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Justificados

Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira. Romanos 5:9.

Sumergida en un mar de culpa, Alejandra se recrimina por los errores pasados. No es religiosa; tampoco conoce la Biblia ni acaricia inquietudes espirituales. Pero, la culpa la asfixia y la paraliza. Algo, dentro de ella, parece condenarla a una vida de sufrimiento. De cierto modo, siente que merece las adversidades que enfrenta.

El psicoanalista ha tratado de ayudarla a “justificar” sus errores. Pero, por más que racionaliza en torno de ellos, algo más fuerte que el “poder” de su mente le dice que es culpable. Alejandra ignora que el ser humano nace con complejo de culpa; “culpa existencial”, dirían los sicólogos.

No importa el nombre que se le dé. La naturaleza humana nace separada de Dios y, lejos del Creador, no hay cómo ser feliz. A la joven dulce, de mira­da penetrante y sonrisa melancólica, le llevó años descubrir el origen de su angustia.
Una noche, hastiada de envenenarse con remedios para dormir, tomó en consideración la Biblia.

La primera pregunta que surgió en su mente fue: “¿Puede un libro tan antiguo satisfacer mis inquietudes?”. Había buscado respuestas en el enma­rañado de sus ideas existencialistas; y no las había encontrado. Entonces, llevada por el instinto de conservación, se respondió a sí misma, delante de la Biblia: “Nada pierdo intentándolo”.

Ese fue el inicio de su recuperación. Leyendo el Libro sagrado, descubrió que todos los seres humanos nacen condenados a muerte: “No hay justo, ni aún uno”; “Todos pecamos y estamos destituidos de la gloria de Dios”.

Después de leer esto, entendió el origen de su estado depresivo. Sus som­bras, entonces, se volvieron más densas; sus noches, más oscuras. Pero, al continuar leyendo, descubrió el versículo de hoy.

Fue como si el sol iluminase de pronto su oscuridad. Aprendió a confiar en Jesús. Ella es pecadora, pero Jesús ha derramado su sangre para salvarla. Ahora está justificada. Su vida de errores ha sido lavada por la sangre mara­villosa de Jesús. La “ira” divina no será más un fantasma en su vida. No más días de angustia; no más noches de insomnio. Ella cree. Y eso le es contado por justicia.

Esa puede ser, también, tu realidad hoy, si recuerdas que: “Mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira”.



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