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Santos tontos

Cuando Dios habló con Abram, éste obedeció de inmediato y partió hacia una tierra desconocida basándose tan sólo en una promesa. Aunque no tenía hijos, confió en que Dios haría de él «una nación grande» (Génesis 12:2).

Dios a menudo realiza Su obra por medio de «santos tontos»; soñadores que emprenden la marcha con una fe absurda. Y aun así, yo suelo tomar mis decisiones con base en cálculos y dudas.

Una vez, mi iglesia en Chicago programó toda una noche de oración durante una gran crisis. Antes de informar en el calendario, discutimos bastante la utilidad de este evento. Los miembros más pobres de la congregación, un grupo de ancianos, fueron los que respondieron afirmativamente con mayor entusiasmo. Pensé que talvez muchas de sus oraciones no habrían sido contestadas durante los años y, sin embargo, confiaban en el poder de la oración como si fueran niños. «¿Cuánto tiempo quieren quedarse? ¿un par de horas?» preguntamos, pensando en que ellos usaban transporte público. «Bueno, nos vamos a quedar toda la noche», respondieron.

Una mujer de más de 90 años lo explicó así: «Podemos orar. Tenemos el tiempo y tenemos la fe. Además, algunos de nosotros no dormimos mucho. Podemos orar toda la noche si es necesario». Y lo hicieron.

Mientras tanto, un grupo de profesionales ricos, jóvenes, ambiciosos y bien educados en una iglesia del centro aprendió una importante lección: La fe a menudo aparece donde menos se la espera y falla donde debiera crecer con fuerza.



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