«¿Con qué pasaporte viajas?»

(Víspera del Día Internacional del Inmigrante)

«—¿Con qué pasaporte viajas —me [preguntó] un amigo—. ¿Guatemalteco? Absurdo. Has vivido más tiempo aquí, más de dos terceras partes de tu vida, que en lo que llamas tu patria. Tú ya eres mexicano.

»Pero humildemente y todo —cuenta Augusto Monterroso en Los buscadores de oro, obra en que relata sus memorias—, yo le contesté que seguía siendo guatemalteco, como mi pasaporte. ¿Importaba? Juan Rulfo me decía siempre lo mismo cuando viajábamos juntos, y en los aeropuertos me veía sacar mi documento guatemalteco. “¿Por qué viajas con eso? —añadía acentuando el eso—. Yo te puedo conseguir uno mexicano.” ¿No daba igual?

»En septiembre de 1964 un grupo de amigos mexicanos me nombró en broma “mexicano honorario”, “teniendo en consideración los antecedentes y la buena conducta observada por el señor Augusto Monterroso durante sus veinte años de permanencia en esta República”…. A causa de esa inocente broma, que transcendió también en broma a la prensa, en mi país me acusaron de traición y de haber vendido mi nacionalidad —decían con originalidad— “por un plato de lentejas”. ¿Era para tanto?

»Otros, más precisos, dicen que uno es de donde está enterrado su ombligo…. Para ellos, entonces, ¿seré hondureño? …

»—¿Piensa mucho en sus raíces? —me pregunta mi amiga, la periodista argentina, suponiendo que yo las he dejado en alguna parte.

»Cuando le digo que no soy un poste de telégrafo, se ríe, como quien entiende la broma. Los antiguos decían algo que a nosotros nos suena a pecado: Ubi bene, ibi patria. Ahí en donde estés bien, ahí es tu patria. ¿Equivaldría a esto el plato de lentejas? Pero no se trata de comidas, raíces o costumbres. Uno llega a otro país, al que sea; conoce a sus nuevos prójimos y les atribuye virtudes y defectos que le serán también atribuidos. En cuanto a mí, adondequiera que llegue, les atribuyo siempre un alto grado de superioridad, aparte de su derecho absoluto, del que yo carezco, al pedazo de planeta sobre el que están parados en ese momento, por la simple circunstancia de que llegaron —o de que sus padres llegaron— antes que yo….»1

Con semejante diplomacia Augusto Monterroso demuestra que bien pudo haber sido un excelente embajador al servicio de cualquiera de los países centroamericanos con los que se identificó, incluso Honduras, donde nació, y México, donde murió después de una larga y fructífera carrera literaria. ¡Y sin embargo en Guatemala, el país donde pasó su infancia y juventud y del que se hizo ciudadano, lo acusaron de haber vendido su nacionalidad por un precio irrisorio, así como Esaú le vendió los derechos de su primogenitura a su hermano mellizo Jacob por un insignificante plato de lentejas!2

Gracias a Dios, cuando nos llegue la hora de nuestra partida de este mundo, ninguno de nosotros, sea de donde sea, tendrá que preocuparse por el pasaporte de su país de procedencia. Aquel día lo único que importará es que hayamos aprovechado la oportunidad de adquirir el pasaporte que nos acredita como hijos de Dios y, por lo tanto, ciudadanos del cielo. Sólo así podremos vivir en esa patria celestial en la que Él nos ha preparado una ciudad sin igual donde pasar la eternidad.3

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1 Augusto Monterroso, Los buscadores de oro (México, D.F.: Alfaguara, 1993), pp. 76-78.
2 Gn 25:29-34
3 Jn 1:12; Ef 2:19; Fil 3:12-21; Heb 11:13-16

Un Mensaje a la Conciencia

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