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DIA DE ALABANZA, AL CREADOR

Día de alabanza, al Creador

Tú inspiras mi alabanza en la gran asamblea (Salmo 22:25).

EL CUARTO MANDAMIENTO ESTÁ REPLETO de ideas que nos ayu­dan a entender mejor el carácter de Dios, y cómo él quiere relacionar­se con sus hijos. La primera vez que se menciona el día de reposo en las Escrituras es en el marco de la creación. El cuarto mandamiento hace lo mismo. Dice: «Acuérdate de que en seis días hizo el Señor los cielos y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos, y que descansó el séptimo día. Por eso el Señor bendijo y consagró el día de reposo» (Éxo. 20: 11). El sábado llega a ser el elemento de tiempo que nos recuerda la creación de Dios.
En primer lugar, este mandamiento nos dice que debemos recordar, remontar nuestra memoria hasta el mismo día de la creación del mundo: «Acuérdate del sábado, para consagrarlo» (vers. 8). En segundo lugar, debemos re­cordar que se nos pide esto porque «en seis días hizo el Señor los cielos y la tie­rra, el mar y todo lo que hay en ellos, y descansó el séptimo día» (vers. 8). De este modo, el sábado, que es un santuario en el tiempo, nos recuerda constantemente que Dios es el creador de todo, y que, como tal, le debemos adoración y reverencia.
El reconocimiento de Dios como Creador es uno de los elementos importantes en la observancia del sábado. Este mandamiento nos dice que si se hu­biera guardado el día de reposo instituido por Dios, nunca hubiese existido ningún ateo, nadie que dudase de la existencia del Creador de todo. Observe­mos: «Si el sábado se hubiese observado universalmente, los pensamientos e inclinaciones de los hombres se habrían dirigido hacia el Creador como objeto de reverencia y adoración, y nunca habría habido un idólatra, un ateo, o un incrédulo» (EL conflicto de los siglos, p. 491). La observancia del sábado nos manda de vuelta a la creación y al Creador. «El sábado fue instituido para conmemorar la obra de la Creación, y dirigir la mente de los hombres al Dios vivo y verdadero» (La historia de la redención, p. 402).

Que Dios te bendiga,

Junio, 21 2010

Día con un mensaje final

Por lo contrario, cuando me aman y cumplen mis mandamientos, les muestro mi amor por mil generaciones (Deuteronomio 5: 10).

LA HUMANIDAD SE HA olvidado del Creador, esto caracteriza al mun­do moderno. Con los avances de la ciencia y la tecnología, el conocimiento del ser humano ha crecido tanto que muchos piensan que no necesitamos al Creador. Los avances notables de la biología, la bioquímica y la genética, han llevado a la doctrina de la evolución a asentar sus raíces firmemente en la mente del hombre actual. De este modo, Dios, para muchos, no es un concepto aceptable.
La Biblia nos revela que en los últimos días de la historia de nuestro mundo se levantará un pueblo con un mensaje global que incluye el reconocimiento de un Creador y sustentador. El libro de Apocalipsis lo presenta de esta manera: «Gritaba a gran voz: “Teman a Dios y denle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio. Adoren al que hizo el cielo, la tierra, el mar y los manantiales”» (Apoc. 14: 7). Como este mensaje se da en el marco de una crisis mundial en los últimos días, es interesante que se incluya este concepto de temer, adorar y dar gloria a un Dios que se presenta como el creador de todo. Debemos concluir que se da porque es necesario. Se tiene la visión de un mundo donde el Creador no es respetado como tal. Un mundo donde van a prevalecer ideas contrarias al concepto bíblico.
No resulta nada extraño que, en el contexto de estos mensajes finales, se incluya la declaración: «¡En esto consiste la perseverancia de los santos, los cuales obedecen los mandamientos de Dios y se mantienen fieles a Jesús!» (vers. 12). Se resalta, en contraste, que habrá un grupo de personas que se­rán fieles a los mandamientos de Dios. Puesto que el cuarto mandamiento es el único que nos recuerda al Creador, resulta fácil concluir que este énfasis sobre obediencia debe de incluir la observancia fiel del sábado como recordatorio de la creación.

Que Dios te bendiga,

DIA DISTINTO

Día distinto

Los israelitas deberán observar el sábado. En todas las generaciones futuras será para ellos un pacto perpetuo, una señal eterna entre ellos y yo (Éxodo 31: 16, 17).

EL SÁBADO ES UN DÍA especial que Dios separó para un uso sagrado, él tiene interés en que se observe fielmente. La Biblia dice que el Señor tiene dos preocupaciones con respecto a nosotros: «Observen mis sábados, y tengan reverencia por mi santuario. Yo soy el Señor» (Lev. 19: 30; 26: 2). Nos damos cuenta de que Dios se preocupa tanto por la observancia del sábado, que la pone a la altura de la reverencia al santuario. La razón es que, el templo era un santuario en el espacio, mientras que el sábado es un santuario en el tiempo.
Cualquier lugar consagrado a la adoración pública de Dios, es un santuario que debe ser respetado y reverenciado. Este concepto se pierde cuando ado­ramos a Dios en un salón de usos múltiples. En tal caso es muy fácil que se pierda la reverencia y el decoro que convienen a un lugar dedicado al culto de Dios.
Lo mismo sucede con la observancia del sábado. Es un día distinto de los demás, porque está dedicado a Dios. No puede ser tratado de la misma ma­nera que los otros días de la semana. Dios insiste en que debe ser observado, pues su observancia es crucial para la vida espiritual: «El sábado será para ustedes un día sagrado. Obsérvenlo» (Éxo. 31: 14); «Observa el día sábado, y conságraselo al Señor tu Dios, tal como él te lo ha ordenado» (Deut. 5: 12).
Uno puede preguntarse legítimamente: ¿Por qué la observancia del sábado es tan importante para Dios? Simple y sencillamente porque es una señal de lealtad a él. Es indicio de que sentimos nuestra necesidad de él; por eso apar­tamos un día para tener esa comunión que necesitamos. Esto no lo hacemos porque represente algo ventajoso desde el punto de vista material, sino por­que Dios lo especificó de esa manera, y queremos ser obedientes a él. Todo porque él nos ama y quiere nuestro bien.

Que Dios te bendiga,

Junio, 19 2010
Día de servicio

Sigan mis decretos, obedezcan mis leyes y observen mis sábados como días consagrados a mí, como señal entre ustedes y yo, para que reconozcan que yo soy el Señor su Dios (Ezequiel 20: 19, 20).

DIOS ADEMÁS de reposar en el séptimo día para darnos ejemplo, también lo bendijo y lo santificó. Santificar el sábado es apartarlo para un uso santo; es consagrarlo al Señor. Pero ocurre algo interesante cuan­do consagramos este día al Señor. Notemos: «Diles lo siguiente a los israelitas: “Ustedes deberán observar mis sábados. En todas las generaciones veni­deras, el sábado será una señal entre ustedes y yo, para que sepan que yo, el Señor, los he consagrado para que me sirvan”» (Éxo. 31: 13). Cuando nos­otros santificamos el sábado, este acto nos santifica a nosotros. Observamos el sábado para santificarlo, es decir, para reconocerlo como santo; esto, a su vez, nos santifica, pues nos consagramos a servir al Señor. Dios nos regresa el acto de santificación. Como resultado, él nos consagra a su servicio. Llegamos a ser como un instrumento dedicado a Dios. Al observar el sábado, él nos concede el estatus de sacerdotes, pues nos dedica a su servicio.
La razón de esto es muy sencilla: Puesto que hemos decidido ser leales a Dios, nos toma y consagra a quienes queremos ser, sus servidores. Al revelar por la observancia del sábado que respetamos y obedecemos a Dios, él nos convierte en sus ministros. De este modo, nuestra consagración al sábado, se torna en consagración a Dios; y la consagración a él nos hace sus siervos. Por eso es que el sábado se convierte en una señal de santificación. Santificamos el sábado, y el sábado nos santifica, nos aparta, para uso del Señor.
La observancia del sábado nos pone aparte, nos distingue de los demás, nos señala como adoradores de Dios. Meditemos: «El sábado ha de ser siempre la señal que distinga a los obedientes de los desobedientes. Satanás ha trabajado con poderosa maestría para anular el cuarto mandamiento y conse­guir con ello que se pierda de vista la señal de Dios» (Consejos sobre la salud, p. 232).

Que Dios te bendiga,

Junio, 20 2010

DIA SANTO

Día santo

Por eso el Señor bendijo y consagró el día de reposo (Éxodo 20: 11).

LA TERCERA COSA QUE DIOS hizo con el séptimo día fue santificar­lo: «Dios bendijo el séptimo día, y lo santificó» (Gen. 2: 3). ¿Qué significa santificar? El diccionario nos dice que santificar es hacer santo a alguien o algo; consagrar a Dios algo o alguien; reconocer al que es santo, honrar y servirle como tal. El uso bíblico sugiere que santificar es apartar a alguien o algo para un uso santo. De allí que nuestra versión sugiere la palabra con­sagrar: Dios «consagró el día de reposo» (Éxo. 20: 11).
En el santuario terrenal que construyeron los israelitas en el desierto, así como en los templos erigidos posteriormente, había muchas cosas santas, cosas consagradas a Dios. El santuario o templo era santo, los muebles, los utensilios usados, los sacerdotes, todo era santo, consagrado a Dios. Ninguna persona ordinaria podía entrar al santuario, nadie común podía manipular los muebles y utensilios, y los sacerdotes no debían ser personas comunes. La razón de ello no estaba en la naturaleza de las cosas, sino en el hecho de que habían sido santificadas o consagradas a Dios. Por introducir un fuego que no era el del santuario, Nadab y Abiú murieron en la presencia del Señor (Núm. 3:4); Uza cayó muerto, porque siendo una persona ordinaria tocó el arca del Señor (2 Sam. 6: 7); Uzías, aunque era rey, se atribuyó el derecho de oficiar en el ritual sagrado del santuario, y fue condenado a la lepra hasta su muerte (2 Cron. 20: 19-21). Lo que Dios declara santo y consagrado a él, no debe usarse con fines y propósitos comunes.
Así que resulta que esta declaración bíblica de que el día de reposo fue santificado o consagrado, nos dirige la atención al hecho de que ya no es un día común y corriente. Es un día apartado para un uso sagrado; no se lo debe usar para fines comunes. Por eso existía esta ley en Israel: «Quien haga algún trabajo en sábado será condenado a muerte» (Éxo. 31: 15).

Que Dios te bendiga,

Junio, 17 2010

Día de fidelidad

Trabajen durante seis días, pero el séptimo día, el sábado, será para ustedes un día de reposo consagrado al Señor (Éxodo 35: 2).

EL SÁBADO ES UN DÍA CONSAGRADO por Dios para uso espiritual, no debe ser tratado como tiempo común. El Señor lo separó para que fuese usado para la adoración individual y corporativa. De allí la razón por la que en el sábado no debería hacerse labor habitual, es decir, el trabajo diario que hacemos para ganarnos la vida. La santidad del sábado no se debe al hecho de que es un día distinto a los otros días. No hay nada mágico en el tiempo en sí. Su santidad estriba en que fue consagrado por Dios. Los hombres no lo separaron ni le dieron ninguna dignidad especial. Fue Dios el que lo hizo después de seis días de labor creadora. Si como seres humanos, hace­mos una diferencia entre este día y otros días, lo hacemos porque él lo dijo. Por la obediencia y lealtad a Dios, el sábado llega a ser distinto.
Eso nos lleva al punto importante de que la observancia del sábado distingue a los que quieren servir a Dios de los que no lo desean. La observancia fiel de este día llega a ser una señal distintiva del que obedece a Dios, porque no hay otra razón válida para observar ese día que el hecho de que se quiera obedecer a Dios. Por eso las Escrituras hablan del sábado como una demos­tración de lealtad a Dios: «En todas las generaciones venideras, el sábado será una señal entre ustedes y yo, para que sepan que yo, el Señor, los he consagrado para que me sirvan» (Éxo. 31: 13). «También les di mis sábados como una señal entre ellos y yo, para que reconocieran que yo, el Señor, he consagrado los sábados para mí» (Eze. 20: 12). Se hace claro que cuando observamos el sábado no lo hacemos para nosotros, sino para Dios. No es un día de des­canso egoísta, sino de oportunidad para intimar con el Creador.

Que Dios te bendiga,

Junio, 18 2010

DIA DE DESCANSO

Día de descanso

Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido (Génesis 2: 2).

EL RELATO DE GÉNESIS SOBRE LA CREACIÓN del sábado habla de tres cosas que Dios hizo en conexión con él, y que se confirman en la fraseología del cuarto mandamiento. La primera de ellas es que Dios descansó. La palabra hebrea de la que se traduce el verbo descansar, significa primariamente cesar. Es natural que cuando uno cesa, descansa. De allí que la idea de descansar está también en el ámbito conceptual de esta palabra. Pero el Génesis y el cuarto mandamiento nos hablan de cesar. Es obvio que Dios no cesó porque estaba cansado, sino porque concluyó la creación material. Como nuestro texto lo dice claramente, «descansó porque había terminado la obra» de la creación.
Es interesante que Dios haya decidido cesar después de seis días de creación. Como lo leyó ayer, al dejar de crear cosas materiales, creó el sábado para conmemorar su creación. De este modo, el descanso divino fue en sí otra creación de Dios. Por eso, el texto hebreo original del relato del Génesis dice: «El séptimo día concluyó Dios la obra que hizo» (Gen. 2: 2; RV95). El Señor concluye el séptimo día de su obra creadora. El último acto de la creación divina. Eso nos confronta con la paradoja de que Dios, al dejar de crear, creó. Lo que el Señor creó fue un día de cesación, un día descanso. Estableció un día libre; un día festivo, cada semana.
El cuarto mandamiento usa ese acto de cesación divina, ese descanso de Dios, como paradigma para los seres humanos. Es decir, nosotros debemos descansar porque el Señor nos dio el ejemplo. Significa que Dios planeó el descanso para los seres humanos. Como el Señor no se cansa, sino que cesó de crear en el séptimo día, lo hizo para darnos una enseñanza. Él nos enseñó que debemos descansar o cesar de nuestro trabajo.

Día de paz

No hagas nada en este día ningún trabajo, ni tampoco tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo, ni tu esclava, [...] ni ninguno de tus animales, ni tampoco los extranjeros que vivan en tus ciudades (Deuteronomio 5:14).

DIOS DESCANSÓ para darnos ejemplo, para ser un modelo que podamos seguir. Él descansó de su trabajo, y nos pide que también descansemos. Dios planeó, en su descanso, nuestro descanso. Él cesó su trabajo, sin que estuviera cansado, y lo hizo para servirnos de ejemplo. Es interesante que Dios decidió hacer la obra de la creación material en seis días. Podría haberla hecho en menos tiempo. La Biblia dice que a medida que Dios creó todas las cosas, ordenó la existencia: «Por la palabra del Señor fueron creados los cielos, y por el soplo de su boca, las estrellas. Porque él habló, y todo fue creado; dio una orden, y todo quedó firme» (Sal. 33: 6, 9). Por lo tanto, la creación material pudo haber sido la obra de un instante. Sin embargo, decidió hacerla en seis días. Resulta obvio, entonces, que Dios debía tener un propósito al hacerlo de esa manera.
¿Cuál sería este propósito? Por supuesto, al hacer esta pregunta, no se trata de discernir la mente de Dios, sino enfocar el propósito divino. Puesto que el Creador tenía en mente darnos ejemplo de cesación y descanso, su demora, innecesaria en términos de su poder, cumplió el fin de prepararnos un descanso. El Señor, evidentemente, hizo una creación de seis días para tener la oportunidad de crear el séptimo día, con el fin de que fuera nuestra paz. Eso quiere decir que Dios anticipó que íbamos a necesitarlo. Por eso dijimos que él planeó nuestro descanso.
Esta es la razón por la que él cesó de crear el mundo material después de seis días de labor. Su descanso no implica cansancio. Pero nuestro descanso, sí. Dios anticipó que necesitaríamos descansar de nuestra fatiga física y espiritual. Bien lo dijo nuestro Señor: «El sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado» (Mar. 2: 27).

Que Dios te bendiga,

Junio, 14 2010

EL NOMBRE Y LA REVERENCIA

El nombre y la reverencia

Pero yo, por tu gran amor puedo entrar en tu casa; puedo postrarme reverente hacia tu santo templo (Salmo 5: 7)

EL NOMBRE DE DIOS SE TOMA EN VANO cuando somos irreverentes en la casa de Dios y en los cultos. El Señor requiere reverencia cuando estamos en su presencia: «En cambio, el Señor está en su santo templo; ¡guarde toda la tierra silencio en su presencia!» (Hab. 2: 20). A Moisés, Dios le dijo: «No te acerques más. Quítate las sandalias, porque estás pisando tierra santa» (Éxo. 3: 5). El sabio aconsejaba: «Cuando vayas a la casa de Dios, cuida tus pasos y acércate a escuchar en vez de ofrecer sacrificio de necios, que ni conciencia tienen de que hacen mal» (Ecles. 5: 1).
Bien haremos en prestar atención a estas palabras: «Debería enseñarse al niño a considerar sagrados la hora y el lugar de oración y los cultos públicos, porque Dios está en ellos. Y al manifestar reverencia en la actitud y conducta, el sentimiento que lo inspire se profundizará» (La educación, p. 237). «En medio de truenos y relámpagos Dios proclamó su ley a oídos de la vasta multitud. Rodeó la ocasión cuando dio la ley de una grandiosidad impresionante. Quería que el pueblo comprendiera el carácter exaltado de sus mandamientos. La gente debía aprender que todo lo relacionado con su servicio debería considerarse con la mayor reverencia» (Cada día con Dios, 16 de agosto). «La reverencia [...] es una gracia que debe cultivarse con cuidado. A todo niño se lo debe enseñar a manifestar verdadera reverencia hacia Dios» (Profetas y reyes, p. 178).
Finalmente, debemos recordar que Dios recompensará a los que respeten y honren su nombre. También debemos grabar en nuestra mente que Dios castigará a los que deshonren su carácter. Lo dijo con claridad: «Yo, el Señor, no tendré por inocente a quien se atreva a pronunciar mi nombre a la ligera» (Exo. 20: 7). El respeto por el nombre de Dios, que es su carácter, implica una gran responsabilidad. Pero solo aprenderemos a reverenciarlo y respetarlo si comprendemos su infinita grandeza.

Día de recuerdos

Acuérdate del sábado, para consagrarlo. Trabaja seis días, y haz en ellos todo lo que tengas que hacer, pero el día séptimo será un día de reposo para honrar al Señor tu Dios (Éxodo 20; 8-10).

ESTE MANDAMIENTO NOS HACE RETROCEDER hasta la creación del mundo. Empieza con la palabra «acuérdate». Para acordarnos tenemos que hacer memoria de la creación de nuestro planeta. Después de crear nuestro mundo y todo lo que hay en él, el registro bíblico dice que Dios hizo algo excepcional: «Al llegar el séptimo día, Dios descansó porque había terminado la obra que había emprendido. El Señor bendijo el séptimo día, y lo santificó, porque en ese día descansó de toda su obra creadora» (Gen. 2: 2, 3). Es interesante que después de crear todas las cosas materiales, Dios procedió a crear algo que no es material, pero que es parte de la creación divina. Este pa­saje nos dice que Dios creó el sábado. Al hacerlo, hizo otro tipo de creación, ya que el sábado es una creación en el tiempo, no en el espacio. Todas las cosas materiales son parte de la creación espacial de Dios. Pero la creación del sábado pertenece a otra dimensión, la del tiempo.
Pero esta creación del sábado que, valga la expresión, “es un espacio de tiempo”, fue un hecho divino fuera de lo normal. Con este acto de creación, Dios estableció el ciclo semanal. Todos los otros parámetros del tiempo con los que el ser humano se relacionaría tendrían una explicación natural. El año es el resultado del movimiento de la Tierra alrededor del Sol. El mes lo es del movimiento de la Luna en torno de la Tierra (todos los pueblos de la antigüedad usaban meses lunares). El día viene del movimiento de la Tierra sobre su propio eje. Pero la semana de siete días no tiene ninguna explicación natural. No se pudo haber inventado por la observación de algún fenómeno natural. Es algo que Dios hizo en forma extraordinaria. No es ninguna maravilla que el Señor dijera siglos después, «acuérdate».

Que Dios te bendiga,

Junio, 12 2010

EL NOMBRE Y EL CARACTER

El nombre y el carácter

Por eso, adviértele al pueblo de Israel que así dice el Señor omnipotente: «Voy a actuar, pero no por ustedes sino por causa de mi santo nombre, que ustedes han profanado entre las naciones por donde han ido» (Ezequiel 36: 22).

OTRA FORMA DE TOMAR EL NOMBRE de Dios en vano se da cuando representamos mal su carácter. Cuando hacemos profesión de su nombre, pero no vivimos a la altura de lo que requiere. El sabio era sensible a esto cuando escribió: «Porque teniendo mucho, podría desconocerte y decir: “¿Y quién es el Señor?” Y teniendo poco, podría llegar a robar y deshonrar así el nombre de mi Dios» (Prov. 30: 9). En tiempos de Israel, algunos profesos adoradores de Jehová cumplían con prácticas paganas que eran una deshonra para su pretensión de ser seguidores del Dios de Israel: «No profanarás el nombre de tu Dios, entregando a tus hijos para que sean quemados como sacrificio a Moloc. Yo soy el Señor» (Lev. 18: 21). La mala representación del carácter de Dios era un tipo de blasfemia. El apóstol Pablo era consciente de que tal cosa había sucedido al pueblo de Israel: «Así está escrito: “Por causa de ustedes se blasfema el nombre de Dios entre los gentiles”» (Rom. 2:24). Por eso el apóstol recomendaba a Timoteo: «Que se aparte de la maldad todo el que invoca el nombre del Señor» (2 Tim. 2: 19).
Esta mala representación del carácter de Dios puede llevar, incluso, a que se cometa el pecado imperdonable, que es la blasfemia contra el Espíritu Santo. Nuestro Señor afirmó que los judíos blasfemaron contra el Espíritu cuando dijeron que sus milagros eran la obra de Satanás: «Por eso les digo que a todos se les podrá perdonar todo pecado y toda blasfemia, pero la blasfemia contra el Espíritu no se le perdonará a nadie. A cualquiera que pronuncie alguna palabra contra el Hijo del hombre se le perdonará, pero el que hable contra el Espíritu Santo no tendrá perdón ni en este mundo ni en el venidero» (Mat. 12: 31, 32).

El nombre y la honradez

Cuando hagas un voto a Dios, no tardes en cumplirlo, porque a Dios no le agradan los necios. Cumple tus votos (Eclesiastés 5: 4).

OTRA FORMA DE TRANSGREDIR ESTE MANDAMIENTO es hacer una promesa a Dios y no cumplirla. Cuando no se cumplían los votos, se ofendía a Dios en el antiguo Israel: «Cuando un hombre haga un voto al Señor, o bajo juramento haga un compromiso, no deberá faltar a su palabra sino que cumplirá con todo lo prometido» (Núm. 30: 2).
También quebrantamos este mandamiento cuando hacemos chistes de mal gusto que involucran a Dios, su Palabra o sus instituciones. El nombre de Dios y de Cristo no es mantenido en alto cuando se hacen tales cosas: «El tenor de la conversación sostenida en muchas reuniones sociales revela qué es lo que interesa al corazón. La conversación trivial, los chistes tontos, que solo tienen por objeto provocar risa, no representan debidamente a Cristo. Aquellos que los han expresado no estarían dispuestos a verse frente a frente con una crónica de sus palabras. Los que escuchan reciben una mala impresión, y se arroja una ofensa sobre Cristo» (Mensajes para los jóvenes, p. 386).
Lo transgredimos cuando adoramos a Dios con formalismo sin experi­mentar el verdadero amor por él: «El profesar pertenecer a Cristo sin sentir amor profundo, es mera charla, árido formalismo, gravosa y vil tarea» (El ca­mino a Cristo, p. 44). El apóstol Pablo anticipaba que vendrían personas que aparentarían tener una gran piedad, pero la negarían con su actitud: «Aparentarán ser piadosos, pero su conducta desmentirá el poder de la piedad» (2 Tim. 3: 5).
Los judíos de la antigüedad eran fieles a la letra de la ley, tanto que no querían ni siquiera pronunciar el nombre de Dios, pero persiguieron y mataron en nombre de su religión a los profetas que Dios les enviaba. Lo mismo hicieron muchos así llamados cristianos, que masacraron a tantos en el nombre de la religión de Cristo. Como Jesús lo dijo: «Los expulsarán de las sinagogas; y hasta viene el día en que cualquiera que los mate pensará que le está prestando un servicio a Dios» (Juan 16: 2).

Que Dios te bendiga,

Junio, 10 2010

EL NOMBRE Y LA ADORACION

El nombre y la adoración

Si no te empeñas en practicar todas las palabras de esta ley, que están escritas en este libro, ni temes al Señor tu Dios, ¡nombre glorioso e imponente! (Deuteronomio 28: 58).

EN LA BIBLIA, EL NOMBRE ES UNA ALUSIÓN a la persona, a su carácter. Cuando se trata de Dios, es una referencia a la persona o carácter de Dios. Notemos estas palabras: «Y al lugar donde el Señor su Dios decida habitar llevarán todo lo que les he ordenado» (Deut. 12: 11; 14: 23; 16: 2). La expresión «para poner en él su nombre» significa «donde el Señor su Dios decida habitar». Claramente se indica que la palabra nombre se refiere a su persona.
En la Nueva Versión Internacional, la palabra Señor ocupa el lugar de Yahweh o Jehová, que es el nombre de Dios como se lo reveló a Moisés. Yahweh es el nombre del Dios del pacto con Israel. Debía ser tratado con el respeto debido. Dios es amor y misericordia, pero también es santo y justo, su carácter es glorioso e imponente.
El tercer mandamiento tiene que ver con nuestra manera de adorarle. Nos dice que nuestra adoración debe ser hecha con seriedad y reverencia. Cualquier alusión a la persona de Dios, sea que se mencione su nombre o no, debe ser con sumo respeto y reverencia. Reflexionemos en esto: «También se debería mostrar reverencia hacia el nombre de Dios. Nunca se debería pronunciar ese nombre con ligereza o indiferencia. Hasta en la oración se debería evitar su repetición frecuente o innecesaria. “Santo y temible es su nombre” (Salmo 111: 9). Los ángeles, al pronunciarlo, cubren sus rostros. ¡Con cuánta reverencia deberíamos pronunciarlo nosotros que somos caídos y pecadores!» (La educación, p. 238).
En algunas culturas hispanas se usa el pronombre “usted” para orar o referirse a Dios. Esta es una manera reverente de aludir al Señor. Si en estas culturas no se tutea a los padres, menos entonces al Padre que está por encima de todos, nuestro Padre Celestial.

El nombre y la fidelidad

Cuando Dios hizo su promesa a Abraham, como no tenía a nadie superior por quien jurar, juró por sí mismo. (Hebreos 6: 13).

ESTE MANDAMIENTO TAMBIÉN PROHIBÍA jurar en falso. En la antigüedad, el juramento involucraba poner al Señor como testigo de lo que se afirmaba. Notemos: «Teme al Señor tu Dios y sírvele. Aférrate a él y jura solo por su nombre» (Deut. 10: 20). No decir la verdad era tomar el nombre de Dios en vano. Lo mismo si se hacía un voto sin tener la intención de cumplirlo: «No juren en mi nombre solo por jurar, ni profanen el nombre de su Dios. Yo soy el Señor» (Lev. 19: 12).
También se violaba este mandamiento si se usaba el nombre del Señor de una manera frívola o descuidada. Hoy se nos amonesta: «Deshonramos a Dios cuando mencionamos su nombre en la conversación ordinaria, cuando apelamos a él por asuntos triviales, cuando repetimos su nombre con frecuencia y sin reflexión. “Santo y terrible es su nombre” (Sal. 111:9). Todos debieran meditar en su majestad, su pureza y su santidad, para que el corazón comprenda su exaltado carácter; y su santo nombre se pronuncie con respeto y solemnidad» (Patriarcas y profetas, p. 314). Inclusive cuando oramos a Dios, debiéramos tener cuidado con la forma como nos referimos a él: «Mientras oran, muchos emplean expresiones irreverentes y descuidadas que agravian al tierno Espíritu del Señor y motivan que sus peticiones no lleguen al cielo» (Primeros escritos, p. 70). El uso frecuente de interjecciones descuidadas, y sin pensar lo que se dice, como: «¡Dios mío!» «¡Santo Dios!», etcétera, revelan poca reverencia por la persona de Dios.
Este mandamiento también prohibía usar el nombre de Dios en forma mágica o para fines de encantamientos. Era costumbre entre los antiguos pueblos paganos invocar el nombre de sus dioses para esos fines. Aun entre los judíos, algunos usaban el nombre Yahweh, o algún modo apocopado de este, como fórmulas mágicas para expulsar demonios o sanar a personas poseídas. Se pensaba que se podía manipular a Dios. Eso era una ofensa para su nombre.

Que Dios te bendiga,

Junio, 08 2010

La verdad no se cambia

La verdad no se cambia

Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, adorando y sirviendo a los seres creados antes que al Creador, quien es bendito por siempre. Amén (Romanos 1:25).

DURANTE LA TEMPRANA Edad Media se introdujo en la fe cristiana, primero, la adoración de imágenes, y después, el culto a los mártires y santos. Es muy difícil que se pueda justificar tal cosa delante de los dos primeros mandamientos.
Entonces, ¿cómo es posible que se aceptara tal violación de estos mandamientos a la luz de la Palabra de Dios, en la cual la fe cristiana se fundaba? Tuvo que comenzar de una manera paulatina e inocente. Los grandes errores han comenzado así.
La adoración de imágenes fue finalmente instituida en el segundo concilio de Nicea, en 787 d.c. Notemos: «El culto de las imágenes [...] fue una de esas corrupciones del cristianismo que se introdujeron en la iglesia furtivamente y casi sin que se notaran. Esta corrupción no se desarrolló de un golpe, como aconteció con otras herejías, pues en tal caso habría sido censurada y condenada enérgicamente, sino que, una vez iniciada en forma disfrazada y plausible, se adquirieron nuevas prácticas una tras otra de modo tan paulatino que la iglesia se vio totalmente envuelta en idolatría no solo sin enérgica oposición, sino sin siquiera protesta resuelta alguna; y cuando al fin se hizo un esfuerzo para extirpar el mal, resultó este por demás arraigado para ello [...]. La causa de dicho mal hay que buscarla en la propensión idolátrica del corazón humano a adorar a la criatura más bien que al Creador» (El conflic­to de los siglos, p. 738).
Los teólogos católicos han justificado esta práctica alegando que hay una diferencia entre adoración y veneración. Dicen que a Dios se lo “adora”, pero que a las imágenes y a los santos se los “venera”. Sabemos que en la práctica es imposible distinguir la una de la otra.

El tercer mandamiento

No pronuncies el nombre del Señor tu Dios a la ligera. Yo, el Señor, no tendré por inocente a quien se atreva a pronunciar mi nombre a la ligera (Éxodo 20: 7).

ORIGINALMENTE, DIOS NO SE REVELÓ con ningún nombre a su pueblo. Su designación bíblica antigua es “El o Elohim”, que significa «Dios», un nombre genérico para la deidad. Luego, Dios se reveló con nombres que enfatizaban sus atributos o características: “El Shaddai, Dios Todopoderoso; El Elyon, El Altísimo; Adonai, El Señor”.
Cuando llamó a Moisés para sacar a su pueblo de la esclavitud egipcia, se introdujo con un nuevo nombre. Este nuevo nombre aparece con cuatro consonantes: YHWH. Como el texto hebreo se escribía solo con consonantes, con el tiempo se perdió su pronunciación para proteger su santidad. Decir «Jehová», como se hizo común en castellano, es incorrecto. Debió haber sido Yahweh o Yahvé. Este nombre se considera una variante del verbo hebreo «ser», o «llegar a ser». Así que debe significar algo así como «El que es», «El que hace existir». Por eso, Dios le dijo a Moisés: «Yo Soy el que Soy». Moisés debía decir al pueblo: «Yo Soy me ha enviado a vosotros». Esto enfatizaba la eternidad de Dios. Se nos dice: «YO SOY significa una presencia eterna. El pasado, el presente y el futuro son iguales para Dios» (A fin de conocerle, p. 14).
Jesús aplicó esta expresión «Yo soy» a sí mismo en varias ocasiones y con distintos propósitos: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14: 6). «Yo soy la puerta» (Juan 10: 7,9). «Yo soy el buen pastor» (Juan 10: 11,14). «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8: 12; 12: 46). «Yo soy la vid verdadera» (Juan 15: 1, 5). «Yo soy el pan de vida» (Juan 6: 48). «Yo soy la resurrección y la vida» (Juan 11: 25). En el libro de Apocalipsis se presenta como «Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el Principio y el Fin» (22: 13). Con estos títulos, Jesús decía que él era el Yahweh del Antiguo Testamento.

Que Dios te bendiga,

Junio, 06 2010

El Dios inconfundible

El Dios inconfundible

Después de buscar consejo, el rey hizo dos becerros de oro, y le dijo al pueblo: «¡Israelitas, no es necesario que sigan subiendo a Jerusalén. Aquí están sus dioses, que los sacaron de Egipto!» (1 Reyes 12:28).

EL SEGUNDO MANDAMIENTO CONDENA la transferencia de ideas, conceptos e imágenes de otros dioses a la persona del Creador. Así como Dios no desea que se lo represente con imágenes, tampoco desea que se lo confunda con dioses falsos.
Los israelitas sucumbieron a la tentación del sincretismo religioso no solo en el Sinaí, también en el tiempo de Jeroboam I. Después de la división del reino de Israel en dos partes, las tribus del norte nombraron a Jeroboam como su rey. Este quiso impedir que sus ciudadanos fueran al sur a adorar al templo de Jerusalén. Había razones políticas de por medio, pero comprometió la religión del pueblo, y ordenó que se erigieran dos becerros para que fueran adorados en nombre del Dios de Israel, uno en Dan y el otro en Betel. De este modo, asoció una vez más el culto del Creador con el culto de Apis, con el cual se familiarizó durante su estancia en Egipto.
En tiempos de Noé ocurrió lo mismo: «No todos los hombres de aquella generación eran idólatras en el sentido estricto de la palabra. Muchos profesaban ser adoradores de Dios. Alegaban que sus ídolos eran imágenes de la Deidad, y que por su medio el pueblo podía formarse una concepción más clara del Ser divino [...]. Al tratar de representar a Dios mediante objetos materiales, cegaron sus mentes en lo que respectaba a la majestad y al poder del Creador; dejaron de comprender la santidad de su carácter, y la naturaleza sagrada e inmutable de sus requerimientos» (Patriarcas y profetas, pp. 82, 83). Dios no quiere que se lo confunda con imágenes que rebajan su dignidad y promueven el deterioro de la moral humana. Al usar conceptos semejantes, se confunde la santidad de Dios y se desorienta a las personas.

Que Dios te bendiga,

Junio, 03 2010

Sinceridad en la adoración

El día que el Señor les habló en Horeb, en medio del fuego, ustedes no vieron ninguna figura. Por lo tanto, tengan mucho cuidado de no corromperse haciendo ídolos o figuras que tengan alguna forma o imagen de hombre o de mujer (Deuteronomio 4: 15, 16).

EN EL SIGLO IV DE NUESTRA ERA, la religión cristiana llegó a ser la religión oficial del Imperio Romano. El emperador Constantino el Grande se convirtió a la fe cristiana e hizo que sus súbditos paganos se con­virtieran en masa. Pero estas conversiones no fueron sinceras, sino que se realizaron por conveniencia política.
Notemos estas palabras que nos dicen lo que pasó: «Para dar a los convertidos del paganismo algo que equivaliera al culto de los ídolos y para animarles a que aceptaran nominalmente el cristianismo, se introdujo gradualmente en el culto cristiano la adoración de imágenes y de reliquias» (El conflicto de los siglos, p. 56).
Muchos sinceros cristianos protestaron por estas medidas que estaban en contra de los mandamientos de Dios, pero «la mayoría de los cristianos con­sintieron al fin en arriar su bandera, y se realizó la unión del cristianismo con el paganismo. Aunque los adoradores de los ídolos profesaban haberse convertido y unido con la iglesia, seguían aferrándose a su idolatría, y solo habían cambiado los objetos de su culto por imágenes de Jesús y hasta de María y de los santos. La levadura de la idolatría, introducida de ese modo en la iglesia, pro­siguió su funesta obra. Doctrinas falsas, ritos supersticiosos y ceremonias idolátricas se incorporaron en la fe y en el culto cristiano. Al unirse los discípulos de Cristo con los idólatras, la religión cristiana se corrompió y la iglesia perdió su pureza y su fuerza» (El conflicto de los siglos, p. 47).
Nuestro Señor lo dijo muy claro cuando habló de la forma de adorarle: «Pero se acerca la hora, y ha llegado ya, en que los verdaderos adoradores rendirán culto al Padre en espíritu y en verdad, porque así quiere el Padre que sean los que le adoren. Dios es espíritu, y quienes lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad» (Juan 4: 23, 24).

Que Dios te bendiga,

Junio, 04 2010

LAS IMAGENES REBAJAN A DIOS

Las imágenes rebajan a Dios

No se hagan ídolos, ni levanten imágenes ni piedras sagradas. No coloquen en su territorio piedras esculpidas ni se inclinen ante ellas. Yo soy el Señor su Dios (Levítico 26: 1).

HAY UNA RELACIÓN muy estrecha entre el primer mandamiento y el segundo. Así que amerita preguntarse: ¿Por qué deben considerarse como dos mandamientos? ¿Son diferentes en algún respecto? En el primer mandamiento, el Creador prohíbe la adoración de otros dioses. El segundo mandamiento condena la elaboración de imágenes, escultu­ras y objetos que representen a la Deidad. ¿Por qué es así? Aparentemente, al­guien podría decir que elaborar imágenes u objetos para representar al Crea­dor no estaría prohibido. Se concluiría que adorar esos objetos no involucra­ría ninguna idolatría.
Ese era el problema de la gente en la antigüedad. Se le dificultaba adorar a sus dioses solo con la mente. Durante su permanencia en Egipto, los israe­litas se acostumbraron a las representaciones materiales de la Deidad. Tanto se incapacitaron para desarrollar un culto espiritual, que tenían la tentación de representar al verdadero Dios mediante imágenes y objetos. El segundo mandamiento se distingue del primero en: Condenar la elaboración de imá­genes del mismo Creador. Ya con mencionar que no deberían adorar otros dio­ses, el primer mandamiento prohibía la adoración de imágenes de esos dioses, pero no tocaba el aspecto de la elaboración de imágenes del Creador como objetos de culto. Esto se prohíbe en el segundo mandamiento.
¿Por qué Dios no quería que se lo representara con imágenes y escultu­ras? Reflexionemos en estas palabras del apóstol Pablo ante el areópago de Atenas: «El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él es Señor del cielo y de la tierra. No vive en templos construidos por hombres, ni se deja servir por manos humanas, como si necesitara de algo. Por el contrario, él es quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. Por tanto, siendo descendien­tes de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea como el oro, la plata o la piedra: escultura hecha como resultado del ingenio y de la destreza del ser humano» (Hech. 17: 24, 25, 29). Las imágenes rebajan a Dios.

El Dios invisible

Demasiado pronto se han apartado del camino que les ordené seguir, pues no solo han fundido oro y se han hecho un ídolo en forma de becerro, sino que se han inclinado ante él, le han ofrecido sacrificios, y han declarado: «Israel, ¡aquí tienes a tu dios que te sacó de Egipto!» (Éxodo 32: 8).

EL SEGUNDO MANDAMIENTO prohíbe la elaboración de imágenes de Dios. La razón de esta prohibición se basa en el hecho de que las imágenes son creación de los hombres, y consecuentemente rebajan la grandeza y la santidad de Dios. Esta es la razón por la que el Señor no se ha dejado ver por los seres humanos. No podríamos soportar esa visión, y por lo tan­to cualquier representación de él no haría justicia a su grandeza y majestad.
Eso, a su vez, nos haría tener una idea equivocada del Creador. Con una idea distorsionada de Dios, el culto que le ofreceríamos sería igualmente defor­mado. Un culto así, traería engaño, y este la perdición. De allí que la prohi­bición de imágenes del Creador es lógica y razonable.
También se quería evitar que conceptos, objetos e imágenes usados para otros dioses se usaran para el Creador. En un mundo donde había tantos dioses y señores, el sincretismo religioso era una gran tentación. De acuerdo al testimonio bíblico, los israelitas no escaparon a esa tentación cuando, al pie del monte Sinaí, pidieron a Aarón que les hiciera un becerro y que proclamara que ese era el dios que los había sacado de Egipto (Éxo. 32). Obviamente esta era una figura del dios egipcio Apis, con quien los israelitas se relacionaron durante su estancia en Egipto. No era que de pronto se habían convertido en adoradores de ese dios, sino que usaron esa imagen para adorar a Jehová, el Dios creador de los hebreos. El segundo mandamiento condenaba esa práctica que era común en aquella época. Dios no debía confundirse con dioses paganos en el culto y la adoración israelita.
¿Por qué Dios no deseaba esta confusión? Lo leerá mañana con detenimiento.

Que Dios te bendiga, oramos por ti!

Junio 02 2010

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