Compartir en Facebook
Compartir en Twitter
Compartir en Google+

Una carta de amor

Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra. 2 Timoteo 3:16,17.

 

Son las 5:14 de la mañana, en el aeropuerto Saint Paul, de Minneapolis.

Es verano, y el sol sale temprano. Parece una bola de fuego, que incendia el horizonte. Lo puedo ver, a través de la ventana, mientras bebo un jugo de naranja en el Café D’Amico’s & Sons. Espero mi vuelo para Miami, y aprovecho el tiempo para escribir este devocional. Dos mesas a mi izquierda, un hombre moreno, fuerte, de

lentes gruesos, mira a un punto indefinido; no ve nada, solo mira. Debe tener problemas: se nota en su rostro, marcado por la vida; en la expresión de su voz cuando atiende el celular. Dice algo como: “¿Para qué me quieres de vuelta? Mi vida está llena de errores, no valgo nada”.

¿Algún esposo que abandonó el hogar? ¿Un novio que no alcanzó las expectativas de la novia? ¿Un hijo que frustró al padre? No lo sé; lo veo sufrir, y pienso en el texto de hoy. Pablo habla de la perfección y de las buenas obras. El apóstol afirma que el propósito de la Biblia es instruirte y prepararte para “toda buena obra”. ¿Sabes a lo que se refiere Pablo, con esta expresión? Al éxito, a la realización, a la prosperidad. ¿No es eso lo que tanto deseas en la vida?

Te preparas durante años en la universidad, realizas cursos de especialización; sacrificas tiempo, dinero y esfuerzo. Tu objetivo es vencer, y ser feliz. Pero, lo que consigues, en realidad, es conocimiento. El conocimiento informa; la información ayuda, pero no te hace realizado ni feliz. Necesitas de sabiduría, pero no la recibes en las universidades: proviene de Dios, a través de su Palabra. Solo la Biblia es fuente de corrección y de instrucción en justicia; solo ella es manantial de valores y de principios que dan vida y sentido al conocimiento humano: el conocimiento, sin valores espirituales, te ensoberbece, te llena de orgullo y te vuelve autosuficiente. El éxito, sin Dios, te convierte en el centro de un universo que solo existe en tu mente. Confundes riqueza con prosperidad, placer con felicidad, vida con existencia… Y sufres. Tu sufrimiento, aparentemente, no tiene razón de ser; pero, está presente en tus noches y en tus días.

Abre la Palabra de Dios hoy. Busca sabiduría; busca a Jesús. Camina con él a lo largo del día, y no te olvides de que la Biblia fue escrita para “redargüir, ensenar, corregir en justicia y prepararte para toda buena obra”.

 



Ultimos comentarios
  1. jesus
  2. ALAN
  3. Martha Lucia Espinosa Valencia
  4. Myrna
  5. maria
  6. gabo

Dejar comentario

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Recibe las nuevas
reflexiones en tu correo!

Escribe tu dirección de email: