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Decide

Una vez decoré un cuaderno con definiciones de las palabras idea, pensamiento, opinión, preferencia, fe y convicción para recordarme que no significan lo mismo. La tentación de elevar una opinión al nivel de una convicción puede ser fuerte, pero está mal hacerlo, tal y como lo aprendemos de Romanos 14.

En el primer siglo, las tradiciones religiosas basadas en la ley eran tan importantes para los líderes religiosos que éstos no lograron reconocer a Aquel que personificaba la ley, Jesús. Estaban tan centrados en asuntos de menor cuantía que descuidaron los importantes (Mateo 23:23).

Las Escrituras dicen que necesitamos subyugar incluso nuestras creencias y convicciones a la ley del amor (Romanos 13:8,10); Gálatas 5:14; Santiago 2:8), por cuanto el amor cumple la ley y lleva a la paz y la edificación mutua.

Cuando las opciones y las preferencias se vuelven más importantes para nosotros que lo que Dios dice que es valioso para Él, significa que hemos hecho ídolos de nuestras propias creencias. La idolatría es una ofensa grave porque viola el primer y más importante mandamiento: «No tendrás dioses ajenos delante de mí» (Éxodo 20:3).

Decidamos no elevar nuestras propias opiniones por encima de las de Dios, no vaya a ser que se conviertan en una piedra de tropiezo e impidan que los demás conozcan el amor de Jesús. —



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