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LA DIPLOMACIA

La diplomacia

Mediante la sangre de Jesús, tenemos plena libertad para entrar en el lugar santísimo, por el camino nuevo y vivo que él nos ha abierto (Hebreos 10: 19, 20).

AMPLIA ES LA VARIEDAD DE FORMAS para mentir y alejarse de la estricta verdad. Otra forma de hacerlo es a través de la mentira diplomática. Es la que se dice para salir de una situación embarazosa, pero que puede ser perjudicial para los oyentes. Es la que se incurre al ocultar la verdad. Es la forma preferida de los políticos y de los que ocupan puestos públicos. Las decían frecuentemente los profetas antiguos, para quedar bien con la política de sus reyes a quienes servían como consultores. Así, lo hizo Jananías en tiempos de Jeremías: «Así dice el Señor Todopoderoso, el Dios de Israel: “Voy a quebrar el yugo del rey de Babilonia. Dentro de dos años devolveré a este lugar todos los utensilios que Nabucodonosor, rey de Babilonia, se llevó de la casa del Señor a Babilonia. ['..'.] ¡Voy a quebrar el yugo del rey de Babilonia! Yo, el Señor, lo afirmo”» (Jer. 28: 2-4). Todo era falsedad y elaborado para quedar bien con el rey y los dirigentes de Jerusalén.
Finalmente, tenemos la mentira teológica. Caemos en ella cuando creemos algo que está en contra de Dios, su naturaleza, su gobierno o su Palabra. Dios es el «Dios de la verdad» (Isa. 65: 16; Sal. 31: 5; Deut. 32: 4). Él no puede mentir, porque es algo que está en contra de su naturaleza (Tito 1:2). Por eso todo lo que se relaciona con él es verdad. El Hijo es verdad (Juan 14: 6). El Espíritu es verdad (1 Juan 5: 6). Su Palabra es verdad (Juan 17: 17). Su ley es verdad (Sal. 119: 142). Todas las obras de Dios son verdad y rectitud (Dan. 4: 37). Sus planes son de verdad (Isa. 25: 1). Sus juicios son verdad (Rom. 2: 2). Su iglesia es columna y baluarte de la verdad (1 Tim. 3: 15). Cristo vino a dar testimonio de la verdad (Juan 18: 37). Sus seguidores han de llegar al conocimiento de esa verdad (1 Tim. 2: 4). Los que no creen la verdad, sin embargo, serán condenados (2 Tes. 2: 12).

La mentira teológica

Porque surgirán falsos Cristos y falsos profetas que harán grandes señales y milagros para engañar, de ser posible, aun a los elegidos (Mateo 24: 24).

LA MENTIRA TEOLÓGICA SE REVELA EN EL HECHO de despreciar la verdad. Es el rechazo de la verdad divina cuando ésta ilumina la mente. Se incurre en una mentira teológica cuando se rechaza la verdad. Pero no solo cuando se la rechaza, sino cuando se descuida la oportunidad de conocer la verdad a la que Dios nos guía. Observemos: «Dios no condenará a nadie en el juicio porque honradamente haya creído una mentira [...] sino que será porque descuidó las oportunidades de familiarizarse con la verdad» (Testimonios para los ministros, p. 444).
Satanás es el padre de toda mentira: «Desde el principio este ha sido un asesino, y no se mantiene en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando miente, expresa su propia naturaleza, porque es un mentiroso. ¡Es el padre de la mentira!» (Juan 8: 44). Pero su mentira preferida es la que se dirige contra Dios y su gobierno. Elaboró la primera gran mentira teológica en el Edén: «Pero la serpiente le dijo a la mujer: “¡No es cierto, no van a morir!”» (Gen. 3: 4). En los últimos días orquestará una mentira fabulosa contra el Creador, que será de proporciones colosales: «El malvado vendrá, por obra de Satanás, con toda clase de milagros, señales y prodigios falsos. Con toda perversidad engañará a los que se pierden por haberse negado a amar la verdad y así ser salvos. Por eso Dios permite que, por el poder del engaño, crean en la mentira. Así serán condenados todos los que no creyeron en la verdad sino que se deleitaron en el mal» (2 Tes. 2: 9-12). El Apocalipsis se refiere a este gran engaño teológico: «También hacía grandes señales milagrosas, incluso la de hacer caer fuego del cielo a la tierra, a la vista de todos. Con estas señales que se le permitió hacer en presencia de la primera bestia, engañó a los habitantes de la tierra. Les ordenó que hicieran una imagen en honor de la bestia que, después de ser herida a espada, revivió» (Apoc. 13: 13, 14).

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Julio, 30 2010

VERDAD MENTIROSA

Verdad mentirosa.

Tal vez sea agradable ganarse el pan con engaños, pero uno acaba con la boca llena de arena (Proverbios 20: 17).

PARA REALIZAR UN ENGAÑO NI SIQUIERA tenemos que decir una mentira. Basta solo que se evite decir la verdad con la intención de dañar a alguien. Notemos: «Hasta la supresión intencional de la verdad, hecha con el fin de perjudicar a otros, es una violación del noveno mandamiento» (Patriarcas y profetas, p. 318). Es importante que reconozcamos nuestra obligación de decir la verdad cuando se trata de representar a otros: «El noveno mandamiento requiere de nosotros una consideración inviolable por la verdad exacta de cada declaración que pueda afectar el carácter de nuestros semejantes» (Hijos e hijas de Dios, p. 66).
Violamos este mandamiento cuando hablamos mal de otros, cuando manchamos su reputación, cuando sus motivos son tergiversados y sus nombres ensuciados. «Este mandamiento también puede ser quebrantado por los que se quedan en silencio cuando oyen que un inocente es calumniado injustamente. Puede ser quebrantado por un encogimiento de hombros o un arquear de las cejas. Cualquiera que desfigura, de cualquier manera, la verdad exacta para obtener una ventaja personal o por cualquier otro propósito, es culpable de dar “falso testimonio”» (Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 619). Se puede incurrir en una mentira por una palabra, un acto o por el silencio.
«La mentira es uno de los pecados populares de nuestros días; y gradualmente está llegando a ser considerada como digna de respeto. En sus diversas formas, desde la mentira atrevida y evidente, hasta la suave mentira diplomática, se la practica común y universalmente. En sus formas más leves se la considera como un medio necesario de suavizar las situaciones desagradables y se la tolera como manera aceptable de hablar. La habilidad de mentir en forma elegante y convincente es toda una hazaña en el mundo social y político y se la considera como una habilidad necesaria para mantener ciertos cargos» (Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 751; comentario de Lev. 6: 4).
Meditemos en estas palabras: «La veracidad y la integridad son atributos de Dios y el que posee estas cualidades posee un poder que es invencible» (En los lugares celestiales, p. 179).

El color de la mentira

Pero la serpiente le dijo a la mujer: «¡No es cierto, no van a morir! Dios sabe muy bien que, cuando coman de ese árbol, se les abrirán los ojos y llegarán a ser como Dios, conocedores del bien y del mal» (Génesis 3:4, 5).

ENTRE LAS MUCHAS FORMAS DE MENTIRAS, se destacan algunas muy concretas. En primer lugar, tenemos la así llamada mentira blanca. Es la que se dice para salir de una incomodidad, pero que no tiene el propósito de dañar a nadie, salvo al que la hace. Este tipo de mentira, incluso, se usa para ayudar a alguien. Por eso se la llama mentira inocente. Esta clase de mentira es dañina para el que la hace. Crea el hábito de mentir, y lo que primero es inocente y sin mala intención, con el tiempo se convierte en engaño avieso. Cuando Saúl fue confrontado por Samuel después de venir de la derrota de los amalecitas, le dijo al profeta: «¡Que el Señor te bendiga! He cumplido las instrucciones del Señor» (1 Sam. 15: 13). Samuel, por supuesto, se dio cuenta que no había cumplido exactamente.
Tenemos lo que podríamos llamar la mentira atrevida. Es aquella que se dice con la intención de ocultar o ayudar a resolver un mal peor. Es como la mentira de Caifás durante una junta del Sanedrín: «¡Ustedes no saben nada en absoluto! No entienden que les conviene más que muera un solo hombre por el pueblo, y no que perezca toda la nación» (Juan 11: 49, 50).
Luego tenemos la mentira sucia. Es la que se dice con la intención premeditada de perjudicar a alguien, dañar su reputación o presentarlo bajo una luz desfavorable, que más que luz es tinieblas. Es la que dijo Tértulo, abogado judío escogido para desacreditar a Pablo delante del gobernador Antonio Félix: «Hemos descubierto que este hombre es una plaga que por todas partes anda provocando disturbios entre los judíos. Es cabecilla de la secta de los nazarenos. Incluso trató de profanar el templo; por eso lo prendimos. Usted mismo, al interrogarlo, podrá cerciorarse de la verdad de todas las acusaciones que presentamos contra él» (Hech. 24: 5-8).

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Julio, 28 2010

MENTIRAS SUTILES

Mentiras sutiles

Todos los mentirosos recibirán como herencia el lago de fuego y azufre (Apocalipsis 21: 8).

EN SU SENTIDO MÁS AMPLIO, el noveno mandamiento condena todo tipo de mentira, pero especialmente la que tiene el propósito de engañar para dañar a las personas o su reputación. A veces, cuando en la Biblia se condena el falso testimonio, se menciona también la mentira: «Cunden, más bien, el perjurio y la mentira» (Oseas 4: 2); «Cuando abren la boca, dicen mentiras; cuando levantan su diestra, juran en falso» (Sal. 144: 11).
Se nos dice: «La mentira acerca de cualquier asunto, todo intento o propósito de engañar a nuestro prójimo, están incluidos en este mandamiento. La falsedad consiste en la intención de engañar. Mediante una mirada, un ademán, una expresión del semblante, se puede mentir tan eficazmente como si se usaran palabras. Toda exageración intencionada, toda insinuación o palabras indirectas dichas con el fin de producir un concepto erróneo o exagerado, hasta la exposición de los hechos de manera que den una idea equivocada, todo es mentir. Este precepto prohíbe todo intento de dañar la reputación de nuestros semejantes por medio de tergiversaciones o suposiciones malinten­cionadas, mediante calumnias o chismes. Hasta la supresión intencional de la verdad hecha con el fin de perjudicar a otros, es una violación del noveno mandamiento» (Patriarcas y profetas, pp. 317, 318).
Hay otras cosas que también están incluidas en el espíritu de este mandamiento: «Estas palabras condenan todas las frases e interjecciones insensatas que rayan profanidad. Condenan los cumplidos engañosos, el disimulo de la verdad, las frases lisonjeras, las exageraciones, las falsedades en el comercio, que prevalecen en la sociedad y en el mundo de los negocios. Enseñan que nadie puede llamarse veraz si trata de aparentar lo que no es o si sus palabras no llevan el verdadero sentimiento de su corazón» (El discurso maestro de Jesucristo, p. 60).
Meditemos: «Una mirada, una palabra, aun el tono de la voz, pueden estar henchidos de mentira, penetrar como una flecha en algún corazón, e infligir una herida incurable» (Joyas de los testimonios, t. 2, p. 20).

La simulación

El Señor aborrece a los de labios mentirosos, pero se complace en los que actúan con lealtad (Prov. 12: 22).

HAY OTRAS FORMAS DE MENTIR que están condenadas en el noveno mandamiento. Notemos esto: «Ser cristiano ocasionalmente, ser devoto de vez en cuando, es un gran falacia, una mentira viviente» (Al­za tus ojos, p. 211). Cuando pretendemos ser cristianos y tratamos de engañar a la gente, estamos actuando con engaño.
El engaño y la mentira traen su propio castigo. Durante la conquista de Canaán, ocurrió un incidente interesante que ilustra cómo Dios aborrece la mentira. Una de las ciudades importantes vecinas de Jericó y Hai, era Gabaón. Ante la posibilidad de que fueran conquistados, como ya lo habían sido otras ciudades, los gabaonitas mintieron para hacer un pacto de paz con Israel. Pensaban que los israelitas iban a destruir a todos los habitantes de Canaán. Por lo tanto, enviaron emisarios que aparentaban venir de muy lejos, y de esta manera lograron que los dirigentes israelitas les prometieran que serían sus aliados. Cuando los israelitas se dieron cuenta de que eran gabaonitas que vivían cerca, se llenaron de indignación. El resultado fue que los gabaonitas fueron convertidos en aguateros y leñadores para el santuario en las siguientes generaciones (Jos. 9). Los gabaonitas tuvieron éxito en su misión, pero los resultados de su mentira los persiguieron hasta el fin. Si hubiesen actuado con la verdad, su destino habría sido muy diferente, como estaba delineado en Levítico: «Cuando algún extranjero se establezca en el país de ustedes, no lo traten mal. Al contrario, trátenlo como si fuera uno de ustedes. Ámenlo como a ustedes mismos» (Lev. 19: 33, 34). Pero por su mentira cosecharon resultados muy distintos. Notemos: «Ser hechos leñadores y aguadores por todas las generaciones no era poca humillación para aquellos ciudadanos de una ciudad real, donde todos los hombres eran “fuertes”. Pero habían adoptado el manto de la pobreza con fines de engaño, y les quedó como insignia de servidumbre perpetua. A través de todas las generaciones, esta servidumbre iba a atestiguar el aborrecimiento en que Dios tiene la mentira» (Patriarcas y profetas, pp. 541, 542).

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Julio, 26 2010

MENTIR PARA MATAR

Mentir para matar

No piensen que he venido a anular la ley o los profetas; no he venido

a anularlos sino a darles cumplimiento (Mateo 5: 17).

EL PERJURIO MÁS FAMOSO DE LA HISTORIA ES, evidentemente, el cometido en contra de Jesús bajo la supervisión de Anás, ex sumo sacerdote y suegro de Caifás, que era sumo sacerdote en ejercicio y presidente del concilio nacional llamado Sanedrín. Los testigos, que fueron sobornados para dar testimonios falsos contra él, no se ponían de acuerdo en sus declaraciones: «Los jefes de los sacerdotes y el Consejo en pleno buscaban alguna prueba contra Jesús para poder condenarlo a muerte, pero no la encontraban. Muchos testificaban falsamente contra él, pero sus declaraciones no coincidían. Entonces unos decidieron dar este falso testimonio contra él: “Nosotros le oímos decir: ‘Destruiré este templo hecho por hombres y en tres días construiré otro, no hecho por hombres’”. Pero ni aun así concordaban sus declaraciones» (Mar. 14: 55-59).

Estas eran obviamente tergiversaciones de las declaraciones de Jesús. Él había dicho: «Destruyan este templo, y lo levantaré de nuevo en tres días» (Juan 2: 19). Había dos tergiversaciones: La primera consistía en que Jesús había usado el término templo en sentido metafórico, y ellos lo cambiaron al sentido literal; la segunda, en la declaración de Jesús, él no era el sujeto de la destrucción, sino el objeto de ella.

Otro famoso perjurio lo encontramos durante el juicio realizado contra Esteban, también delante del Sanedrín. «Se apoderaron de Esteban y lo llevaron ante el Consejo. Presentaron testigos falsos, que declararon: “Este hombre no deja de hablar contra este lugar santo y contra la ley. Le hemos oído decir que ese Jesús de Nazaret destruirá este lugar y cambiará las tradiciones que nos dejó Moisés”» (Hech. 6: 13, 14). También estas acusaciones eran tergiversaciones e interpretaciones equivocadas de lo que Esteban había enseñado. Lo que Jesús había dicho, que sin duda Esteban mencionó, era que el templo sería destruido. Jesús nunca dijo que él destruiría el templo. Tampoco enseñó que cambiaría las leyes de Moisés. Él sí dijo que «ni una letra ni una tilde de la ley desaparecerán hasta que todo se haya cumplido». De nuevo cometieron perjurio, y violaron la ley.

Que Dios te bendiga,

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EL NOVENO MANDAMIENTO

El noveno mandamiento

No des falso testimonio en contra de tu prójimo (Éxodo 20: 16).

LA LETRA DE ESTE MANDAMIENTO condena el perjurio. El perjurio es mentir en una corte cuando se juró decir la verdad. Es un delito que tiene importancia en el ámbito de los tribunales de justicia, y, específicamente, en lo que se refiere al papel de los testigos en un juicio.

En la antigüedad, los jueces se basaban casi exclusivamente en las declaraciones de los testigos. La ley de Moisés, así como otros códigos antiguos, requería de dos o tres testigos para condenar a una persona: «Un solo testigo no bastará para condenar a un hombre acusado de cometer algún crimen o delito. Todo asunto se resolverá mediante el testimonio de dos o tres testigos» (Deut. 19: 15). Era crucial que los testigos dijeran la verdad. Si no, los inocentes podían ser condenados y los culpables absueltos. Para la supervivencia de ese estado de derecho, era indispensable que se dijera la verdad. Durante cierto período de la historia de Israel, la sociedad se hallaba tan degenerada, que el profeta Oseas se quejaba: «Cunden, más bien, el perjurio y la mentira. Abundan el robo, el adulterio y el asesinato. ¡Un homicidio sigue a otro!» (Oseas 4: 2).

Por esta razón, el perjurio se castigaba con severidad: «En Atenas, un testigo falso sufría una fuerte multa. Si se le comprobaba tres veces esa falta, perdía sus derechos civiles. En Roma, una ley de las Doce Tablas condenaba al perjuro a ser arrojado cabeza abajo desde la roca Tarpeya. En Egipto, el castigo era la amputación de la nariz y las orejas» (Comentario bíblico adventista, t. 1, p. 618). La ley mosaica estipulaba que el castigo para el perjuro consistía en que «le harán a él lo mismo que se proponía hacerle a su hermano» (Deut. 19: 19).

El proverbista advierte a los testigos falsos: «El testigo falso no quedará sin castigo; el que esparce mentiras no saldrá bien librado» (Prov. 19: 5): «El testigo falso perecerá, y quien le haga caso será destruido para siempre» (21: 28).

Que Dios te bendiga,

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Julio, 23 2010

LADRON DE OFICIO

Ladrón de oficio

Ciertamente les aseguro que el que no entra por la puerta

al redil de las ovejas, sino que trepa y se mete por otro lado,

es un ladrón y un bandido (Juan 10: 1).

EL HURTO Y EL ROBO PROLIFERAN por todas partes. Hay lugares donde la gente vive de estas actividades. Las calles de las grandes ciudades se han convertido en el vivero natural de los dueños de lo ajeno. Hay quienes dedican toda su vida a estafar y robar a los demás. Hace poco, la policía

detuvo a un individuo en la Ciudad de México cuando estaba robando en un domicilio. Resultó ser una persona que llevaba cincuenta años dedicada a ese oficio. Cuando los periodistas le preguntaron si era «ratero», contestó que no. En cambio, dijo: «Soy ladrón». Es increíble que haya personas que se enorgullezcan del delito. Este caballero se sentía orgulloso de ser ladrón porque, según él, había robado a personas famosas y ricas.

La sociedad se desmorona si no existe el respeto a la propiedad ajena. Dios sabe que los seres humanos tenemos que vivir en sociedad, y una manera vital de lograr la convivencia pacífica es respetando los derechos de los demás. Uno de esos derechos fundamentales es el derecho a la propiedad.

En el octavo mandamiento, Dios nos dice: «Respeta la propiedad ajena, porque es la única manera de garantizar el orden y la convivencia social. Acuérdate que eres un mayordomo de Dios, y que algún día Dios te pedirá cuenta de esa mayordomía».

Como el mundo en general desprecia la ley de Dios, no es ninguna maravilla que esté lleno de ladrones. Aun Jesús tuvo un ladrón en su grupo íntimo de discípulos: «Era un ladrón y, como tenía a su cargo la bolsa del dinero, acostumbraba robarse lo que echaban en ella» (Juan 12: 6). Los ladrones impenitentes no podrán ser parte de la sociedad armoniosa que Dios creará: «Ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los calumniadores, ni los estafadores heredarán el reino de Dios» (1 Cor. 6: 10).

Que Dios te bendiga,

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Julio, 22 2010

ROBAR AL CREADOR

Robar al Creador

¿Acaso roba el hombre a Dios? (Mal. 3: 8).

NO SOLO SE PUEDE ROBAR A OTROS, sino que podemos robarnos a nosotros mismos. Además, también es posible robar a Dios. Esto se hace reteniendo los diezmos que le pertenecen. Sin embargo, no devolver los diezmos y ofrendas, no es la única forma de robar a Dios. Hay otras maneras más sutiles de hacerlo. Por lo menos, hay otras tres formas como podemos despojar a Dios de cosas que le pertenecen.

Primeramente, por medio de la intemperancia. Dios nos da vida y energía para dedicarlas a su servicio. Si por alguna práctica intemperante se menoscaban las energías, y ya no podemos servir a Dios como debiéramos, robamos lo que le pertenece legítimamente. Notemos: «Las personas intemperantes le roban a Dios las energías físicas y mentales que podrían haber consagrado a su servicio si hubieran sido temperantes en todas las cosas» (Consejos sobre la salud, p. 70).

En segundo lugar, Dios merece la honra y la gloria que le deben seres racionales creados a su imagen. Cuando por nuestra negligencia otros seres humanos dejan de conocer a Dios, despojamos a Dios de la oportunidad que esas personas lo honren. Se nos dice: «Al dejar de beneficiar a nuestros semejantes, robamos a Dios la gloria que obtendría por la conversión de las almas» (Joyas de los testimonios, t. 3, p. 61).

En tercer lugar, el día del Señor es la ocasión que Dios ha apartado para recibir la adoración de sus hijos. Pero algunas personas trabajan tan arduamente

durante la semana, que usan el sábado solo como descanso físico. Se quedan en sus casas sin ir a la iglesia a adorar como grupo. Mucho menos tienen energía para prestar el servicio que Dios necesita para beneficiar la vida de otros.

Reflexionemos en estas palabras: «Durante la semana, nadie debiera permitirse quedar tan absorbido por sus intereses temporales y tan extenuado por sus esfuerzos en procura de ganancias materiales, como para que durante el sábado

no tenga fuerza ni energía para darlas al servicio de Dios. Estamos robando al Señor cuando nos incapacitamos para rendirle culto en su día santo» (Conducción del niño, p. 502).

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Julio, 21 2010

PENSAMIENTOS QUE MATAN

Pensamientos que matan

Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio (Filipenses 4: 8).

COMO LEY ESPIRITUAL, EL SÉPTIMO MANDAMIENTO no solo condena la acción pecaminosa, sino también los malos deseos y los pensamientos corruptos. Nuestro Señor lo expresó de esta manera: «Ustedes han oído que se dijo: “No cometas adulterio”. Pero yo les digo que cualquiera que mira a una mujer y la codicia ya ha cometido adulterio con ella en el corazón. Por tanto, si tu ojo derecho te hace pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder una sola parte de tu cuerpo, y no que todo él sea arrojado al infierno» (Mat. 5: 27-29). En este pasaje, Jesús condena el deseo mórbido. Todo acto pecaminoso comienza en la mente. La tentación se engendra en un pensamiento, por eso no debemos acariciar malos pensamientos. Martín Lutero decía: «No podemos impedir que las aves vuelen sobre nuestra cabeza, pero sí podemos impedir que aniden en nuestros cabellos».
El ojo no tiene la culpa, el problema está en la mente. Esta debe ponerse bajo el control de la fe. El ojo es una de las avenidas de nuestra mente, y debemos evitar que por ella entre información que nos dañe espiritualmente. Con la ayuda de Dios podemos cerrar la revista o el libro pornográfico, apagar la televisión o cambiar el canal que sugiere el mal. Podemos cerrar los ojos a escenas corruptoras

Meditemos: «El que se niega a ver, escuchar, gustar, oler o tocar lo que incita al pecado, ha ganado buena parte de la batalla para evitar los pensamientos pecaminosos. El que inmediatamente desecha los malos pensamientos, cuando fugazmente pasan como un relámpago en su conciencia, evita así la formación de una manera de pensar que se hace hábito y que condiciona la mente para que peque cuando se presente la oportunidad» (Comentario bíblico ad­ventista, t. 5, p. 327

Que Dios te bendiga,

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Julio, 16 2010

ROBARNOS A NOSOTROS MISMOS

Robarnos a nosotros mismos

«Ustedes —la nación entera— están bajo gran maldición, pues es a mí a quien están robando» (Malaquías 3: 9).

TAL VEZ LA MÁS TRISTE VIOLACIÓN del octavo mandamiento se da cuando nos robamos a nosotros mismos. ¿Cómo puede ser esto? Cuando nos ausentamos sin razón de las reuniones y los cultos. Notemos estas palabras: «También nos estamos robando a nosotros mismos, pues necesitamos el calor y la luz del compañerismo, tanto como la fortaleza que se pueden ganar de la sabiduría y la experiencia de otros cristianos» (Conducción del niño, p. 502).
Pero la transgresión más lamentable de todas de este mandamiento es cuando robamos a Dios. Ya de por sí todo fraude contra el prójimo es un atentado contra Dios: «Si alguien comete una falta y peca contra el Señor al defraudar a su prójimo en algo que se dejó a su cuidado, o si roba u oprime a su prójimo despojándolo de lo que es suyo» (Lev. 6: 2). Todo fraude contra el prójimo es también un fraude contra Dios. Pero adquiere un dramatismo más intenso cuando el fraude se hace directamente contra el Señor. ¿Cómo se puede robarle directamente? Malaquías responde: «¿Acaso roba el hombre a Dios? ¡Ustedes me están robando! Y todavía preguntan: “¿En qué te robamos?” En los diezmos y en las ofrendas» (Mal. 3: 8). La razón de este reclamo es que, desde el punto de vista bíblico, Dios es el dueño de todo; y nos da las fuerzas para trabajar y ganar dinero. Por ende, nos dice que el diez por ciento de lo que ganamos le pertenece. Notemos que eso lo estableció Dios, no el hombre: «El diezmo de todo producto del campo, ya sea grano de los sembrados o fruto de los árboles, pertenece al Señor, pues le está consagrado» (Lev. 27: 30). «Cada año, sin falta, apartarás la décima parte de todo lo que produzcan tus campos» (Deut. 14: 22). El diezmo nos recuerda que somos mayordomos de Dios.
Meditemos: «Es peligroso retener como propia la parte que le pertenece a Dios» (Consejos sobre mayordomía cristiana, p. 71).

Que Dios te bendiga,

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Julio, 20 2010

LADRON DE CORAZONES

Ladrón de corazones

Yo, el Señor, amo la justicia, pero odio el robo y la iniquidad (Isaías 61

EL DERECHO Y RESPETO a la propiedad ajena, que es el principio que subyace en este mandamiento, abarca muchas facetas de la vida diaria. La lista continúa:
«Los empleadores roban cuando retienen de sus empleados los beneficios que les prometieron, permiten que se atrase el pago de sus salarios, obligan a sus empleados a trabajar fuera de horario sin la debida remuneración, los privan de cualquier otra consideración que razonablemente tienen derecho a esperar».

«Roban quienes ocultan mercancías de un inspector de aduana o las desfiguran en cualquier forma, o los que falsean sus declaraciones de impuestos, o quienes defraudan a los mercaderes incurriendo en deudas que nunca pueden ser cubiertas, o los que en vista de una bancarrota inminente transfieren sus propiedades a un amigo, con el entendimiento de que más tarde le serán devueltas» (ibíd.)
Aun hay otras formas más sutiles de robar a los demás: «Quitándoles su fe en Dios mediante la duda y la crítica; mediante el efecto destructor de un mal ejemplo, cuando ellos esperaban de nosotros una conducta muy diferente; confundiéndolos o dejándolos perplejos mediante declaraciones que no están preparados para entender; con chismes calumniosos y perniciosos que pueden despojarlos de su buen nombre y carácter» (ibíd.)
También es robar cuando se «retiene de otro lo que en justicia le pertenece, o se apodera de lo ajeno para su propio uso». Cuando se aceptan «como propios el reconocimiento por el trabajo o las ideas de otros»; cuando se «usa lo ajeno sin permiso», o se aprovechan «de otro en cualquier forma» (ibíd) Se infringe este mandamiento cuando violamos los derechos legítimos de autoría al copiar libros, discos compactos, programas de computadora, o películas para evadir el pago de un precio justo. Cuando obtenemos una calificación que no merecemos y la conseguimos copiando al compañero de al lado, o copiando las tareas o la investigación de alguien en lugar de hacerlas nosotros.
Meditemos en esto: «Jugar con los corazones es un crimen no pequeño a la vista de un Dios santo» (El hogar cristiano, p. 48).

Que Dios te bendiga,

Pedidos de oración al cielo77014@hotmail.com

Julio, 19 2010

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