«¡Qué tremendo!»

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Imagen por Stanley Zimny (Thank You for 43 Million views)

«Llegaban. Desde lejos Martín miró el Caserón con su Mirador allá arriba, resto fantasmal de un mundo que ya no existía.

»Entraron, atravesando el jardín, y bordearon la casa….

»Subieron por la escalera de caracol y nuevamente volvió Martín a experimentar el hechizo de aquella terraza en la noche de verano. Todo podía suceder en aquella atmósfera que parecía colocada fuera del tiempo y del espacio.

»Entraron al Mirador y Alejandra dijo:

»—Sentate en la cama. Ya sabés que acá las sillas son peligrosas.

»Mientras Martín se sentaba, ella arrojó su cartera y puso a calentar agua. Luego colocó un disco: los sones dramáticos del bandoneón empezaron a configurar una sombría melodía.

»—Oí qué letra:

Yo quiero morir conmigo,
sin confesión y sin Dios,
crucificao en mis penas,
como abrazao a un rencor.

»Después que tomaron el café salieron a la terraza y se acodaron sobre la balaustrada…. La noche era profunda y cálida.

»—Bruno siempre dice que, por desgracia, la vida la hacemos en borrador. Un escritor puede rehacer algo imperfecto o tirarlo a la basura. La vida, no: lo que se ha vivido no hay forma de arreglarlo, ni de limpiarlo, ni de tirarlo. ¿Te das cuenta qué tremendo?»1

En esta primera parte de su novela Sobre héroes y tumbas titulada «El dragón y la princesa», el escritor argentino Ernesto Sábato se vale de su personaje Alejandra para llevarnos a una profunda reflexión sobre la vida humana. Bruno, amigo de Alejandra, tiene razón… en parte. A diferencia de los escritores, que tienen la opción de rehacer lo que no les ha salido bien como si lo hubieran hecho perfectamente desde el principio sin haberse equivocado en momento alguno, nosotros no podemos darnos ese lujo. Tenemos que tragarnos nuestras imperfecciones, ya que la vida no la podemos volver a vivir.

En lo que no tiene razón Bruno es que sí hay forma de arreglar, de limpiar y de tirar a la basura todo lo malo de nuestra vida pasada. No es cuestión de hacer caso omiso de nuestras faltas, como si jamás hubiéramos errado, sino todo lo contrario. Podemos arrepentirnos de nuestras faltas y pedirle perdón a Dios por ellas, confiados en lo que afirma el apóstol Juan: que «si confesamos nuestros pecados, Dios, que es fiel y justo, nos los perdonará y nos limpiará de toda maldad».2

Pero ¿qué de nuestra vida futura? ¿Acaso no hay forma de mejorar lo que nos falta por vivir? Claro que sí. Con la ayuda de Dios, todos tenemos la opción de cambiar los patrones de conducta que han malogrado nuestra vida. A esa transformación Jesucristo la llama «nacer de nuevo».3 Se trata de permitir que Él nos transforme mediante la renovación de nuestra mente.4 Cuando dejamos que Cristo nos cambie de ese modo, llegamos a ser lo que el apóstol Pablo llama «una nueva creación», y tenemos por qué exclamar, junto con él: «¡Lo viejo ha pasado, ha llegado ya lo nuevo!»5 ¿Nos damos cuenta qué tremendo?

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1Ernesto Sábato, El dragón y la princesa, Colección Alianza Cien (Madrid: Alianza Editorial, 1995), pp. 81‑82.
21Jn 1:9
3Jn 3:3‑7
4Ro 12:2
52Co 5:17

Un Mensaje a la Conciencia

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