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EL MESIAS EN LA LEY

El Mesías en la ley

El Señor tu Dios levantará de entre tus hermanos un profeta como yo (Deuteronomio 18: 15).

DECÍAMOS QUE JESÚS DIJO A SUS DISCÍPULOS que su venida, y especialmente su muerte, se revelaban en la ley de Moisés. La ley debe revelar, entonces, a Cristo. Los escritos de Moisés, de un modo o de otro, debieran haber conducido a las personas a Jesús. Es razonable pensar que los primeros cristianos creían que, como Pablo lo dijo, la ley guiaba a Cristo.
Sin embargo, no es tan fácil hallar pasajes en el Pentateuco que hablen con claridad del Mesías venidero, mucho menos de su muerte. Bueno, hay pasajes que los cristianos entendieron como referencias al Mesías en la ley de Moisés. Está, por ejemplo, la primera promesa de un salvador en Génesis 3: 15. Es obvio que esta declaración era demasiado críptica y oscura para la gente. Está la declaración de Jacob cuando bendijo a Judá en su lecho de muerte: «El cetro no se apartará de Judá, ni de entre sus pies el bastón de mando, hasta que llegue el verdadero rey, quien merece la obediencia de los pueblos» (Gen. 49: 10). Este pasaje establecía el derecho a la realeza de Judá. Luego la declaración de Balaam: «Una estrella saldrá de Jacob; un rey surgirá en Israel. Aplas­tará las sienes de Moab y el cráneo de todos los hijos de Set» (Núm. 24: 17).
Muchos han pensado que este es un pasaje mesiánico. También está la declaración de Moisés cuando anunció el establecimiento del profetismo en Israel (Deut. 18: 15). Este pasaje tal vez era considerado por algunos judíos como una referencia al verdadero profeta que Dios levantaría en el futuro (Juan 1: 21, 25; 6: 14; 7: 40). También es posible que la referencia fuera al profeta Elías, que se creía aparecería antes de la venida del Mesías (Mal. 4: 5, 6).
Estos son todos los pasajes de la ley que podrían tener una directa impli­cación mesiánica, y que Jesús podría haber citado cuando habló con los caminantes de Emaús. Obviamente, requerían cierto grado de interpretación, pero ninguno de ellos se relacionaba directamente con la muerte del Mesías.

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Agosto, 13 2010

LA LEY EN GENERAL

La ley en general

Así que la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo (Gálatas 3: 24).

CUANDO COMÚNMENTE HABLAMOS DE LA LEY que nos guía a Cristo y crea conciencia del pecado, pensamos en los Diez Mandamientos. Es esta ley la que más claramente señala el pecado y conduce a Cristo. Pero cuando los hebreos hablaban de la ley, tenían un concepto más amplio. Consideraban que el término “ley” se refería a toda la instrucción que Dios había dado a su pueblo, y que se encontraba especialmente en los libros de Moisés. Fue en estos libros que Dios dio un sinnúmero de leyes al pueblo, que señalaban cuál era su voluntad en el momento de la historia que estaba viviendo. Este concepto más amplio de ley lo notamos en el Nuevo Testamento. Cuando Jesús dijo: «No piensen que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido a anularlos sino a darles cumplimiento» (Mat. 5: 17), se estaba refiriendo al Pentateuco escrito por Moisés. Asimismo, cuando dijo a sus discípulos: «Cuando todavía estaba yo con ustedes, les decía que tenía que cumplirse todo lo que está escrito acerca de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Luc. 24: 44), se refería a la ley en los mismos términos.
El Cristo resucitado creía que la ley de Moisés, es decir, el Pentateuco, hablaba de él como el Mesías venidero. Se entiende que la ley dirigía la mirada de los lectores hacia Cristo. Sabemos que en los profetas hay muchos pasajes mesiánicos. Pasajes que nos hablan de la venida del Mesías, y su ministerio y triunfo. También sabemos de varios salmos que los judíos consideraban mesiánicos. Jesús citó muchos pasajes de los salmos para hablar de su persona y su misión. De hecho, murió en la cruz con un salmo en sus labios.
Lo que no resulta muy claro es el mesianismo de la ley, es decir, del Pentateuco. Si la ley, dijera Pablo, tiene como finalidad llevarnos a Cristo y es nuestro guía que nos conduce a él, debiéramos hallar, por lo menos, varios pasajes claros que lo indiquen.

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Agosto, 12 2010

LAS FUNCIONES DE LA LEY

Las funciones de la ley

Sabemos que todo lo que dice la ley, lo dice a quienes están sujetos a ella (Romanos 3: 19).

EL PROPÓSITO BÁSICO de la ley es llevamos a Cristo. La ley señala nuestra necesidad y nos indica dónde debemos solucionar nuestra carencia. Por eso Pablo dice que el fin de la ley es Cristo. El término “fin” aquí quiere decir finalidad, no terminación. La función de la ley no termina mientras vivamos en este mundo. Somos pecadores y vivimos en un mundo de pecado. Necesitamos la ayuda de la ley para ver nuestros errores. Por eso, el apóstol dice: «Así que la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducimos a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe» (Gal. 3: 24).
Pero la ley, además de llevarnos a Cristo, es norma de conducta. Es decir, cuando señala lo que es pecado, también nos dice cuál es el ideal de Dios. Al indicarnos qué es lo que Dios quiere, por defecto, señala el pecado. Indica cuál es la voluntad de Dios; y si no la cumplimos, entonces estamos en desarmonía con él, lo cual es pecado. De esta manera, la ley nos lleva a Cristo, diciéndonos que estamos en desarmonía con la voluntad de Dios, que somos pecadores. Por ser pecadores, no tenemos justicia; y sin justicia, estamos bajo la ira de Dios.
Al mostrar el ideal de Dios y señalarnos el pecado, nos indica lo que debemos hacer. Pero la ley no va más allá. No tiene poder para ayudarnos a obedecer. Ese poder es dado por Dios, y viene de otra fuente. Así que la ley tiene dos funciones importantes: Indica el ideal de Dios para la familia humana, lo que la hace norma de conducta, y señala lo que no está en armonía con la voluntad divina, es decir, el pecado.
Meditemos en esto: «Mediante la ley los hombres son convencidos de pecado y deben sentirse como pecadores, expuestos a la ira de Dios, antes de que comprendan su necesidad de un Salvador. Satanás trabaja continuamente para disminuir en el concepto del hombre el atroz carácter del pecado» (Mensajes selectos, t. 1, p. 256).

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Agosto, 11 2010

LA LEY NOS LLEVA A CRISTO

La ley nos lleva a Cristo

Entonces, ¿qué? ¿Vamos a pecar porque no estamos ya bajo la ley sino bajo la gracia? (Mateo 5: 17).

HEMOS ESTUDIADO LOS DIEZ MANDAMIENTOS en el contexto más amplio de la justificación por la fe. El apóstol Pablo nos dice que para recibir la justicia que Dios demanda para llevamos al cielo a vivir con él, se requiere fe; es necesario creer. Todo el que crea recibirá la justicia de Dios.
Pero la creencia a la que Pablo se refiere no es un mero asentimiento intelectual; no es un ejercicio de la mente sin contenido objetivo. Es la fe que tiene como objeto a una persona. Es creer en un individuo, porque es el que nos salva realmente. Por eso debemos creer en Cristo como nuestro salvador personal. Si no vamos a él en busca de salvación, no podremos ser salvos. Nadie más nos puede salvar. Es absolutamente imperioso ir y aferramos a él por fe, es decir, con la seguridad y confianza que nos puede salvar.
Sin embargo, no podemos ir a Cristo siguiendo un impulso humano, porque los seres humanos no sentimos naturalmente deseos de ir a él. La razón es que no sentimos la necesidad. Alguien tiene que despertarnos a la realidad de nuestra condición humana. El Espíritu Santo nos llama y nos despierta de nuestro letargo espiritual. Lo hace señalando el pecado en nuestra vida. Nos dice que estamos transgrediendo la ley de Dios, y que somos pecadores. Nos dice que el pecado lleva a la muerte, y que a menos que recibamos el perdón, vamos a perecer.
Así, la ley nos conduce a Cristo. La ley fue dada con la finalidad de señalar el pecado y hacer que las personas, con la ayuda del Espíritu, reconozcan su pecado. Cuando lo hemos reconocido, entonces se nos señala al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. La finalidad de la ley es llevarnos a Cristo. La ley no nos salva. Obedecerla no nos hace ganar el cielo. Pero nos conduce a quien sí puede salvamos.

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Agosto, 10 2010

EL CANCER DEL ALMA

El cáncer del alma

En otro tiempo yo tenía vida aparte de la ley; pero cuando vino el mandamiento, cobró vida el pecado y yo morí (Romanos 7: 9).

EN LA BIBLIA HAY VARIOS EJEMPLOS de personajes que sucumbieron ante el pecado de la codicia. Transgredieron el décimo mandamiento y cosecharon las consecuencias funestas de albergar un mal deseo y un pensamiento descontrolado.
El apóstol Pablo tenía un gran dilema en su experiencia personal. Notemos sus palabras: «¿Qué concluiremos? ¿Que la ley es pecado? ¡De ninguna manera! Sin embargo, si no fuera por la ley, no me habría dado cuenta de lo que es el pecado. Por ejemplo, nunca habría sabido yo lo que es codiciar si la ley no hubiera dicho: “No codicies”» (Rom. 7: 7). El apóstol tenía problemas con este mandamiento. Aparentemente, no con los otros mandamientos, pero con el que señalaba la codicia sí. Es que los otros mandamientos regían las acciones, pero este controlaba el pensamiento. Como buen fariseo, había creído que el pecado es una acción; que si controlaba sus acciones estaba en paz con Dios. Pero al conocer a Cristo y meditar en este mandamiento, descubrió que la verdadera obediencia no es una conformidad externa con la letra de la ley, sino que tiene que ver con la mente, el corazón y el espíritu. Por eso afirma que los principios de la ley gobiernan la vida entera de una persona, incluyendo sus acciones y sus deseos. Pablo se dio cuenta de que el décimo mandamiento era el que más lo condenaba y el que más hacía que se arrojara a la gracia y a la misericordia de Dios.

En esencia, el décimo mandamiento nos dice que no debemos codiciar, porque la codicia es la raíz de toda mala acción. Nos dice: «Acuérdate que las malas acciones proceden de malos pensamientos». Esta ley, de la que el décimo mandamiento es una pequeña parte, es la representación objetiva de los grandes principios que gobiernan el universo de Dios. Son, a su vez, un reflejo de su carácter, que debemos reflejar como seres que fuimos creados a la imagen de Dios.

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Agosto, 09 2010

JUDAS

Judas

Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón (Mateo 6: 21).

TAL VEZ EL CASO MÁS NOTABLE DE CODICIA en la fe cristiana sea el ejemplo de Judas Iscariote, discípulo de Jesús, quien por causa de la codicia se convirtió en el traidor del Maestro. Al igual que los casos anteriores, también terminó en la ruina. Judas tenía un fuerte apego al dinero, y la razón por la que se unió a Jesús debió haber sido para lograr un puesto importante en el reino que, según creía, Jesús muy pronto iba a establecer.

El Señor se dio cuenta de esta inclinación de Judas, y trató por varios medios de influir sobre él para que venciera la codicia: «¡Cuán tiernamente obró el Salvador con aquel que había de entregarle! En sus enseñanzas, Jesús se espaciaba en los principios de la benevolencia que herían la misma raíz de la avaricia. Presentó a Judas el odioso carácter de la codicia, y más de una vez el discípulo se dio cuenta de que su carácter había sido pintado y su pecado señalado; pero no quería confesar ni abandonar su iniquidad» (El Deseado de todas las gentes, p. 261).

«Cuando María ungió los pies del Salvador, Judas manifestó su disposición codiciosa. Bajo el reproche de Jesús, su espíritu se transformó en hiel. El orgullo herido y el deseo de venganza quebrantaron las barreras, y la codicia durante tanto tiempo alimentada le dominó. Así sucederá a todo aquel que persista en mantener trato con el pecado. Cuando no se resisten y vencen los elementos de la depravación, responden ellos a la tentación de Satanás y el alma es llevada cautiva a su voluntad» (El Deseado de todas las gentes, p. 667). Se puede decir que la soga con la que se colgó Judas fue la soga de la codicia. Es la misma que ocasiona la ruina de muchos de los que pretenden servir al Señor.

El carácter cristiano no puede estar completo cuando hay egoísmo y codicia. Ningún codicioso podrá entrar por las puertas de la ciudad de Dios, porque la codicia es idolatría. Pero la clase de idolatría más perversa es la del yo.

Desde el origen

No he codiciado ni la plata ni el oro ni la ropa de nadie (Hechos 20: 33).

EL PRIMER CASO DE CODICIA EN ESTE MUNDO se remonta al origen de la raza humana. El libro de Génesis nos dice qué le sucedió a nuestra madre Eva: «La mujer vio que el fruto del árbol era bueno para comer, y que tenia buen aspecto y era deseable para adquirir sabiduría, así que tomó de su fruto y comió» (Gen. 3: 6). Dios había dado instrucciones claras a nuestros primeros padres con respecto al fruto del árbol prohibido. Era una prueba de fidelidad que demostraría al universo que ellos estaban dis­puestos a creer y confiar en Dios. Pero el enemigo tentó a Eva con la codicia. Le dijo que si ella y su esposo comían de ese árbol, llegarían a ser como Dios, que lo sabe todo. Era una tentación fuerte, ya que eran estudiantes que aprendían cada día sobre el universo y de la naturaleza. Dios y los ángeles eran los maestros que los instruían. La serpiente sugirió a Eva que tendría acceso a una fuente inagotable de conocimiento, como Dios la tiene. «Esa mentira estaba de tal modo escondida bajo una apariencia de verdad, que Eva, infatuada, halagada y hechizada, no descubrió el engaño. Codició lo que Dios había prohibido; desconfió de su sabiduría. Echó a un lado la fe, la llave del conocimiento» (La educación, p. 21). La ruina de la humanidad tuvo su origen en la codicia.
Así sucedió también, siglos después, cuando la iglesia cristiana estaba en su infancia, con Ananías y Safira. Aceptaron el evangelio y se unieron a la iglesia de Jerusalén. Prometieron dar los recursos que obtendrían de la venta de una propiedad para aliviar la necesidad urgente por la que pasaban muchos miembros de la iglesia. Pero su codicia los destruyó: «Primero albergaron la codicia, luego, avergonzados de que sus hermanos supiesen que su alma egoísta lloraba lo que habían dedicado y prometido solemnemente a Dios, practicaron el engaño. [...] Cuando se los convenció de su mentira, su castigo fue la muerte instantánea» (Joyas de los testimonios, t. 1, pp. 542, 543).

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Agosto, 08 2010

AMBICIONES QUE MATAN

Ambiciones que matan

Con la verdadera religión se obtienen grandes ganancias, pero solo si uno está satisfecho con lo que tiene (1 Timoteo 6: 6).

OTRO EJEMPLO TRISTE DE ALGUIEN codicioso es el caso lamentable de Balaam. Había sido honrado por Dios como su mensajero entre los paganos, pero poco a poco había sucumbido a la influencia de la avaricia. Cuando Balac le ofreció riqueza y honores a cambio de pronunciar encantamientos contra Israel, Balaam vio la oportunidad de enriquecerse. «El soborno de los regalos costosos y de la exaltación en perspectiva excitaron su codicia. Ávidamente aceptó los tesoros ofrecidos, y luego, aunque profesando obedecer estrictamente a la voluntad de Dios, trató de cumplir los deseos de Balac. El pecado de la avaricia que, según la declaración divina, es idolatría, le hacía buscar ventajas temporales, y por ese solo defecto, Satanás llegó a dominarlo por completo. Esto ocasionó su ruina» (Patriarcas y profetas, pp. 468, 469).

La codicia trae la ruina de las personas. Grandes hombres del pasado han caído por la codicia. Siervos de Dios que han sido honrados por el cielo con talentos y aptitudes para hacer mucho bien, se han incapacitado por causa de la codicia.

La Biblia también nos habla del lamentable caso de Acán, en tiempos de la conquista de Jericó. Esta ciudad había sido destinada a la destrucción total. Nada de ella debía tomarse. Esas eran las órdenes expresas y claras de Dios. Pero Acán, víctima de la codicia, violó este mandato y se apoderó de un lingote de oro y un manto babilónico que encontró en algún lugar durante la toma de la ciudad. Ceder a la codicia le ocasionó la ruina. Fue descubierto por el Señor después de haber perjudicado a sus hermanos y deshonrado el nombre de Dios. «Acán había escuchado las advertencias frecuentemente repetidas contra el pecado de la codicia. La ley de Dios, clara y positiva, había prohibido el robo y todo engaño, pero él continuó acariciando el pecado. Como no fue descubierto y reprendido abiertamente, se hizo más osado; las advertencias tuvieron cada vez menos efecto en él, hasta que su alma estuvo sujetada por cadenas de oscuridad» (Conflicto y valor, p. 119).

Que Dios te bendiga,

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Agosto, 06 2010

ULTIMO PERO PRIMERO

Último pero primero

En el desierto cedieron a sus propios deseos; en los páramos pusieron a prueba a Dios (Salmo 106: 14).

EL DÉCIMO MANDAMIENTO va a la raíz del pecado en la vida humana, porque regula los motivos y los pensamientos que llevan al acto pecaminoso. Dios pudo incluirlo en el Decálogo porque él puede leer los pensamientos, y, por lo tanto, puede saber quiénes violan ese mandamiento. Recordemos lo que Dios dijo a Samuel: «No te dejes impresionar por su apariencia ni por su estatura, pues yo lo he rechazado. La gente se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón» (1 Sam. 16: 7).

Este mandamiento enseña que no solo somos responsables delante de Dios por nuestros actos sino también por nuestros motivos y pensamientos. Dios sabe que el deseo pecaminoso lleva a la acción mala y nos previene. Santiago escribió: «Todo lo contrario, cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte» (Sant. 1: 14, 15).

Pero, ¿qué produce un deseo enfermizo por las propiedades de los otros? Obviamente, la codicia se nutre de la insatisfacción personal, del no estar contento con lo que se tiene. Como cristianos debemos aprender a estar satisfechos y contentos con lo que Dios nos ha dado. San Pablo decía: «No digo esto porque esté necesitado, pues he aprendido a estar satisfecho en cualquier situación en que me encuentre. Sé lo que es vivir en la pobreza, y lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a vivir en todas y cada una de las circunstancias, tanto a quedar saciado como a pasar hambre, a tener de sobra como a sufrir escasez. Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil. 4: 11-13). Aquí está el secreto para evitar la codicia: Aprender a vivir contentos con lo que tenemos.

Cuando nos concentramos en lo que otros tienen que nosotros no, podemos caer presas del deseo y la codicia.

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Agosto, 04 2010

EL DECIMO MANDAMIENTO

El décimo mandamiento

No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca (Éxo. 20: 17)

ESTE ES EL MANDAMIENTO MÁS AMPLIO y profundo del Decálogo. No describe el pecado en términos de acciones, sino que se refiere a él como el deseo desmedido. Nos dice que el pecado puede referirse al pensamiento y no solo a los actos.

¿Qué significa “codiciar”? Desear con ansia; la codicia es el deseo exagerado por algo o alguien. El mandamiento se enfoca en la prohibición del deseo exagerado de las propiedades de otro. Prohíbe el deseo desordenado que se concentra en lo que pertenece a otro. Por lo tanto, este mandamiento no alude a un acto, sino a un pecado mental. Es, entonces, un mandamiento que va a la raíz del problema del pecado en la vida humana, pues prohíbe el deseo egoísta, que engendra el acto pecaminoso.

En este sentido, el décimo mandamiento se refiere a todos los mandamientos del Decálogo, pues cada uno de ellos puede ser violado en la mente antes de que se realice el pecado. En cierta forma, cuando codiciamos estamos atentando contra cada uno de esos mandamientos.

Este mandamiento del Decálogo representa un avance notable sobre los otros códigos de leyes antiguas que conocemos. Esos códigos se referían a las acciones de las personas, y algunos de ellos regulaban el uso de palabras, pero ninguno pretendió regular los pensamientos de las personas. Esto, obviamente, se debía al hecho de que eran códigos de leyes penales, que legislaba sobre la acción mala e indicaba el castigo correspondiente. La violación de este mandamiento no se podía probar en una corte, de allí que no existiera en ningún código humano. Pero el caso de la ley de Dios es distinto. Dios sí puede leer el pensamiento y los motivos, razón por la cual lo incluyó en su ley. Por lo tanto, este mandamiento condena los motivos que rigen la conducta humana, y de este modo se convierte en el mandamiento más espiritual de todos.

.Que Dios te bendiga,

Agosto, 03 2010

Mentira de patas cortas

Los labios sinceros permanecen para siempre, pero la lengua mentirosa dura solo un instante (Proverbios 12: 19).

EL CRISTIANO DEBE SER MOTIVADO por una pasión por la verdad. Es un representante del Dios de verdad, y no debe dar falso testimonio en ningún sentido. Debe amar la verdad, porque es la que da libertad (Juan 8: 32). Debe llegar al conocimiento de la verdad (1 Tim. 2: 4) y ser obediente a ella (1 Ped. 1: 22). Debe ser santificado por la verdad (Juan 17: 19), y tener el Espíritu que lo guía a toda verdad (Juan 16: 13). Debe dar testimonio de la verdad (Juan 18: 37) y este será presentado con amor (Efe. 4: 15). El amor será el amor de la verdad (2 Tes. 2: 10). Se nos dice: «Dios no solo desea una conformidad exterior con la verdad; desea que haya verdad “en lo íntimo”, en el corazón (Sal. 51: 6; 15: 2)» (Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 751; comentario de Lev. 6: 4).

Probablemente el espíritu de este mandamiento es uno de los más violados en el mundo actual. Se requiere gran cuidado para mantenerse del lado de la verdad. Resulta fácil decir lo que no es cierto.

Reflexionemos en esta declaración: «Ni siquiera la existencia debiera comprarse al precio de la mentira. Por una palabra o una inclinación de la cabeza los mártires podrían haber negado la verdad y salvado la vida. Consintiendo en arrojar un solo grano de incienso sobre el altar del ídolo, podrían haberse salvado del potro, el cadalso y la cruz. Pero se negaron a ser falsos en palabra o en acción, aunque la vida fuese el don que ello les hubiese granjeado. Daban la bienvenida a la prisión, la tortura y la muerte, con la conciencia limpia, más bien que a la liberación a condición de engañar, mentir y apostatar. Por la fidelidad y la fe en Cristo, obtuvieron mantos sin mancha, coronas enjoyadas. Sus vidas fueron ennoblecidas y elevadas a la vista de Dios, porque permanecieron firmes por la verdad en las circunstancias más graves» (Joyas de los testimonios, t. 2, p. 71).

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Agosto, 02 2010

NO PODEMOS ENGANAR A DIOS

No podemos engeñar a Dios

Dichoso aquel a quien el Señor no toma en cuenta su maldad y en cuyo espíritu no hay engaño (Salmo 32: 2).

EL MÉTODO FAVORITO de Satanás para mentir es representar mal a Dios y su gobierno y tiene como blanco atacar el carácter de Dios. Sus mentiras favoritas son teológicas, porque a través de ellas obtiene los fines y propósitos que busca y hace que los seres humanos se extravíen y adquieran una imagen distorsionada del carácter de Dios, que los lleve a perder esa relación con Dios que es vital para su salvación.
Pero Satanás usa a los seres humanos como sus agentes para desfigurar el carácter de Dios y difundir sus mentiras. Cuando representamos mal su carácter ante otros, hablamos mentiras de Dios, que es la verdad: «Los cristianos que llenan su alma de amargura y tristeza, murmuraciones y quejas, están representando ante otros falsamente a Dios y la vida cristiana. Hacen creer que Dios no se complace en que sus hijos sean felices, y en esto dan falso testimonio contra nuestro Padre celestial» (El camino a Cristo, p. 117). Dios es jus­to y honesto, pero cuando nosotros que nos llamamos cristianos no lo somos, hablamos mal de él: «Los que profesan seguir a Cristo y comercian de un mo­do injusto dan un testimonio falso contra el carácter de un Dios santo, justo y misericordioso» (El Deseado de todas las gentes, p. 509).
El Señor no quiere que sus hijos sigan actitudes engañosas. En la tierra nueva no entrarán personas mentirosas: «Nunca entrará en ella nada impuro, ni los idólatras ni los farsantes, sino solo aquellos que tienen su nombre escrito en el libro de la vida, el libro del Cordero» (Apoc. 21: 27). Uno de los rasgos notables en la presentación de los 144,000 es que «no se encontró mentira alguna en su boca, pues son intachables» (Apoc. 14: 5). Esto es especialmente cierto de los engaños teológicos de los últimos días, de los cuales ellos estarán exentos.
Meditemos en esto: «Se pueden pasar por alto y ocultar a los ojos de los hombres el engaño, la mentira y la infidelidad, pero no a los ojos de Dios» (Joyas de los testimonios, t. 1, p. 510).

Decir la verdad, pero no siempre

Les di leche porque no podían asimilar alimento sólido, ni pueden todavía (1 Corintios 3: 2).

ESTE ASUNTO DE OCULTAR LA VERDAD con fines de engaño, que es violación del noveno mandamiento, está relacionado con el hecho de no decir toda la verdad. ¿Se considera violación del mandamiento no decir toda la verdad en toda circunstancia? Evidentemente no. La obligación moral de decir la verdad no necesariamente implica que se debe decir toda la verdad en todo momento. Nuestro Señor dijo en una ocasión: «Muchas cosas me quedan aún por decirles, que por ahora no podrían soportar» (Juan 16: 12). En la situación en la que sus discípulos se encontraban, no era prudente que Jesús les dijera toda la verdad. Por amor a ellos retuvo cierta información que no les haría bien en ese momento. Posteriormente, el Espíritu les revelaría toda la verdad. Es interesante que Jesús nunca se refiriera a sí mismo, en público, como el Mesías o el Hijo de David, que era otra manera de decir lo mismo. Tampoco se presentó como rey de Israel, aunque era ambas cosas. Pero puesto que esos términos se hallaban tan saturados de nacionalismo y política, los eludió en forma consciente y premeditada. Era una gran verdad, pero sus coterráneos la habrían entendido mal. Solo a pocas personas se las dijo en privado. No siempre se puede decir toda la verdad sin causar dolor y rechazo. Pero no debe confundirse con la negación de la verdad.

A los médicos y enfermeros se les dio una vez este consejo: «Tampoco se les puede decir siempre toda la verdad a aquellos cuyas dolencias son en buena parte imaginarias. […] Si a estos pacientes se les dijera la verdad respecto de sí mismos, algunos se darían por ofendidos y otros se desalentarían. Cristo dijo a sus discípulos: “Aún tengo muchas cosas que deciros, mas ahora no las podéis llevar” (Juan 16: 12). Pero si bien la verdad no puede decirse en toda ocasión, nunca es necesario ni lícito engañar. Nunca debe el médico o el enfermero rebajarse al punto de mentir» (El ministerio de curación, p. 189).

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Agosto, 01 2010

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