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SOMOS SELLADOS

Somos sellados

En él también ustedes, cuando […] creyeron, fueron marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido (Efesios 1: 13).

EL APÓSTOL EXPONE las bendiciones espirituales que se gozan en Cristo. En esta ocasión nos dice que fuimos sellados. En la antigüedad, la gente usaba sellos para colocarlos en lugar de sus nombres. Era una señal de propiedad y pertenencia. Se usaba como hoy ponemos nuestra firma o escribimos nuestro nombre para indicar que algo es nuestro.
Cuando el apóstol nos dice que fuimos sellados, lo que quiere decir es que pertenecemos a Dios, porque llevamos su sello de propiedad (2 Cor. 1: 22). Esto es lo más maravilloso que hace el evangelio por las personas que creen en Cristo: Les asegura que no tienen de qué preocuparse, porque son propiedad de Dios. Imagínese lo que implica pertenecer al Ser más poderoso del universo, el Creador de todo y dueño de todo lo que existe. Ciertamente esto nos imparte seguridad y confianza. Pero no somos propiedad de Dios como un objeto, sino porque somos miembros de su familia. Por eso, el Señor dijo: «Mis ovejas oyen mi voz; yo las conozco y ellas me siguen […]. Nunca perecerán, ni nadie podrá arrebatármelas de la mano. Mi Padre, que me las ha dado, es más grande que todos; y de la mano del Padre nadie las puede arrebatar» (Juan 10: 27-29).
El cuida de sus hijos como cuidó de su pueblo: «Lo protegió y lo cuidó; lo guardó como a la niña de sus ojos» (Deut. 32: 10). En medio de los peligros de los últimos días, Dios pondrá su sello sobre su pueblo: «¡No hagan daño ni a la tierra, ni al mar ni a los árboles, hasta que hayamos puesto un sello en la frente de los siervos de nuestro Dios!» (Apoc. 7: 3).
Su pueblo estará seguro en la crisis final porque pertenece a Dios.

El sello del Espíritu

Él nos ungió, nos selló como propiedad suya y puso su Espíritu en nuestro corazón, como garantía (2 Corintios 1:21, 22).

EL APÓSTOL AÑADE QUE EL SELLO DE PROPIEDAD que Dios coloca sobre sus hijos es el Espíritu Santo, que ha prometido dar a sus hijos. Hay algunas personas que pretenden que el Espíritu Santo es propiedad de ellos nada más. No nos dejemos engañar. El Espíritu no pertenece a nadie, a ningún ser humano. Dios lo ha dado a sus hijos como señal de que son su propiedad. Y lo ha dado a todos, no a unos pocos.
El Espíritu es la señal que se da al que cree en Cristo. El apóstol Juan declaró: «Con esto se refería al Espíritu que habrían de recibir más tarde los que creyeran en él» (Juan 7: 39). El apóstol Pedro afirmó: «Nosotros somos testigos de estos acontecimientos, y también lo es el Espíritu Santo que Dios ha dado a quienes le obedecen» (Hech. 5: 32). Tanto, que quienes no tienen el Es­píritu no son cristianos: «Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo» (Rom. 8: 9). «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios» (Rom. 8: 14). «El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios» (Rom. 8: 16). Los miembros de la iglesia son receptores del Espíritu: «¿No saben que ustedes son templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en ustedes?» (1 Cor. 3: 16). Dios mora en el creyente por su Espíritu: «En él también ustedes son edificados juntamente para ser morada de Dios por su Espíritu» (Efe. 2: 22). El creyente individual permite que su cuerpo sea templo del Espíritu: «¿Acaso no saben que su cuerpo es templo del Espíritu Santo, quien está en ustedes y al que han recibido de parte de Dios?» (1 Cor. 6: 19). Todos los que confiesan a Cristo como su Señor, lo hacen por el Espíritu: «Nadie puede decir: “Jesús es el Señor” sino por el Espíritu Santo» (1 Cor. 12: 3).

Que Dios te bendiga,

Diciembre, 05 2010



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