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SEMEJANTES A DIOS

Semejantes a Dios

Infundiré mi Espíritu en ustedes, y haré que sigan mis preceptos y obedezcan mis leyes (Ezequiel 36: 27).

LA OBEDIENCIA QUE CONDUCE a la santificación consiste precisa­mente en que Dios promete grabar su ley en el corazón humano. La única manera cómo podemos crecer en santidad, es permitir que Dios grabe en nuestra conciencia los principios de su carácter. Esto es lo que ha­ce que nuestra naturaleza se transforme, que el viejo hombre poco a poco mue­ra y una nueva criatura se forme.
Pero esto solo es posible mediante el poder de Dios. Todo lo que podemos hacer, humanamente hablando, es rendir una obediencia externa. Sin embar­go, esa clase de sujeción no nos prepara para vivir con Dios. La obediencia externa sirve solo para este mundo, pero no para el mundo venidero.
Dios no puede llevar a su reino celestial a personas que solo rindan obe­diencia humana, porque no es de corazón, no nace naturalmente. Cuando permitimos que el Espíritu de Dios grabe sus leyes en nuestra conciencia, entonces ya no necesitamos códigos escritos ni leyes grabadas en piedra. La ra­zón se debe a que nos regimos por principios no por reglamentos. En la tie­rra nueva no habrá necesidad de escribir las leyes de Dios, porque estarán escri­tas en la mente de sus ciudadanos. Allí, los redimidos cumplirán la voluntad de Dios. Entonces seremos semejantes a él, pues sus leyes, es decir, su carác­ter, será el nuestro. Por lo mismo, la rebelión contra él nunca más se levantará otra vez, porque estaremos en armonía con él.
Este proceso de grabar las leyes de Dios en nuestra vida comienza aquí en la tierra. A través del poder del Espíritu Santo nos hacemos semejantes a él. Si este proceso no comenzara aquí en la tierra, se revelaría que la persona no está cediendo a la influencia del Espíritu, y por lo tanto no desea ser como Dios. Sin embargo, este proceso debe continuar durante toda la vida del cris­tiano, hasta que, por la resurrección o la transformación en ocasión de la se­gunda venida de Cristo, seamos totalmente renovados a la semejanza de Dios.

Los principios divinos

Hoy te ordeno que ames al Señor tu Dios, que andes en sus caminos, y que cumplas sus mandamientos, preceptos y leyes (Deuteronomio 30: 16).

COMENZARÉ UN ESTUDIO de los principios contenidos en la ley de Dios. Es muy importante que, al haber estudiado cómo Dios quiere salvarnos y llevarnos al cielo a vivir con él, ahora me dedicaré a refle­xionar en esos principios que él quiere grabar en nuestras vidas. Como sabe­mos, dichos principios están contenidos en los Diez Mandamientos, graba­dos en tablas de piedra por el dedo de Dios. Al estudiarlos podemos enten­der mejor cómo es Dios, y prepararnos para estar dispuestos a cederle nues­tra voluntad y pedirle que grabe esos principios en nuestra conciencia. Al mismo tiempo, nos ayudan a recordar que el Señor quiere obediencia. Aun­que no somos salvos por ella, sin embargo, es una manera de recordarnos que pide nuestra voluntad y nuestro consentimiento, para intervenir en nuestra vi­da y grabar su carácter en nosotros.
Es necesario que recordemos que los Diez Mandamientos, tal como los dio el Señor en el monte Sinaí, no son necesariamente diez principios. Estos prin­cipios que Dios quería que los hijos de Israel obedecieran e incorporaran a sus vidas, fueron adaptados en leyes que tenían significado en aquellas cir­cunstancias históricas. Así que los Diez Mandamientos, como los conocemos ahora, son adaptaciones de ciertos principios divinos a la vida de su pueblo en la antigüedad.
A su vez, estos Diez Mandamientos, que ya eran adaptaciones, sirvieron de base para muchas otras leyes que fueron dadas al pueblo, como mencioná­bamos anteriormente: leyes civiles, sanitarias, ceremoniales, etcétera. Todas ellas eran derivaciones y extensiones de esos Diez Mandamientos. Los rabinos, que contaban todas las leyes que Dios había dado a su pueblo, creían que había 613 leyes en total. Todas ellas eran leyes de Dios, pero no todas eran perma­nentes. Algunas fueron dadas para regular la estancia en el desierto, y otras para la vida citadina. Muchas consistían en regulaciones de un culto transito­rio, y otras tenían un carácter permanente que abarcaba la vida aquí en la tie­rra. Pero lo importante es que fueron dadas por Dios, y eso les daba un carác­ter solemne y las hacía dignas de respeto y obediencia.

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Mayo, 22 2010



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