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Atravesando Pruebas y Tentaciones

Mientras permanezcamos dentro de la voluntad de Dios, estaremos totalmente seguros.

¿Por que nosotros tenemos que sufrir tentaciones y pruebas? ¿Es Cierto que DIOS nos manda pruebas para ver si somos bastante fuertes para soportarlas? En 1 Corintios10:13 Dios nos dice:

“No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados mas de lo que podéis resistir, sino que dará también Juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar”.

Este versículo no dice: “Os dejará ser tentados para ver lo que podéis resistir”. Dios ya sabe cuán fuertes somos. ¿Acaso El no lo sabe todo? ¿Acaso es que El tiene que probarnos para darse cuenta como somos?

¡Claro que no! El ya lo sabe; somos nosotros los que no sabemos cuán fuertes somos en El. En Job 1:8 Dice que un día Satanás se presentó delante de DIOS y DIOS le preguntó: “¿Has visto a mi siervo Job? Es un hombre muy bueno”. Satanás le dijo: “¿Acaso teme Job a Dios de balde? ¿No le has cercado alrededor a él y a su casa y a todo lo que tiene? Al trabajo de sus manos has dado bendición por tanto, sus bienes han aumentado sobre la tierra”.

He aquí lo que pasó: Satanás quería tentarlo y hacerle caer. Le trajo toda clase de tentaciones, pero cuando llegó a Job encontró alrededor de él una cerca y no pudo alcanzarle. Job quería servir a Dios con todo su corazón (Job, capítulo 1), le había buscado y quería conocerle a fondo. El estaba dentro de la voluntad de Dios.  Cuando Satanás llegó donde estaba Dios le dijo: “Es lógico que Job te sirva con fidelidad, porque tú no me has permitido hacerle nada”.Dios le dijo: “Mira, hagamos una cosa: te hago un hueco en la cerca para que todo lo que él tiene esté al alcance de tu mano. Solamente, no pongas tu mano sobre él” (Job 1:12). Dios había visto cuán fuerte era Job y calculó exactamente la prueba. Satanás podría destruir todo lo que Job tenía, pero no podría tocarle a él. Satanás volvió otra vez donde estaba Dios, y Dios le dijo: “Mira todo lo que has hecho a mi siervo y no ha pecado”.

Satanás le dijo (Job 2:4-5): “Piel por piel, todo lo que el hombre tiene dará para su vida. Pero extiende ahora tu mano, y toca su hueso y su carne, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia”. Dios le dijo a Satanás: “He aquí, él está en tu mano, mas guarda su vida”. Job había crecido con la primera prueba. Dios sabía que estaba más fuerte y abrió otra brecha en la cerca, diciendo a Satanás: “Puedes tocar el cuerpo pero no le quites la vida”. Nuevamente, la tentación fue calculada exactamente según la fuerza de Job.

En la primera prueba, es posible que si Dios le hubiera permitido a Satanás que tocara el cuerpo de Job, la prueba hubiera sido demasiado fuerte; quizás por ello Dios no se lo permitió. En la segunda prueba, Job ya había crecido bastante para permitírselo. Dios sabía exactamente qué fuerza tenía él.

Es bien claro que el propósito de Satanás era destruir a Job, pero Dios tenía otro propósito. Mientras Job estuviera dentro de la voluntad de Dios, nada ni nadie podría tocarle diferente a aquello que Dios había calculado y permitido previamente para la consecución de su propósito en la vida de Job.

Lo mismo pasa con nosotros; mientras permanezcamos dentro de la voluntad de Dios, estaremos totalmente seguros. Pero pobres de nosotros si quedamos sin la protección de Dios; Satanás puede venir con cualquier prueba, con cualquier tentación y destruirnos.

Sin la protección de Dios no podremos resistir esos ataques. Si vivimos en la voluntad de Dios, el solo hecho de encontrarnos en una prueba ya nos dice que podremos soportarla. Dios no la permitiría si no tuviésemos la fuerza para resistirla.

Historia de una lora

Una vez un cazador atrapó una lora y se la llevó a un amigo que tenía una gran jaula a un lado del patio de su casa. Metieron la lora en la jaula y al volar contra un costado de la misma, cayó al suelo. Nuevamente intentó volar, pero volvió a caer. Al ver esto, su amigo le dijo que era necesario encadenarla o de otro modo se mataría. Así que, con una cadena le ataron una pata a uno de los palitos donde se paraba. La lora voló hasta donde la cadena le permitió y luego cayó. Finalmente se dio cuenta de que estaba encadenada y no podía escapar. Entonces se paró en el palo y se adaptó a su situación. Cuando el amigo volvió a ver la lora, dijo que ya podían quitarle la cadena. Lo hicieron así, pero la lora no se dio cuenta y siguió pensando que estaba encadenada. Ella se había adaptado tanto a esas circunstancias, que había aceptado tal situación y no intentó escaparse nuevamente. En la casa también tenían un gato. Un día los niños dejaron abierta la puerta de la jaula y el gato entró y se la comió. La lora, pensando que todavía estaba encadenada, se quedó parada en el palo y el gato la atrapó.

Esa jaula era muy grande y la lora hubiera podido volar y escapar por la puerta. Sin embargo, por pensar que estaba encadenada, se quedó parada y dejó que el gato se la comiera. Si después de quitarle la cadena, alguien hubiera metido un palo en la jaula y arrojado la lora al suelo, ella hubiera gritado: “¡Déjenme en paz! Me sacaron de mi hogar, me encarcelaron y encima de todo me están molestando”. Pero, si a pesar de sus quejas, hubieran seguido haciéndolo, poco a poco la lora se hubiera dado cuenta de que ya no estaba encadenada y hubiera empezado a utilizar sus alas otra vez. Al entrar el gato en la jaula, la lora hubiera salido volando por la puerta, y hubiera escapado.
Nosotros somos como la lora. Satanás nos tenía encadenados y lo sabemos bien. Diariamente nos vienen problemas y dificultades, cada uno de los cuales nos hace crecer un poquito más. Un día Dios ve que ya estamos más fuertes y liberados de nuestras debilidades y fracasos, pero nosotros todavía no nos damos cuenta del cambio.

Seguimos pensando que somos débiles y que no podemos enfrentarnos con situaciones más difíciles. Si Dios permite una prueba que nos lanza al suelo, gritamos: “¡Ay! Dios mío, quítame esta prueba; me está mortificando. ¿Acaso no tengo ya bastantes problemas? ¡Quítamela, por favor!” Sin embargo, Dios no lo hace. Exclamamos nuevamente: “¡Señor!, ¿por qué me tratas tan duro?” Pero Dios permite que la prueba siga. Luego, poco a poco, en medio de la situación, empezamos a encontrar nuestras “alas de fe” y empezamos a volar.

Volamos por encima de la prueba, y cuando hemos aprendido que sí podemos vivir en victoria en medio de ella, ésta pasa. Entonces nos damos cuenta de que nunca más tendremos que temer a esta clase de prueba, porque sabemos que podremos vencerla. Estamos libres de ella. Cuando ya ha pasado, podremos mirar atrás y decir: “Gracias, Señor, por esta experiencia y por todo lo que me enseñaste a través de ella”.
El versículo 13 en 1 Corintios 10 nos dice que Dios es fiel y no permite que seamos tentados más de lo que podemos soportar, sino que juntamente con la tentación nos da la salida. Lo que pasa es que, cuando estamos en medio de dificultades, estamos tan ocupados en clamar a Dios a gritos que nos saque de éstas, que se nos olvida pedir para que nos muestre la salida. Dios siempre nos provee de ella, pero Satanás busca asegurarse de que esté tan bien tapada que no podamos encontrarla. En realidad, lo que debemos exclamar en medio de la prueba es: “Señor, siento que no puedo soportar esto. Mis propias fuerzas se acaban.

Tú has prometido que no vas a permitir tentación ni prueba que sea más de lo que yo puedo soportar, y que cada una tiene una salida. Muéstrame, pues, esa salir”.

No obstante, nos preguntamos: Si Dios ya sabe que estoy suficientemente fuerte para resistir la prueba, ¿por qué tengo que saberlo yo? ¿Por qué no puedo vivir tranquilo? ¿Qué quiere hacer Dios conmigo? La respuesta es que El también tiene otros propósitos para tu vida. ->



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