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SU SANGRE DA VIDA

El altar del sacrificio

Desarmó a los poderes y a las potestades, y por medio de Cristo los humilló en público al exhibirlos en su desfile triunfal (Colosenses 2: 15).

POR MEDIO DE LOS RITOS Y LAS CEREMONIAS del santuario, Dios quería enseñar los principios del plan de la salvación para el ser humano. No quiere decir que todos los israelitas percibían. Pero para los que reflexionaban y meditaban en ellos, esos servicios les enseñaban el fundamento del evangelio.
Pero los muebles también debían transmitir ciertas verdades que se revelarían con mayor claridad a las generaciones posteriores. El primer mueble que encontramos es el altar de los holocaustos. Sobre él se sacrificaba todo animal que servía como expiación. Llegó a ser un símbolo de muerte, derramamiento de sangre y expiación. Decir «altar» era referirse al lugar del sacrificio, de la sangre vertida y de la víctima que muere como sustituto del pecador.
Este mueble se encontraba en el atrio, frente a la puerta de entrada al santuario y fuera de ella. Siglos más tarde, ese dato tuvo significado para los judíos que aceptaron a Cristo como su expiación del pecado, porque él también sufrió fuera de la puerta (Heb. 13: 12).
El altar de los sacrificios llegó a ser un símbolo de la cruz del Calvario, donde Cristo, por su muerte, sustituyó al pecador. Fue allí donde derramó su sangre para salvar al hombre. Por eso el tema de la sangre de Cristo corre como un hilo de oro a través de las páginas del Nuevo Testamento. Por medio de su uso profuso y significativo, se rememora el ritual del santuario con su énfasis en la expiación y el derramamiento de sangre.
La sangre llegó a ser un símbolo del triunfo de Cristo: «Para pastorear la iglesia de Dios, que él adquirió con su propia sangre» (Hech. 20: 28). Él triunfó sobre las fuerzas del mal que querían la destrucción de la raza humana. Su sangre vertida en la cruz alcanzó la victoria. Nosotros también participa­mos de su triunfo. Somos más que vencedores por su sangre derramada.

Su sangre da vida

Por eso también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, sufrió fuera de la puerta de la ciudad (Hebreos 13: 12).

LA MUERTE DE CRISTO EN LA CRUZ CUMPLIÓ lo prefigurado en el altar de los sacrificios. Su sangre vertida representa su vida entregada en favor del pecador.

La sangre de Cristo llegó a ser también un medio para apaciguar la ira de Dios: «A quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre» (Rom. 3: 25; RV95). La sangre de Cristo propició la ira de Dios y trajo la paz entre el hombre y Dios. Ya no es nuestro enemigo. Estamos reconciliados y en paz con él por lo que Jesús hizo en la cruz.

Además, la sangre que Cristo derramó llegó a ser el medio por el que se alcanza la justificación: «Y ahora que hemos sido justificados por su sangre, ¡con cuánta más razón, por medio de él, seremos salvados del castigo de Dios!» (Rom. 5: 9). Dios ya no nos considera pecadores, porque Cristo derramó su sangre por nosotros, que hace posible que nos vistamos con el manto de su justicia.

La sangre de Cristo hace posible que seamos santificados: «Por eso también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, sufrió fuera de la puerta de la ciudad» (Heb. 13: 12). En virtud de su muerte en la cruz, Cristo adquirió el derecho de derramar su Espíritu sobre sus seguidores. El Espíritu Santo es el poder divino que transforma la vida de las personas. Por su poder somos transformados poco a poco para recuperar la imagen perdida de nuestro Hacedor.

La sangre de Cristo se convirtió en agente de nuestra redención: «En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados» (Efe. 1: 7). Antes estábamos perdidos, pero Cristo nos redimió. Habíamos sido esclavos del mal, pero él nos emancipó. Estábamos presos en nuestros delitos y pecados, pero él nos liberó. Estábamos secuestrados, pero él pagó nuestro rescate. Habíamos caído en el nauseabundo foso del mal, pero él extendió su mano para sacarnos.

Que Dios te bendiga,

Septiembre, 28 2010



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