Un cuchillo con demasiado filo

landscape
Imagen por Thomas Leth-Olsen

(Día Internacional de las Niñas)

«Llegaron las primeras noticias…. Regresó uno de los peones… hablando de… que [habían desenterrado] a la Chepita….

»La habían rajao [—anunció—]. Jue matada….

»A la mujer del barbero la sacaron de la cama…. En cuanto le hablaron de ir a reconocer el cadáver, se puso verde y echó a temblar…. Lloró y pidió perdón a grandes voces, a pesar de que juró y rejuró ser inocente. Ella no había hecho nada malo, no había cometido ningún crimen…. Por primera vez la fatalidad la hacía verse en tales cosas. Y Chepita, a quien quería como a hija suya, le había pedido con lágrimas en los ojos que le hiciera [el] favor [de practicarle el aborto], porque, según decía la pobre, de lo contrario su papá la iba a matar a palos. Sólo por eso decidió ayudarla…. El caso era avanzado, la operación resultó más seria de lo que suponía [y] la muchacha perdió el conocimiento…. Fue así como, sin saber ni a qué horas, echó mano al cuchillo de la cocina para ayudarse. Y la desgracia hizo que no se fijara en un detalle: el tal cuchillo resultó con demasiado filo….

»Ñor Sánchez… anonadado por la pena… no [pudo] contener más la imperiosa necesidad de desahogar… su inmensa aflicción… En voz baja y dolorida, el pobre viejo [dio] rienda suelta a su dolor…. Ya en la maraña blanca de su barba [temblaban] gruesos lagrimones cuando [dijo]:

—¡Yo tengo la culpa’e todo…! ¿Pa qué me puse a atormentar a la pobre? La cosa ya estaba hecha, y aunque juera como juera, la verdá es que su hijo también era hijo’e Dios, y tal vez hasta iba a ser un güen muchacho. ¿Por qué me puse a hablar tonteras? Tal vez jue por estar tan viejo y tan pobre, y sentir uno que no puede vengarse como un hombre de verdá… ¡Pobre m’hija, cómo se me jue a morir tan de mala manera! Ora me he quedao solo, a estos años…. ¿Cómo voy a hacer yo? ¿Pa qué quiero vivir así? No sé por qué el Cielo me aflige de este modo. No sé qué gran pecao me está cobrando Dios…»1

No cabe la menor duda. Una de las tragedias más grandes es la muerte espantosa no sólo de una indefensa criatura sino, al mismo tiempo, de la madre que pudo haberla dado a luz. Así lo siente, en lo más profundo de su ser, el viejo Sánchez en este capítulo de la novela Gentes y gentecillas del escritor costarricense Carlos Luis Fallas. A Chepita la había seducido y dejado embarazada el hijo del contratista del aserradero, y ñor Sánchez, que había amenazado a su hija poco antes de que ella muriera por el aborto provocado, hubiera preferido mil veces haber muerto él mismo al sentirse culpable de la muerte de la desesperada joven.

Quiera Dios que en cada familia determinemos dejar de caer en el error y en la contradicción en que cayó el viejo Sánchez. ¡Ya basta de hacer las veces de Dios nuestro Creador y decidir nosotros más bien cuáles niños merecen nacer y cuáles morir, y justificar el porqué! ¡Y basta de echarle la culpa a Dios de lo que sabemos que somos culpables nosotros! La verdad es que Dios no sólo reconoce a esos seres inocentes indefensos, sino que quiere reconocernos a todos como hijos suyos, y para eso basta con que le pidamos que nos perdone y nos libre de toda culpa, y que reconozcamos como nuestro Salvador a su Hijo Jesucristo.2

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1Carlos Luis Fallas, Gentes y gentecillas (San José: Editorial Costa Rica, 1994), pp. 124-28.
2Jn 1:12; 1Jn 1:9

Un Mensaje a la Conciencia

Palabras claves:, ,


Dejar comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Recibe las nuevas
reflexiones en tu correo!

Escribe tu dirección de email: