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JUSTIFICADOS POR SU SANGRE

Justificados por su sangre

Pero ahora en Cristo Jesús, a ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha acercado mediante la sangre de Cristo (Efesios 2: 13).

TENER FE EN CRISTO es tener fe en su sangre, es decir, tener fe en que entregó su vida, que murió como sacrificio por el pecado. Para el apóstol Pablo era muy importante este concepto de tener fe en la sangre de Cristo. Veamos este pasaje: «Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros. Y ahora que hemos sido justificados por su sangre, ¡con cuánta más razón, por medio de él, seremos salvados del castigo de Dios!» (Rom. 5: 8, 9). Notemos: Cristo murió por nosotros, hemos sido justificados por su sangre. Esta justificación nos salva del castigo de Dios, porque Cristo murió en nuestro lugar. La fe que salva es la fe que se enfoca en la persona de Cristo, particularmente, en su muerte, porque su muerte fue una muerte expiatoria, no una muerte cualquiera.
Esta es la razón por la que la sangre de Cristo se conecta con la redención: «En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gracia» (Efe. l:7). Esta redención no es otra cosa que la redención del pecado, que solo es posible mediante el perdón de Dios. Al justificarnos, Dios nos perdona, y al perdonarnos, nos redime. Así que la justificación es, en esencia, la redención del ser humano.
Otra idea importante que se vincula con la sangre de Cristo es la reconciliación: «Y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz» (Col. 1: 20). La muerte de Cristo logró hacer la reconciliación de Dios con el hombre y del hombre con Dios. Por su muerte Dios está en paz con nosotros, porque nos ha justificado: «Ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Rom. 5: 1). La reconciliación es un corolario de la justificación que recibimos por la fe en su sangre.
Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Febrero, 19 2010

FE EN UNA PERSONA

Fe en una persona

No quiero mi propia justicia que procede de la ley, sino la que se obtiene mediante la fe en Cristo, la justicia que procede de Dios, basada en la fe (Filipenses 3: 9).

EL APÓSTOL Pablo va clarificando cada vez más lo que quiere decir con sus declaraciones contundentes de que la justificación se obtiene por fe. Ahora leeremos algunos pasajes que explican claramente lo que significa tener una fe que justifica. Notemos: «Esta justicia de Dios llega, mediante la fe en Jesucristo, a todos los que creen» (Rom. 3: 22). Finalmente llegamos a lo que Pablo quiere decir. Él no está hablando de fe en general. Él habla de una fe que se dirige a una persona, Jesucristo. No se trata de tener fe en algo, sino en alguien. No es fe en un conjunto de doctrinas, sino fe en una persona. No es fe en una iglesia, sino en un individuo.
Pero, ¿qué significa creer en una persona? ¿Qué implica creer en la persona de Cristo? Veamos un pasaje más: «Dios lo ofreció como un sacrificio de expiación que se recibe por la fe en su sangre, para así demostrar su justicia» (Rom. 3: 25). Creer en Cristo significa creer en su sangre. Sangre es sinónimo de vida: perderla, es perder la vida. Entonces, no es solo creer en una persona, sino creer en lo que esa persona hizo, es decir, que derramó su sangre, entregó su vida como un sacrificio. Este sacrificio fue una expiación o propiciación. Debe entenderse, expiación por el pecado, por mis pecados. Debo tener fe que el sacrificio de Cristo fue por mis pecados. Si no tengo fe en eso, no hay justificación.
En nuestro texto de hoy se revela que hay una justicia que se puede obtener, y que está basada en lo que hacemos, es decir, en el mérito propio. Es la justicia propia, que no sirve para justificarse ante Dios. La justicia verdadera es la que se obtiene mediante la fe en Cristo. El mérito es de Cristo, no de nosotros. No podemos hacer nada meritorio delante de Dios. Lo único que podemos hacer para alcanzar la justificación divina es creer en lo que Cristo hizo en nuestro favor. Esa es la justicia basada en la fe.

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Febrero, 18 2010

SOLO POR FE

Solo por fe

En él, mediante la fe, disfrutamos de libertad y confianza para acercarnos a Dios (Efesios 3: 12).

UNA VEZ ANALIZADOS los fundamentos sobre los que descansa el evangelio, está listo para analizar los componentes básicos del mensaje de la justificación por la fe, que, como se ha dicho muchas veces, es la esencia del evangelio. El primer componente que se destaca en este mensaje es que la justificación es por la fe. Hicimos referencia a esto anteriormente. Ahora lo vamos a considerar con más detenimiento.
Parece de Perogrullo que sea la fe la condición esencial de la justificación. Pero, por lo que implica, merece nuestra consideración. La justificación que necesitamos, que no tenemos, que no podemos conseguir por nuestro esfuerzo y que solo puede venir de Dios, la podemos obtener de él solo por la fe.
Pero obligadamente tenemos que preguntarnos: ¿Qué es fe? ¿Qué significa tener fe? ¿Cómo podemos tenerla? Primero analicemos qué es la fe. La consulta de un diccionario nos diría que fe es, entre otras cosas, confianza, seguridad. El término implica dependencia. Así que diríamos que la justificación la obtenemos por confianza, por dependencia. Que la justificación sea por la fe está claramente enseñado en la Biblia, especialmente en los escritos del apóstol Pablo. Pero en estos hallamos tres variantes interesantes, que nos ayudarán a comprender qué significa la fe.
En primer lugar, tenemos una serie de declaraciones que no tienen especificación alguna. Por ejemplo: «A la verdad, no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen» (Rom. 1: 16). No se dice cuál es el contenido de su creencia. Más adelante se nos dice: «De hecho, en el evangelio se revela la justicia que proviene de Dios, la cual es por fe de principio a fin, tal como está escrito: El justo vivirá por la fe» (vers. 17). Una más: «Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe» (Rom. 3: 28). No se dan indicaciones concretas de cuál es el significado de la fe. Sin embargo, aunque no lo aclaren, son declaraciones valiosas, como leerá más adelante.

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Febrero, 16 2010

UN POCO MAS CLARO

Un poco más claro

De hecho, Cristo es el fin de la ley, para que todo el que cree reciba la justicia (Romanos 10:4)

EN LOS ESCRITOS DE PABLO hay varias declaraciones con respecto a que la justificación se obtiene por la fe, pero esta fe no está definida con claridad. Alguien podría concluir que el apóstol habla de la fe en general, sin ningún contenido explicito. En los pasajes que consideraremos hoy veremos que lo que Pablo quiere decir se revela con un poco mas de claridad.

Las siguientes declaraciones que hace Pablo sobre la justificación son más precisas acerca del contenido de la fe. Por ejemplo: “Sin embargo, al que no trabaja, sino que cree en el que justifica al malvado, se le toma en cuenta la fe como justicia”. (Rom. 4:5). Aquí la fe que justifica es una fe que se dirige al que justifica. El contenido de la fe empieza a aclararse aunque todavía no está completamente explicada. El siguiente pasaje es un poco más revelador. “En consecuencia, ya que hemos sido justificados mediante la fe, tenemos paz con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo” (Rom. 5:1). Se puede concluir en este pasaje que la fe de la que se habla tiene que ver con nuestro Señor Jesucristo, porque es por el que tenemos paz con Dios.

Otro pasaje nos dice: “Ustedes no pudieron ser justificados de esos pecados por la ley de Moisés, pero todo el que cree es justificado por medio de Jesús” (Hech. 13:39). La justificación viene de Jesús y se da al que cree. Falta solo un paso para que el contenido de la fe sea completo. Uno más: “Así que la ley vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe” (Gal. 3:24). El sentido parece indicar que para ser justificados tenemos que tener fe en Cristo. Aunque todavía no se aclara plenamente. El mismo pensamiento lo hallamos en nuestro pasaje clave anotado arriba (Rom. 10:4). El apóstol nos ha empezado a revelar lo que quiere decir cuando habla de que la justicia viene por la fe.

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Febrero, 17 2010

SOLO POR FE

Solo por fe

En él, mediante la fe, disfrutamos de libertad y confianza para acercarnos a Dios (Efesios 3: 12).

UNA VEZ ANALIZADOS los fundamentos sobre los que descansa el evangelio, está listo para analizar los componentes básicos del mensaje de la justificación por la fe, que, como se ha dicho muchas veces, es la esencia del evangelio. El primer componente que se destaca en este mensaje es que la justificación es por la fe. Hicimos referencia a esto anteriormente. Ahora lo vamos a considerar con más detenimiento.
Parece de Perogrullo que sea la fe la condición esencial de la justificación. Pero, por lo que implica, merece nuestra consideración. La justificación que necesitamos, que no tenemos, que no podemos conseguir por nuestro esfuerzo y que solo puede venir de Dios, la podemos obtener de él solo por la fe.
Pero obligadamente tenemos que preguntarnos: ¿Qué es fe? ¿Qué significa tener fe? ¿Cómo podemos tenerla? Primero analicemos qué es la fe. La consulta de un diccionario nos diría que fe es, entre otras cosas, confianza, seguridad. El término implica dependencia. Así que diríamos que la justificación la obtenemos por confianza, por dependencia. Que la justificación sea por la fe está claramente enseñado en la Biblia, especialmente en los escritos del apóstol Pablo. Pero en estos hallamos tres variantes interesantes, que nos ayudarán a comprender qué significa la fe.
En primer lugar, tenemos una serie de declaraciones que no tienen especificación alguna. Por ejemplo: «A la verdad, no me avergüenzo del evangelio, pues es poder de Dios para la salvación de todos los que creen» (Rom. 1: 16). No se dice cuál es el contenido de su creencia. Más adelante se nos dice: «De hecho, en el evangelio se revela la justicia que proviene de Dios, la cual es por fe de principio a fin, tal como está escrito: El justo vivirá por la fe» (vers. 17). Una más: «Porque sostenemos que todos somos justificados por la fe» (Rom. 3: 28). No se dan indicaciones concretas de cuál es el significado de la fe. Sin embargo, aunque no lo aclaren, son declaraciones valiosas, como leerá más adelante.

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Febrero, 16 2010

NUESTRA UNICA ESPERANZA

Nuestra única esperanza

El Señor es nuestra justicia (Jeremías 33: 16).

LA IMPOSIBILIDAD HUMANA de llegar a ser justos por nuestros propios esfuerzos es el segundo fundamento del evangelio. Si pudiéramos ser justos y santos por nuestra voluntad o esfuerzo personal, no necesitaríamos el evangelio. Esto implica que Cristo no hubiera tenido que venir a morir por nosotros, y el plan de salvación del hombre no se habría elaborado bajo esas premisas. Cada quien tendría que salvarse por sí mismo. El mérito sería personal.
Pero, humanamente hablando, no hay remedio para nuestro mal espiritual. El profeta preguntaba: « ¿No queda bálsamo en Galaad? ¿No queda allí médico alguno? ¿Por qué no se ha restaurado la salud de mi pueblo?» (Jer. 8: 22). Ya vimos que el apóstol Pablo exclamaba: « ¿Quién me librará de este cuerpo mortal?» (Rom. 7: 24). Desde el punto de vista humano, el apóstol no hallaba ninguna solución. Dejados a nuestras fuerzas, no podemos alcanzar la elevada norma que se requiere para estar en la presencia de Dios.
Es por eso que el evangelio solo tiene sentido para los que reconocen esa imposibilidad. Al darnos cuenta que se requiere justicia y santidad para estar en la presencia de Dios, que no tenemos esa justicia y que desde el punto de vista humano no podemos alcanzarla, entonces el mensaje del evangelio tiene una gran trascendencia en nuestra experiencia personal.
Si no creemos que se requiere justicia y santidad para estar delante de Dios, el evangelio pierde su importancia; si reconocemos esto pero creemos que somos justos, no necesitamos el evangelio; si aceptamos esto otro pero concluimos que podemos ser justos por nuestro esfuerzo personal, tampoco necesitamos el evangelio. Es por eso que una comprensión cabal del evangelio envuelve el entendimiento de estas tres premisas fundamentales. Esto nos prepara para el último fundamento del evangelio: Esa justicia que se requiere, que no tenemos y que no podemos conseguir con nuestro esfuerzo, solo se puede obtener de una fuente externa. Esa fuente externa es Dios, es el único que nos la puede dar, porque él es realmente justo. Por eso el profeta decía que en el día final se dirá: «El Señor es nuestra justicia» (Jer. 33: 16).

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Febrero, 15 2010

UNA IMPOSIBILIDAD

Una imposibilidad

Si tú, Señor, tomarás en cuenta los pecados, ¿quién, Señor, sería declarado inocente? (Salmo 130: 3).

EL TERCER FUNDAMENTO DEL EVANGELIO es que el hombre no puede alcanzar la justicia por sí mismo. Muchas veces podemos modificar nuestra conducta, pero cambiar nuestra naturaleza está más allá de nuestras posibilidades. Algunos centran su esperanza en la ingeniería genética, que, según dicen, algún día podría modificar de tal modo el genoma humano que se podrán crear seres humanos perfectos. Mientras llega ese día (algunos creen que ya ha llegado), el evangelio ofrece la única esperanza.
Alcanzar la norma de justicia y santidad que se requiere para estar en la presencia de Dios, es imposible para el ser humano con una naturaleza corrompida por el mal. De acuerdo a la Palabra de Dios, hombres sensibles del pasado se dieron cuenta de eso: Job declaró: «Aunque sé muy bien que esto es cierto, ¿cómo puede un mortal justificarse ante Dios?» (Job 9: 1, 2). « ¿Qué es el hombre para creerse puro, y el nacido de mujer para alegar inocencia? Si Dios no confía ni en sus santos siervos, y ni siquiera considera puros a los cielos, ¡cuánto menos confiará en el hombre, que es vil y corrupto y tiene sed del mal!» (Job 15: 14-16). « ¿Cómo puede el hombre declararse inocente ante Dios? ¿Cómo puede alegar pureza quien ha nacido de mujer? Si a sus ojos no tiene brillo la luna, ni son puras las estrellas, mucho menos el hombre, simple gusano; ¡mucho menos el hombre, miserable lombriz!» (Job 25: 4-6). El profeta Isaías exclamó cuando tuvo una revelación de Dios: « ¡Ay de mí, que estoy perdido! Soy un hombre de labios impuros y vivo en medio de un pueblo de labios blasfemos, ¡y no obstante mis ojos han visto al Rey, al Señor Todopoderoso!» (Isa. 6: 5).
Por tener una naturaleza contaminada por el mal, no podemos ser justos, aunque hagamos cosas justas. El profeta Jeremías decía: «¿Puede el etíope cambiar de piel, o el leopardo quitarse sus manchas? ¡Pues tampoco ustedes pueden hacer el bien, acostumbrados como están a hacer el mal!» (Jer. 13: 23). «Aunque te laves con lejía, y te frotes con mucho jabón, ante mí seguirá presente la mancha de tu iniquidad —afirma el Señor omnipotente—» (Jer. 2: 22).

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Febrero, 14 2010

NATURALEZA CORRUPTA

Naturaleza corrupta

Me doy cuenta de que en los miembros de mi cuerpo hay otra ley,

que es la ley del pecado. Esta ley lucha contra la ley de mi mente,

y me tiene cautivo (Romanos 7: 23).

ACAUSA DE QUE COMO SERES HUMANOS estamos saturados del mal en nuestra naturaleza, aunque podemos con nuestra fuerza de voluntad hacer cosas buenas, no podemos ser buenos. El ser buenos implica cambiar nuestra naturaleza, y eso no lo podemos hacer con nuestras propias fuerzas.

Cuando fueron creados nuestros primeros padres, no tenían inclinaciones hacia el mal. Su naturaleza era semejante a la de su Hacedor. Como resultado de la desobediencia, introdujeron un principio que llegó a ser parte de la naturaleza humana; este principio es el pecado, que es rebelión contra Dios.

El pecado se revela en la vida humana por lo menos de dos maneras. Primero, el hombre llega a practicar tanto el pecado que no lo puede vencer; es un amo duro que demanda obediencia. Quisiera liberarse de él, pero no puede.

Trata con todas sus fuerzas, pero cae vencido. Su voluntad ha sido quebrantada por el mal. A esto se refería el apóstol Pablo cuando dijo: «No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco […]. Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa, nada bueno habita. Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace sino el pecado que habita en mí» (Rom. 7: 15-20).

La otra forma como el pecado actúa en el ser humano, es corrompiendo su naturaleza, de tal manera que la persona puede hacer lo que Dios pide, pero no lo hace a gusto. Intenta cumplir con lo que Dios requiere en su ley, pero le gustaría hacer algo distinto. En este caso existe la fuerza de voluntad para hacer las cosas, pero la naturaleza corrupta no está a gusto. En el fondo preferiría hacer algo diferente. La naturaleza humana no está en armonía con Dios y no le gusta lo que le agrada a él. No mata, no miente, no roba, no adultera, pero le gustaría hacerlo. Eso revela la corrupción de la naturaleza humana por el mal. No hacemos lo malo, pero no somos buenos.

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Febrero, 13 2010

EL IDEAL DE DIOS PARA EL HOMBRE

El ideal de Dios para el hombre

Dichosos los de corazón limpio, porque ellos verán a Dios

(Mateo 5: 8).

EL SER HUMANO ES MALO, por lo tanto, necesita justicia. El hombre está manchado por el mal, luego necesita limpieza del pecado. La raza humana es impura por causa del pecado, necesita santidad. Sin estas características nunca podremos estar en la presencia de Dios. Por eso el Señor lo dijo claramente: «Dichosos los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados» (Mat. 5: 6). «Busquen la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor» (Heb. 12: 14). El ideal que Dios tiene para sus hijos lo constituye él mismo: «El blanco a alcanzarse es la piedad, la semejanza a Dios [...]. Tiene que alcanzar un objeto, lograr una norma que incluye todo lo bueno, puro y noble» (La educación, p. 16).

Para ser salvos necesitamos una justicia que no tenemos, porque somos seres naturalmente manchados por el mal. Surge en nuestra mente una pregunta crucial: ¿Cómo podemos conseguir esta justicia? ¿Podremos obtenerla mediante nuestra fuerza de voluntad y nuestros esfuerzos personales? Estamos acostumbrados a pensar que muchas cosas las podemos conseguir con la fuerza de voluntad. Conocemos el dicho popular: «El que quiere, puede». O, dicho de otra manera: «Querer es poder». ¿Funciona esto en el mundo espiritual? ¿Podremos ser buenos si nos lo proponemos? Es en esta coyuntura que se nos confunden las ideas. Pensamos que hacer el bien es lo mismo que ser buenos. Que si logramos hacer cosas buenas, entonces seremos buenos. Sabemos que el buen ciudadano es aquel que se comporta civilmente bien. Si pagas tus impuestos y no le haces mal a nadie, eres bueno. Si vas a la iglesia y cumples con sus normas y reglamentos, eres bueno. Pensamos que la bondad se mide con acciones. Solo basta un momento de reflexión para darnos cuenta que hacer el bien no es lo mismo que ser buenos. Hay tantas personas que hacen cosas buenas, pero que están muy lejos de ser buenas. Podemos hacer el bien y tener motivos malos. El hacer no siempre corresponde al ser. El único que es bueno es Dios (Mat. 19: 17), porque en él, el ser y el hacer se corresponden absolutamente. ¿Podremos, nosotros seres humanos manchados por el mal, hacer lo bueno y ser buenos al mismo tiempo?

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Febrero, 12 2010

SE REQUIERE JUSTICIA

Se requiere justicia

¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en su lugar santo? Solo el de manos limpias y corazón puro, el que no adora ídolos vanos ni jura por dioses falsos (Salmo 24: 3, 4).

AMANERA DE REPASO LE DIRÉ que el primer fundamento sobre el que se basa el evangelio es lo que la Biblia dice y la experiencia humana confirma: somos inherentemente malos. Para enfatizar esto, la Biblia no solo nos dice lo que somos, sino que compara al hombre caído con seres irracionales. Este cuadro de corrupción moral es algo que a los seres humanos se nos dificulta aceptar, porque el pecado oscurece nuestra comprensión propia. Negar nuestra condición neutraliza el poder del evangelio en la vida humana, ya que el evangelio son las buenas nuevas de salvación del mal; y si no somos malos, entonces no hay buenas nuevas y no hay salvación.

El segundo fundamento sobre el que se basa el evangelio es que el ser humano necesita justicia. Este es un corolario del primero. Si somos pecadores, entonces no somos justos; si no somos justos, necesitamos justicia. Esto, a su vez, nos lleva a hacernos la pregunta: ¿Por qué necesitamos justicia? Para responder esta pregunta necesitamos pensar un poco.

La salvación que Dios nos ofrece en su evangelio es el regreso a nuestra condición original. Cuando Adán y Eva fueron creados, Dios los hizo perfectos y rectos. La Biblia dice que fueron creados a imagen de Dios (Gén. 1: 26). El Señor es recto y perfecto. Cuando creó el universo, lo hizo todo en armonía con lo que él es. Por eso nuestros primeros padres fueron hechos así. El universo era armónico porque todo era como Dios es. Cuando el pecado entró, se introdujo la desarmonía, que es rebelión contra Dios. Es el propósito del Creador terminar con esta desarmonía y traer todas las cosas a la norma que él mismo es. En esencia, la salvación significa conducir al ser humano a la armonía con su Creador. Implica que el ser humano, una vez salvado, debe ser como el Creador, es decir, ser recreado a la imagen de su Hacedor. Puesto que Dios es justo, la Biblia dice que para estar en su presencia debemos ser justos. Por eso es que necesitamos justicia.

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Febrero, 11 2010

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