«Recuerdos de la niñez»

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Imagen por slipah

«[En] el Santiago de mi infancia —cuenta la novelista chilena Isabel Allende—… el pan se iba a buscar dos veces al día a la panadería de la esquina y se traía a la casa envuelto en un paño blanco. El olor de ese pan recién salido del horno y aún tibio es uno de los recuerdos más pertinaces de la niñez.

»La leche era una crema espumosa que se vendía a granel. Una campanita colgada al cuello del caballo y el aroma de establo que invadía la calle anunciaban la llegada del carretón de la leche. Las empleadas se ponían en fila con sus tiestos y compraban por tazas, que el lechero medía metiendo su brazo peludo hasta la axila en los grandes tarros, siempre cubiertos de moscas.

»Algunas veces se compraban varios litros de más, para hacer manjar blanco —o dulce de leche—, que duraba varios meses almacenado en la penumbra fría del sótano…. Comenzaban por hacer una fogata en el patio con leña y carbón. Encima se colgaba de un trípode una olla de hierro negra por el uso, donde se echaban los ingredientes, en proporción de cuatro tazas de leche por una de azúcar, se aromatizaba con dos palitos de vainilla y la cáscara de un limón, [y] se hervía pacientemente durante horas, revolviendo de vez en cuando con una larguísima cuchara de madera. Los niños mirábamos de lejos, esperando que terminara el proceso y se enfriara el dulce, para raspar la olla. No nos permitían acercarnos, y cada vez nos repetían la triste historia de aquel niño goloso que se cayó dentro de la olla y, tal como nos explicaban, “se deshizo en el dulce hirviendo y no pudieron encontrar ni los huesos”.»1

¡Qué recuerdos tan marcados los que Isabel Allende, en su libro autobiográfico titulado Mi país inventado: Un paseo nostálgico por Chile, evoca en muchos de nosotros con relación al pan y a la leche y sus derivados dulces con que nos criaron! Y sin embargo, al mismo tiempo, ¡cuántos niños y jóvenes no habrá en la actualidad a quienes les cueste mucho trabajo siquiera imaginarse semejante manera de preparar, vender y consumir esos comestibles esenciales! Pero lo que no debemos olvidar jamás, tanto los que recordamos esos viejos tiempos como los que no recuerdan más que los tiempos actuales de los alimentos instantáneos y las comidas rápidas, es siempre estar agradecidos a Dios por suplirnos fielmente ese «pan nuestro de cada día».

Es que sin duda muchos recordarán que en el Sermón del Monte en que Jesucristo nos enseña cómo orar, Él nos dice que al «Padre nuestro que está en el cielo» debemos pedirle: «Danos hoy nuestro pan cotidiano». Pero es probable que muchos no sepan que antes y después del padrenuestro Jesús nos asegura que nuestro Padre celestial sabe lo que necesitamos antes de que se lo pidamos, y que por eso no tenemos por qué preocuparnos por lo que hemos de comer o beber. ¿Acaso no valemos nosotros mucho más que las aves del cielo a las que Él alimenta?2

Determinemos, entonces, que no dejaremos que pase un solo día sin darle gracias a Dios por su cuidado paternal y su provisión divina.

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1 Isabel Allende, Mi país inventado: Un paseo nostálgico por Chile (Nueva York: HarperCollins, 2003), pp. 33,35-36.
2 Mt 6:8-13,25-34

Un Mensaje a la Conciencia

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