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Que no se apague el fuego

“El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará”. Levítico 6:13

Conocí a Carmorina cuando ella estaba en la plenitud de la vida. La co­nocí en Belo Horizonte, a donde había emigrado huyendo de la guerra civil que destruyó su país.
Años después, mientras yo realizaba una cruzada de evangelización en Lisboa, alguien me dijo que, en una clínica de reposo para personas de edad, había una anciana que aseguraba conocerme personalmente. Nadie le creía.


Mi esposa y yo nos dirigimos hacia aquella casa. Un aire de melancolía dominaba el ambiente. La vida casi se había ido para aquellas personas; se estaba yendo irreversiblemente, a pasos rápidos, como se va el sol cuando termina el día.
La vimos en una silla de ruedas. Los años habían dejado huellas pro­fundas en el cuerpo y en el alma de nuestra amiga. No coordinaba bien sus ideas pero, al vernos, dio un grito de emoción, y dirigiéndose a los demás ancianos, les recriminó: “¿No les dije? ¡Yo conozco personalmente al pastor Bullón!”.


Después, abrió su Biblia, y me mostró una foto que nos tomamos cuan­do estábamos en la Rep. del Brasil. Ella no se había olvidado de mí; me veía todos los días, al abrir su Biblia.


En la vida cristiana sucede igual. El fuego del altar de Israel no debería apagarse nunca. ¿Por qué? El versículo 12 trae la respuesta: “El sacerdote pondrá en él leña cada mañana”.


“Arder continuamente” es sinónimo de una vida constante. Todos los días, cada mañana, cada hora, minuto a minuto, siempre. La intermitencia es la peor enemiga de una vida emocional satisfactoria. Te lleva de un lado a otro; tu corazón no es un altar sino un péndulo. No tienes paz, solo agita­ción; nada te aquieta. Tus días son corridos y tus noches, vacías.


¿Qué te falta? Tener una experiencia continua. No dejar que el fuego del Espíritu se apague en el altar de tu corazón. Poner leña en él, cada mañana.


Inténtalo hoy, y verás cómo tu día será lleno de realizaciones. Aprenderás a ver belleza en los detalles insignificantes, y frente a los desafíos, por gigan­tescos que parezcan, no te amedrentarás. En el nombre de Jesús, serás capaz de enfrentar tormentas y huracanes, y saldrás victorioso.


Solo cuida para que “el fuego del altar de tu corazón arda continuamente”.



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