«Un último adiós a Amado Nervo»

(Centenario de la Muerte de Amado Nervo)

«Una niebla espesa inundaba la ciudad de Montevideo. Aquel 24 de mayo de 1919 parecía mimetizarse con el llanto de la gente, que brindaba un último adiós al inigualable poeta mexicano Amado Nervo.

»El joven ministro [de Obras Públicas, Humberto] Pittamiglio, se ubicó a un costado del orador, el ministro de Relaciones Exteriores, Daniel Muñoz, quien emocionado plasmaba una semblanza del hombre que unas horas antes dejara de existir en el Parque Hotel, lugar donde residía como jefe de la misión diplomática de México en Uruguay.

»Con voz encendida pero visiblemente dolorido, Muñoz enlazó la figura del diplomático con la poesía misma y con esa suerte de imán que tiene el Río de la Plata para los poetas que parecen encontrar en sus olas a la musa inspiradora que acicateará su pluma….

»Pittamiglio escuchó atentamente el largo discurso que Muñoz traía preparado…. Su mente se alejó de pronto al evocar la suave voz de su madre leyendo poemas en torno a la mesa familiar. Recordó cuán cerca de Dios se sentía cuando escuchaba su canto melodioso….

»Cuando el acto en el [C]ementerio [Central] llegó a su fin, el nutrido grupo que había acompañado la ceremonia se dispersó rápidamente, llevando los sombreros y abrigos húmedos por la tupida niebla que seguía cubriendo el lugar.»1

Así relata los sucesos de aquel día la escritora uruguaya Mercedes Vigil en su Historia de Humberto Pittamiglio: El alquimista de la rambla Wilson. Amado Nervo era, sin lugar a dudas, uno de los más excelsos poetas con el don de hacernos a todos sentirnos muy cerca de Dios. Reconociendo la soberanía divina, tres años antes él había compuesto el siguiente poema titulado «Me marcharé…», en el que vislumbraba el día de su muerte:

Me marcharé, Señor, alegre o triste;
mas resignado, cuando al fin me hieras.
Si vine al mundo porque tú quisiste,
¿no he de partir sumiso cuando quieras?

Un torcedor tan sólo me acongoja,
y es haber preguntado el pensamiento,
sus porqués a la vida… ¡mas la hoja
quiere saber dónde la lleva el viento!

Hoy, empero, ya no pregunto nada:
cerré los ojos y, mientras el plazo
llega en que se termine la jornada,
mi inquietud se adormece en la almohada
de la resignación, en tu regazo.2

Dos años más tarde, Amado Nervo volvió a abordar el tema de querer saber la respuesta a los interrogantes de la vida, menos de un año y medio antes de «marcharse» de este mundo, en un poema al que le puso por título «Comprensión». A todos nos serviría de mucho tomar en serio estos versos, como si fueran consejos desde su lecho de muerte:

¿Por qué empeñarse en saber
cuando es tan fácil amar?
Dios no te manda entender;
no pretende que su mar
sin playas pueda caber
en tu mínimo pensar.

Dios sólo te pide amor:
dale todo el tuyo, y más,
siempre más, con más ardor,
con más ímpetu… ¡Verás
cómo, amándole mejor,
mejor le comprenderás!3

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1Mercedes Vigil, El alquimista de la rambla Wilson: La historia de Humberto Pittamiglio, Edición revisada y ampliada (Buenos Aires: Random House Mondadori, 2012), pp. 57-59.
2Obras selectas de Amado Nervo (Guadalajara: EdiGonvill, 1976), p. 415.
3Ibíd, p. 502.

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