«Por ti perdonar prometo»

Un ejército furioso,
todo de testigos falsos,
donde es capitán la envidia,
y el alférez el engaño,

de acero, miedo y mentiras
para sólo un hombre armados,
a Cristo presenta a Anás
puesto a la garganta un lazo.

«¿Quién eres, hombre? –le dice–.
¿De qué vives? ¿Qué es tu trato?
¿Qué discípulos te siguen?
¿En qué ciencias eres sabio?»

Jesús, de paciencia ejemplo,
responde, los ojos bajos,
con ser el más alto espejo
de su Padre soberano:

«Yo siempre hablé claramente,
con mi doctrina enseñando
en público, que en secreto
no es la comisión que traigo.

»¿Qué me preguntas a mí?
Pues que puedes preguntarlo
a tantos que me han oído;
que ellos saben lo que trato.»

«¿Así respondes?», le dijo,
alta la mano, un soldado,
y dio a Cristo un bofetón
que dejó el cielo temblando.

«Si hablé mal, da testimonio
–responde el Cordero manso–,
y si bien, ¿por qué me hieres?»
¡Ay, cielos, vengad su agravio!
. . . . . . . . . .
Cristo mío de mi vida,
¿cómo si soy el esclavo
señalan tu hermoso rostro
los dedos de aquella mano?

Bendiga tu amor el cielo,
que yo, mi Jesús, no basto,
pues siendo los yerros míos,
quieres Tú tener los clavos.

[Por ti perdonar prometo]…
a quien me hubiere injuriado,
imitando la respuesta
de tus labios soberanos.
. . . . . . . . . .
… Perdonaremos injurias,
pues Tú nos has enseñado
a pedir que nos perdonen
del modo que perdonamos.1

Así describe el poeta español Lope de Vega las afrentas que sufrió Jesús de Nazaret la noche en que fue arrestado y sometido a juicio ante el sumo sacerdote Anás. Según el filólogo José Manuel Blecua, vigesimonoveno director de la Real Academia Española, fue «la honda crisis que llevó a Lope al sacerdocio» lo que a su vez lo llevó a publicar sus Rimas sacras2 en 1614. Lope mismo lo reconoce en el «Soneto Primero» de la obra, como sigue:

Cuando me paro a contemplar mi estado
y a ver los pasos por donde he venido,
me espanto de que un hombre tan perdido
a conocer su error haya llegado.
Cuando miro los años que he pasado,
la divina razón puesta en olvido,
conozco que piedad del cielo ha sido
no haberme en tanto mal precipitado.3

Con razón que al poeta le parezca tan injusto que sea Jesucristo y no él quien tenga que soportar semejantes afrentas. Lope es un hombre débil, como los demás sacerdotes,4 esclavo de sus propios errores. En cambio, Cristo es nuestro sumo sacerdote «hecho perfecto para siempre… santo, irreprochable, puro [y] apartado de los pecadores».5

Más vale que, así como aquel autor de las Rimas sacras, también nosotros reconozcamos que somos pecadores. Pidámosle perdón a Cristo, quien puede y quiere salvarnos para siempre de nuestros pecados, ya que vive siempre para interceder por nosotros, y determinemos seguir su ejemplo y perdonar a quienes nos ofenden.6

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1Lope de Vega, «Rimas sacras», Obras poéticas, Ed. José Manuel Blecua (Barcelona: Editorial Planeta, 1989), pp. 393-96.
2Ibíd, p. 275.
3Ibíd, p. 296.
4Heb 7:28
5Heb 7:26-28
6Heb 7:25

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