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VERDAD MENTIROSA

Verdad mentirosa.

Tal vez sea agradable ganarse el pan con engaños, pero uno acaba con la boca llena de arena (Proverbios 20: 17).

PARA REALIZAR UN ENGAÑO NI SIQUIERA tenemos que decir una mentira. Basta solo que se evite decir la verdad con la intención de dañar a alguien. Notemos: «Hasta la supresión intencional de la verdad, hecha con el fin de perjudicar a otros, es una violación del noveno mandamiento» (Patriarcas y profetas, p. 318). Es importante que reconozcamos nuestra obligación de decir la verdad cuando se trata de representar a otros: «El noveno mandamiento requiere de nosotros una consideración inviolable por la verdad exacta de cada declaración que pueda afectar el carácter de nuestros semejantes» (Hijos e hijas de Dios, p. 66).
Violamos este mandamiento cuando hablamos mal de otros, cuando manchamos su reputación, cuando sus motivos son tergiversados y sus nombres ensuciados. «Este mandamiento también puede ser quebrantado por los que se quedan en silencio cuando oyen que un inocente es calumniado injustamente. Puede ser quebrantado por un encogimiento de hombros o un arquear de las cejas. Cualquiera que desfigura, de cualquier manera, la verdad exacta para obtener una ventaja personal o por cualquier otro propósito, es culpable de dar “falso testimonio”» (Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 619). Se puede incurrir en una mentira por una palabra, un acto o por el silencio.
«La mentira es uno de los pecados populares de nuestros días; y gradualmente está llegando a ser considerada como digna de respeto. En sus diversas formas, desde la mentira atrevida y evidente, hasta la suave mentira diplomática, se la practica común y universalmente. En sus formas más leves se la considera como un medio necesario de suavizar las situaciones desagradables y se la tolera como manera aceptable de hablar. La habilidad de mentir en forma elegante y convincente es toda una hazaña en el mundo social y político y se la considera como una habilidad necesaria para mantener ciertos cargos» (Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 751; comentario de Lev. 6: 4).
Meditemos en estas palabras: «La veracidad y la integridad son atributos de Dios y el que posee estas cualidades posee un poder que es invencible» (En los lugares celestiales, p. 179).

El color de la mentira

Pero la serpiente le dijo a la mujer: «¡No es cierto, no van a morir! Dios sabe muy bien que, cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal» (Génesis 3:4, 5).

ENTRE LAS MUCHAS FORMAS DE MENTIRAS, se destacan algunas muy concretas. En primer lugar, tenemos la así llamada mentira blanca. Es la que se dice para salir de una incomodidad, pero que no tiene el propósito de dañar a nadie, salvo al que la hace. Este tipo de mentira, incluso, se usa para ayudar a alguien. Por eso se la llama mentira inocente. Esta clase de mentira es dañina para el que la hace. Crea el hábito de mentir, y lo que primero es inocente y sin mala intención, con el tiempo se convierte en engaño avieso. Cuando Saúl fue confrontado por Samuel después de venir de la derrota de los amalecitas, le dijo al profeta: «¡Que el Señor te bendiga! He cumplido las instrucciones del Señor» (1 Sam. 15: 13). Samuel, por supuesto, se dio cuenta que no había cumplido exactamente.
Tenemos lo que podríamos llamar la mentira atrevida. Es aquella que se dice con la intención de ocultar o ayudar a resolver un mal peor. Es como la mentira de Caifás durante una junta del Sanedrín: «¡Ustedes no saben nada en absoluto! No entienden que les conviene más que muera un solo hombre por el pueblo, y no que perezca toda la nación» (Juan 11: 49, 50).
Luego tenemos la mentira sucia. Es la que se dice con la intención premeditada de perjudicar a alguien, dañar su reputación o presentarlo bajo una luz desfavorable, que más que luz es tinieblas. Es la que dijo Tértulo, abogado judío escogido para desacreditar a Pablo delante del gobernador Antonio Félix: «Hemos descubierto que este hombre es una plaga que por todas partes anda provocando disturbios entre los judíos. Es cabecilla de la secta de los nazarenos. Incluso trató de profanar el templo; por eso lo prendimos. Usted mismo, al interrogarlo, podrá cerciorarse de la verdad de todas las acusaciones que presentamos contra él» (Hech. 24: 5-8).

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Julio, 28 2010



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  1. madeline Rodriguez

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