«Primicias de la cultura de Quito»

(Día del Periodista Ecuatoriano)

El jueves 5 de enero de 1792 figura en los anales de la historia del Ecuador porque ese día se publicó el primer número de su primer periódico, Primicias de la Cultura de Quito. En esa primera edición, su único editor, el doctor Francisco Javier Eugenio de Santa Cruz y Espejo, demuestra lo mucho que han influido en él las ideas de la «Época de la Ilustración» como también lo mucho que desea inculcárselas a sus congéneres de la Real Audiencia de Quito. De ahí que la primera pregunta que hace es: «¿Cuándo se juzga que el [ser humano] ha llegado al momento de poner en ejercicio su razón?», y que responde: «Es sin duda en los años de su [infancia]».1

Por eso en el «Suplemento» de ese primer número de Primicias de la Cultura de Quito Eugenio Espejo afirma que es «el maestro de niños [quien] provee al ser moral de las Repúblicas». Y luego apela al maestro directamente con estas palabras:

«Sí, maestro mío: usted forma el corazón del [alumno] en el aprecio del verdadero honor; usted le explica lo que es humildad cristiana y la enseña con su ejemplo; usted [le anuncia] las delicias de la liberalidad, el placer virtuoso de socorrer al necesitado, [y] la satisfacción y [el] consuelo de perdonar las injurias y hacer bien al enemigo. Finalmente… usted pule, adorna, fabrica, tornea las costumbres todas de su tierno discípulo, y [lo] saca… obediente al rey, sumiso a sus superiores, pío a sus padres, adorador verdadero de Dios….

»La religión y piedad —continúa Espejo— [los] aprenden bien [sus alumnos]… cuando por medio de la historia les [hace] usted conocer nuestro origen, nuestra dependencia de un Ser Supremo, nuestra miseria por el pecado de Adán, y la misericordia del Redentor, a cuyo conocimiento acompaña y sigue la ilustración del niño en todos los misterios del cristianismo; después de la cual usted le enseña el culto que debemos prestar al Hacedor de todas las cosas…. Pero, maestro mío… desde los… días… en que el niño empieza a hablar, puede usted… enseñarle a hacer uso de su razón, esto es, acostumbrarlo a que piense…. Lea usted y, acabada la lectura, dé usted licencia a sus niños [para] que hablen, o [motívelos] a que ejerciten su curiosidad, o muévalos a que le pregunten….»

«En algunas naciones de las más cultas, los maestros de primeras letras son los hombres más sabios y más condecorados porque el mayor esmero y cuidado se debe poner en el cimiento de la casa», concluye Espejo.2 Tal vez con eso esté aludiendo a la parábola de Jesucristo acerca del hombre sabio que construyó su casa sobre la roca y no sobre la arena, consciente de que fue Jesús quien dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí. No se lo impidan; porque el reino de Dios es de los que son como ellos.»3 Pues lo que de veras motiva a aquel gran precursor ecuatoriano —y bien puede motivarnos a nosotros más de dos siglos después— es imaginarse al joven que «sacude [la] inercia con que estaba abrumado, que luego recoge en sí toda la llama de su corazón disipado, que eleva sus pensamientos, que engrandece sus ideas, [y] que entra dentro de su alma y… dice: “¡Yo puedo y quiero ser todo un hombre para Dios y para mi Patria!”»4

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
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1 Eugenio Espejo, «Primicias de la cultura de Quito», Número 1: Literatura, Primicias de la cultura de Quito, 5 enero 1792, p. 12, Escritos del Doctor Francisco Javier Santa Cruz y Espejo, Tomo 1 (Quito: Imprenta Municipal, 1912), pp. 76-174 <http://repositorio.casadelacultura.gob.ec//handle/34000/897> En línea 5 agosto 2020.
2 Ibíd., Suplemento: Educación Pública, pp. 20,28.
3 Mt 7:24-27; 19:14 (TLA)
4 Espejo, «Primicias de la cultura de Quito», pp. 14-15.

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