Dos caballos cerreros

«Desde la calle venía un ruido de caballos al galope… y gritos y voces. Eran los soldados domando los caballos cerreros….

»[El general Lope de] Aguirre salió a la puerta. Siempre se preciaba de ser gran jinete y de conocer más de caballos que todos.

»Un soldado luchaba con dificultad por contener una potranca zaina, que se encabritaba y saltaba dando corcovos.

»Aguirre lo seguía con la vista:

»—¡Así no! —empezó a gritar—. ¡Suéltale un poco la rienda! …

»El jinete no podía casi oírlo, absorbido por el complicado esfuerzo de mantenerse sobre el arisco animal.

»Los soldados, al ver y oír al caudillo, se fueron acercando a rodearlo, y coreaban sus observaciones y dichos con groseras pullas al jinete.

»—Si monta como una mona.

»—Parece un fardo mal atado. ¡Anda, que te tira!

»… [Aguirre] sonreía complacido. Ya reía abiertamente de los torpes botes que daba el hombre sobre el animal.

»—Sujétenlo y verán ahora cómo se hace….

»Aguirre se acercó lentamente. Se quitó la espada y se dejó dos dagas en la cintura. La palmeó un poco en el anca y en el cuello del animal, y con movimientos seguros se puso en la silla e hizo señal de que se retirasen los que sujetaban.

»La potranca saltó con brusco ímpetu hacia adelante. Se oyeron sonar como cascabeles las dagas y los hierros de la [armadura], pero la figura aplomada del jinete no se descompuso. Con… admiración lo vieron los soldados resistir los numerosos botes, hasta que, poco a poco, la bestia fue disminuyendo sus saltos y sus sacudidas, y tomando un paso más tranquilo y medido.»1

Así describe el escritor venezolano Arturo Úslar Pietri la doma de una potranca salvaje en su novela histórica titulada El camino de El Dorado. A algunos bien pudiera recordarles el legendario relato del historiador griego Plutarco de Queronea acerca del príncipe Alejandro, hijo de Filipo II de Macedonia. En su obra titulada Vida de Alejandro Magno, Plutarco cuenta cómo el joven Alejandro domó el indómito Bucéfalo cuando ningún otro guerrero podía hacerlo. Lo tranquilizó y giró la cabeza del gran caballo hacia el sol, de modo que éste ya no podía ver su propia sombra, que era lo que lo espantaba. Así fue cómo Bucéfalo se convirtió en el fiel caballo de batalla de Alejandro Magno.2

La lección es tan clara como la luz de ese sol. Tal como el joven Alejandro se dio cuenta de que lo que impedía domar a Bucéfalo era su propia sombra, también nosotros necesitamos reconocer que es nuestra naturaleza pecaminosa la que nos impide domar nuestras bajas pasiones, tales como la inmoralidad sexual, la envidia, la arrogancia, el engaño, la avaricia, el enojo, la venganza y el rencor. Pero gracias a Dios, si le confesamos esos pecados, Él está dispuesto a perdonarnos mediante la sangre de su Hijo Jesucristo. Dios quiere que seamos libres, pero no para dar rienda suelta a nuestras pasiones sino para domarlas, guiados por el Espíritu Santo hacia su luz radiante.3

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1 Arturo Úslar Pietri,  El camino de El Dorado (Bogotá: Editorial La Oveja Negra, 1985), pp. 152-53.
2 «Alexander and Bucephalus [Alejandro y Bucéfalo]» <http://www.livius.org/aj-al/alexander/alexander_t31.html> En línea 23 agosto 2016.
3 1Jn 1:5-9; Gá 5:13-25

Un Mensaje a la Conciencia

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