«El héroe de nuestra casa»

«Nací; me recibió en sus brazos Pascuala, insigne partera… que se jactaba de haberle abierto la puerta del mundo a toda una generación de hidalgos…. Lavado y fajado, fui desde ese momento el héroe de nuestra casa. Cada uno pronosticaba con respecto a mí lo que le venía en gana.

»Mi tío Juan, el antiguo oficial de Infantería, me encontraba cierto aire a Bonaparte en la mirada, cosa que mi padre no pudo oír sin sentir náuseas; el olfato de mi tío Ildefonso, en ese entonces un simple sacerdote, me hacía canónigo: “Canónigo es lo que ha de ser, y no digo nada más por no parecer soberbio; pero no me extrañaría nada si Dios lo destinara a un obispado… Es verdad: un obispado; no es algo imposible. ¿Qué dices tú, Benito, hermano?”

»Mi padre respondía a todos que yo sería lo que Dios quisiera; y me sostenía en el aire, como si tratara de mostrarme a la ciudad y al mundo. Les preguntaba a todos si yo me le parecía, si era inteligente, lindo…

»Digo todas esas cosas por encima, según las oí contar años después; ignoro la mayor parte de los pormenores de aquel famoso día…. Si no cuento los mimos, los besos, los elogios, las bendiciones, es porque si los contara no terminaría más el capítulo, y es necesario terminarlo.»1

Para los que hemos sido bendecidos con familiares que nos han contado con agrado los sucesos del día en que nacimos, nos identificamos plenamente con Brás Cubas, quien nos cuenta acerca de «aquel famoso día» por medio de la pluma del insigne escritor brasileño Machado de Assis en su obra maestra titulada Memorias póstumas de Brás Cubas. En cambio, para los que queremos conocer los pormenores del nacimiento del personaje más insigne de la historia universal, no tenemos que depender de la memoria de sus parientes, ya que Dios mismo se encargó de que quedara constancia de esos detalles en la Historia Sagrada. Se trata, por supuesto, del nacimiento de su Hijo Jesucristo.

Esa noche —narra el médico Lucas—, un ángel del Señor se les apareció a unos pastores en el campo que estaban turnándose para cuidar sus rebaños, y les dijo: «Miren que les traigo buenas noticias que serán motivo de mucha alegría para todo el pueblo. Hoy les ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo el Señor. Esto les servirá de señal: Encontrarán a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre.»2

Cuando los pastores llegaron a Belén y encontraron a su madre María y a José, y al niño Jesús acostado en el pesebre, contaron lo que acababan de oír acerca de Él. Pero la virgen María, por su parte, guardó todas esas cosas en su corazón y meditó acerca de ellas.3 Es que ella estaba pensando lo mismo que dijo en voz alta el padre de Brás Cubas en la obra de Machado de Assis: que su hijo sería lo que Dios quisiera.

¿Y qué es lo que quería Dios que fuera su Hijo Jesucristo? Dios quería que fuera motivo de mucha alegría para todos los que hiciéramos nuestras esas buenas noticias que recibieron aquellos humildes pastores, al permitir cada uno que Cristo llegara a ser tanto nuestro Salvador como nuestro Señor, es decir, el verdadero Héroe de nuestra casa.

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1 Machado de Assis, Memorias póstumas de Brás Cubas, 1a. ed., trad. Adriana Amante (Buenos Aires: Ediciones de la Flor, 2003), pp. 61‑62.
2 Lc 2:8-12
3 Lc 2:16-19

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