Cuando se rompe un aparejo

(Día del Pescador Artesanal Ecuatoriano)

«El agua salada acompaña a Felipe Franco Santana desde que nació en una de las primeras caletas de pescadores que se asentaron. No recuerda cuándo, pero sí el entorno: la playa de Los Esteros, en el norte de Manta, a orillas del Pacífico —escribe el periodista Xavier Ramos en el Diario La Hora en Manta, Ecuador—.

»Sólo [sabe] que pesca desde los doce años, cuando se dedicaba a “achicar el agua”. Así le llaman los pescadores de este sector a las personas que con un recipiente de mate o madera se encargaban de evacuar el agua que ingresaba a la canoa y evitar con ello [que se hundiera].

»El trayecto comenzaba a las tres de la madrugada y culminaba a las tres de la tarde del mismo día —cuenta Felipe—, y en esa época se utilizaban canoas de vela. Pero aquellas jornadas en alta mar [se] acabaron….

»Cuando observa el océano, dice [Felipe] que recuerda sus andanzas por el mar durante cuarenta y dos de los sesenta y cinco años que tiene. La más fresca de sus anécdotas ocurrió hace cinco años a [unos 580 kilómetros] de Manta, cerca de la isla Genovesa en Galápagos.

»Diecinueve personas ocupaban la embarcación San Antonio. [Felipe] era el jefe de cubierta. Después de tres días de navegación se rompió el aparejo del estribor (un cable que mantiene el equilibrio de la embarcación y evita que ésta se bambolee).

»La falla hizo que la nave se [hundiera], por lo que sus tripulantes se lanzaron al mar. “Nadamos y nos subimos en la panga de emergencia con el radio boya” —sigue narrando Felipe—. ([El radio boya es] un aparato que emite señales y está conectado por una frecuencia con otra embarcación.)

»Allí permanecieron a la deriva y a merced de las corrientes marinas durante treinta horas. El cocinero murió de un ataque al corazón. “Estábamos dieciocho vivos y el muerto cuando nos encontraron”, [concluye] Felipe.»1

Una de las tantas lecciones que podemos aprender del pescador artesanal —la que casi le cuesta la vida a Felipe— es la gran importancia que tiene el equilibrio. Así como era imprescindible que los tripulantes de la canoa de vela mantuvieran los aparejos en buenas condiciones para evitar que se rompieran y se perdiera el equilibrio y la embarcación misma, es igualmente importante que nosotros mantengamos en buenas condiciones los aparejos de nuestra vida, es decir, nuestros valores morales y espirituales, para evitar que se descompongan y perdamos el equilibrio y el alma misma.

Ese es precisamente el consejo que el sabio Salomón le da a todo joven. «Hijo mío —le dice con afecto en el libro de los Proverbios— traza un sendero recto para tus pies; permanece en el camino seguro. No te desvíes ni a diestra ni a siniestra; evita que tus pies sigan el mal.»2 Más vale que acatemos ese consejo, no sea que, así como aquel cocinero murió del corazón en lo físico, nosotros muramos del corazón en lo espiritual. Por encima de todo, cuidemos nuestro corazón, —tal como Salomón le aconseja al joven en el mismo pasaje—; porque es el corazón lo que determina el rumbo de la vida.3

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1 Xavier Ramos, «Pescadores de Manta narran sus odiseas», Diario La Hora, Manta, 4 julio 2004 <https://www.lahora.com.ec/noticia/1000258097/ pescadores-de-manta-narran-sus-odiseas> En línea 13 enero 2021.
2 Pr 4:20,26-27 (NTV/NVI)
3 Pr 4:23 (NTV)

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