Hombros de campeón

(Víspera del Natalicio de Rubén Darío)

¡Claro que no eran dioses! Eran mortales los intrusos porque padecían enfermedades y era fácil matarlos. Si los araucanos de Chile del siglo dieciséis hubieran sabido esto de antemano, no habrían sido tan fácil presa de los conquistadores españoles cuando éstos arribaron a sus tierras. Ahora tendrían que entregarse a la tarea de expulsar a los invasores. Pero lo harían con gusto, movidos por el mero placer de la venganza. Los españoles los habían maltratado a tal extremo que se armó tremenda contienda entre los caciques por decidir cuál de ellos habría de comandar las tropas araucanas. De no haber sido por el sabio consejo del anciano Colocolo, allí mismo habría terminado la proyectada guerra. Esto fue lo que propuso el venerado cacique: que fuera jefe aquel que soportara más tiempo un gran madero en los hombros.

Para la prueba emplearon un tronco tan pesado que les costó trabajo hacerlo rodar. Paycabí lo sostuvo en sus hombros durante seis horas. Purén y Ongolmo, a su turno, lograron sostenerlo medio día. Cuando Elicura dejó caer de sus hombros el madero a las nueve horas, lo tomó Tucapel, quien lo llevó a cuestas durante catorce. Lincoya el fornido se quitó la capa y en sus tremendas espaldas cargó el leño de sol a sol. Ya se consideraba vencedor cuando llegó el valiente Caupolicán, quien agarró el áspero y nudoso tronco como si fuera una vara y lo mantuvo firme en sus hombros durante tres días y tres noches sin dar muestras de fatiga. Cuando al tercer día lanzó lejos el tronco, los atónitos espectadores ya habían consentido descargar sobre sus robustos hombros la pesada y dura tarea que le esperaba.1

Por algo sería que, en memoria del gran Caupolicán, Rubén Darío compuso un soneto cuya primera estrofa dice:

Es algo formidable que vio la vieja raza:
robusto tronco de árbol al hombro de un campeón
salvaje y aguerrido, cuya fornida maza
blandiera el brazo de Hércules, o el brazo de Sansón.»2

Esta anécdota de Don Alonso de Ercilla trae a la memoria lo que hizo Jesucristo para librarnos del poder de nuestro enemigo común. Es cierto que Satanás es «el príncipe de este mundo»,3 pero nos ha engañado haciéndonos pensar que es más poderoso de lo que es, ¡como si fuera Dios con mayúscula y no con minúscula! Ahora los que hemos sufrido sus maltratos tenemos que hacerle frente, pero no con nuestro propio poder sino con el poder del Dios Fuerte que satisfizo los requisitos divinos para librarnos de ese yugo opresor. Es que el Padre eterno en su infinita sabiduría descargó sobre los robustos hombros de su valiente Hijo la pesada y dura tarea de expulsar al invasor y así salvar al pecador. Esto no fue lo que propuso sino lo que dispuso nuestro Cacique celestial: que el Capitán de nuestra salvación muriera sin pecado propio alguno después de cargar en sus hombros no sólo el peso del madero en el que fue clavado sino también el peso del pecado de toda la humanidad, de modo que a nosotros no nos tocara más que aceptar a ese Campeón de nuestra redención como nuestro Salvador personal.

Carlos Rey
Un Mensaje a la Conciencia
www.conciencia.net


1Alonso de Ercilla y Zúñiga, La araucana, pp. 16-19.
2Rubén Darío, Poesía, 2a ed. (Caracas: Fundación Biblioteca Ayacucho, 1985), p. 175.
3Jn 12:31

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