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Sacrificio por el pecado II

Sacrificio por el pecado II

Por eso Dios envió a su propio Hijo en condición semejante a nuestra condición de pecadores, para que se ofreciera en sacrificio por el pecado (Romanos 8: 3)

EL SACRIFICIO POR EL PECADO INDIVIDUAL era la ofrenda que más particularmente señalaba la muerte vicaria de Cristo. Como vimos anteriormente, Juan el Bautista lo señaló como «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo». El que ofrecía un sacrificio por su culpa, obviamente estaba reconociendo su pecado y confiando en que el sacrificio de la víctima inocente le daba el perdón. Pero todavía en forma más dramática tenía que poner su mano sobre la víctima y confesar su pecado antes de degollarla. Con este acto, estaba diciendo varias cosas: Primero, que era pecador; segundo, que estaba arrepentido; tercero, que era necesario confesar su pecado; cuarto, que confiaba en la víctima como su sustituto; quinto, que la sangre del animal traía el perdón de su pecado; sexto, que Dios, quien perdonaba su pecado, aceptaba la muerte del animal en lugar de la suya propia; séptimo, que por esta ceremonia podría regresar a casa en paz con Dios.

Los que diariamente asistían al atrio del santuario con su ofrenda, ¿cuánto de esto entendían? ¿Comprendían acaso que simbolizaba la muerte del Mesías venidero? No lo sabemos. Sospechamos, sin embargo, que para muchos se convirtió en una mera rutina religiosa, con el fin de apaciguar sus conciencias. Y debe de haber sido así, porque en varias ocasiones Dios dijo a su pueblo que rechazaba sus sacrificios, que eran vanos e inútiles, y que los hacían por motivos equivocados (Heb. 10: 8). Tanto se pervirtió el sistema, que Dios tuvo que desecharlo finalmente.

Para que estos sacrificios cumplieran su propósito educativo y ayudaran a resolver provisionalmente el problema del pecado en la vida humana, la gente tenía que ofrecerlos con una fe firme en Dios.

Meditemos en esto: Mediante el establecimiento de un sistema simbólico de sacrificios y ofrendas, la muerte de Cristo había de estar siempre delante del hombre culpable, para que pudiera comprender mejor la naturaleza del pecado, los resultados de la transgresión y el mérito de la ofrenda divina.

Pecado voluntario

Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados (Hebreos 10: 26).

EN EL RITUAL DEL SANTUARIO, solo se proveía solución al pecado cuando este era involuntario o inadvertido. La ley decía: «Si el que peca inadvertidamente es alguien del pueblo, e incurre en algo que los mandamientos del Señor prohíben, será culpable» (Lev. 4: 27). El pecado no se disculpaba porque fuese hecho involuntariamente. Pero se proveía una manera para resolverlo mediante el ofrecimiento del sacrificio respectivo: «Así el sacerdote hará expiación por él, y su pecado le será perdonado» (vers. 31). En todos los casos que se ofrecía perdón al transgresor, se debía a que el pecado era involuntario (vers. 1, 13, 22; 5: 14, 17, 18; 22: 14; etc.). En el sistema de expiación del santuario no se ofrecía perdón ni expiación por el pecado voluntario. Este se define como rebelión abierta y descarada contra Dios. Se castigaba con la muerte.

Seguramente no se expiaba en el santuario porque, siendo un acto de arrogancia y rebelión abierta y descarada contra la ley de Dios, la persona no sentía necesidad de arrepentimiento ni de confesión (que implica aceptación de culpa) ni de perdón. En tal circunstancia, el individuo se colocaba fuera del alcance de la misericordia divina. A este pecado se refiere Hebreos, cuando dice: «Si después de recibir el conocimiento de la verdad pecamos obstinadamente, ya no hay sacrificio por los pecados. Solo queda una terrible expectativa de juicio, el fuego ardiente que ha de devorar a los enemigos de Dios. Cualquiera que rechazaba la ley de Moisés moría irremediablemente por el testimonio de dos o tres testigos» (Heb. 10: 26-28).

Por lo tanto, cuando el pecador se arrepentía, el pecado era considerado involuntario, como hecho sin querer. Todos los pecados son hechos conscientemente, pero cuando media el arrepentimiento, Dios los considera como hechos involuntariamente. Mira a esa persona como si fuera inocente, sin la intención aviesa de pecar, sin arrogancia.

Para meditar: «Cristo está pronto para libertarnos del pecado, pero no fuerza la voluntad; y si por la persistencia en el pecado la voluntad misma se inclina enteramente al mal y no deseamos ser libres, si no queremos aceptar su gracia, ¿qué más puede hacer?» (El camino a Cristo, p. 33).

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración cielo77014@hotmail.com

Septiembre, 10 2010



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