«Un rancho y un lucero»

(Natalicio de Alfredo Espino)

«Alfredo Edgardo Espino Najarro nació… el ocho de enero de 1900… en Ahuachapán, ciudad del occidente salvadoreño, [donde] pasó su niñez e hizo sus estudios primarios en escuelas de la localidad…. [Su] obra poética…, [Jícaras tristes, publicada] por primera vez en 1936, ocho años después de [su] muerte [prematura… llegaría a ser] lectura necesaria para los escolares urbanos y rurales»,1 afirma el prologuista Francisco Andrés Escobar.

«No hay escuelita en El Salvador donde no se declamen sus poemas con halagadora complacencia»,2 dijo el poeta José Luis Silva. He aquí uno de esos bellos poemas de Espino acerca del campo salvadoreño que tanto amaba:

Un día —¡primero Dios!—
Has de quererme un poquito.
Yo levantaré el ranchito
en que vivamos los dos.

¿Qué más pedir? Con tu amor,
mi rancho, un árbol, un perro,
y enfrente el cielo y el cerro
y el cafetalito en flor…

Y entre aroma de saúcos,
un zenzontle que cantara
y una poza que copiara
pajaritos y bejucos.

Lo que los pobres queremos,
lo que los pobres amamos,
eso que tanto adoramos
porque es lo que no tenemos…

Con sólo eso, vida mía;
con sólo eso:
con mi verso, con tu beso,
lo demás nos sobraría…

Porque no hay nada mejor
que un monte, un rancho, un lucero,
cuando se tiene un «te quiero»
y huele a sendas en flor…3

«Cuando al final de [su] vida… [Alfredo Espino] quiso afirmarse con independencia en el plano del amor… perdió la partida. Se enamoró de Blanca Vanegas… una muchacha de condición humilde. La madre del poeta… se opuso resueltamente al noviazgo y al matrimonio… por razones de orden social —diferencia de clases— o de orden emocional —[estaba] dispuesta a organizar los máximos y los mínimos detalles en la vida del hijo—…. Esto golpeó con fuerza al poeta»,4 comenta Escobar.

No es de extrañar que Alfredo haya sufrido una gran desilusión debido a eso: admiraba la sencillez de la vida del campo, y en poemas como este, titulado «Un rancho y un lucero», lograba de manera envidiable ponerse en el lugar del modesto campesino que no concibe nada mejor en esta vida que la felicidad que produce el amor sin pretensiones.

Menos mal que, a diferencia de la madre de Espino, el Padre celestial no se opuso a que su Hijo Jesucristo viniera al mundo para establecer una relación estrecha con todo el que quisiera ser hijo de Dios, cualquiera que fuera su condición social. Más bien, Dios envió a su único Hijo al mundo precisamente con ese fin. Y lo hizo por la misma razón que movió a Alfredo Espino: un «te quiero». Fue un amor tan profundo que lo llevó hasta la cruz a morir por nuestros pecados, a resucitar al tercer día, y a ascender al cielo, donde nos ha preparado una vivienda como ninguna otra, con un jardín como el del Edén que «huele a sendas en flor», en el que algún día podamos participar en la cena de las bodas del Cordero y vivir eternamente con ese Cordero de Dios, Jesucristo mismo, que es el brillante lucero de la mañana.5

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1Francisco Andrés Escobar, «Con el alma descalza»: Introducción a Jícaras tristes (Santa Tecla, El Salvador: Clásicos Roxsil, 2001), pp. 8,9,13,41.
2José Luis Silva, Jícaras tristes (Santa Tecla, El Salvador: Clásicos Roxsil, 2001), contraportada.
3Alfredo Espino, Jícaras tristes (Santa Tecla, El Salvador: Clásicos Roxsil, 2001), p. 75.
4Escobar, pp. 19,20.
5Jn 1:12; 3:16; 14:2-3; 1Co 15:3-4; 2Co 11:2; Ap 19:7,9; 22:16

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