pescado por allá y regresaban los viernes….

—¿Ha tenido [usted] vivencias en el mar que quisiera compartir…? —le preguntó María.

Junior estaba más que dispuesto a complacerla contándole sus experiencias.

—Una vez hace veinticinco años, cuando yo pescaba carey—comenzó a contar—, tuve una experiencia grande. Tiré el chinchorro y, cuando fui a despescarlo, encontré un bufeo (delfín) grande con uno chiquito de unos tres pies de largo. Cuando miré al grande, que tenía que ser la mai, me dije: “¡Ay, qué pena, que se murió!” Porque se hizo como si estuviera muerta. La solté y ni respiraba. Se fue para el fondo.

»Entonces [subí] el chiquito a la embarcación para desenredarlo; pues respiraba, pero estaba amarrao por el rabo. Entonces, en lo que yo lo desenredaba, la mamá ha salido y ha venido afaná, parada en el rabo sobre el agua, chillando desesperada como una persona. Yo dije entre mí: “Si no lo suelto enseguida, ella es capaz de treparse en la embarcación.” Me puse nervioso. No me dio tiempo de desenredarlo. Corté la malla con un cuchillo y puse el bebé en el agua. Entonces la mai metió el hocico debajo de la aleta del pequeño y se lo llevó feliz. Se perdieron.1

¡Qué increíble y a la vez tierno este relato de Junior! Sobre todo, cuando se considera que hay madres humanas que no tienen ni un ápice de la inteligencia, la sensibilidad o el afecto materno que demostró aquella madre delfín… Ahora bien, la culpa de eso no la tiene Dios. Él creó con un instinto maternal a todas sus criaturas hembras, incluso a los delfines. Pero a las mujeres, a diferencia de las otras criaturas, Dios también las creó con libre albedrío. Y lamentablemente algunas de esas mujeres optan por hacer caso omiso de ese instinto maternal y se vuelven tan egoístas que, en lugar de proteger a sus hijos, son capaces hasta de maltratarlos.

Más vale que reconozcamos que esa es una gran ofensa contra nuestro Creador. Dándonos ejemplo de verdadero afecto materno, Dios nos asegura: «¿Puede una madre olvidar a su niño de pecho, y dejar de amar al hijo que ha dado a luz? Aun cuando ella lo olvidara, ¡yo no te olvidaré!»2

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1María Benedetti, «Viviendo de la pesca», Palabras de pescadores: Entrevistas con pescadores comerciales de Puerto Rico 1991‑1995 (Mayagüez: Sea Grant Publicaciones, 1997), pp. 43,44,51.
2Is 49:15

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